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LA BITÁCORA DE BRAUDEL / JCPG

Cuando llega el final del curso académico, algunos alumnos me preguntan para qué sirve un historiador. Y la cuestión tiene tela, e incluso a veces me la hago a mí mismo. Quizás para escribir libros y venderlos bien. Ya que no puede ser para satisfacer un simple deseo de conocimiento, pero desprovisto de cualquier difusión. Los alumnos, quizás muy tecnificados, pero nada tontos, también perciben el lado oscuro de la –llamémosla así- función del historiador. Jaime, que ha pasado el curso a trancas y barrancas, pero no es tonto, dice: a lo mejor para lo que sirven es para hacer propaganda de sus ideas. Cuando hablaba de sus ideas se refería a las políticas, por supuesto. Y me aclara que algunos profesores y compañeros míos impregnan de ideología sus clases de literatura, geografía, etc.

Si esto no es para reflexionar, … Todo esto me hace pensar en gente como aquel Pemán que hizo de “notario” en los tiempos de la llamada Cruzada, que no era sino la Guerra Civil. O, más cercano a nosotros, el papel de Oriol Junqueras, historiador y político, convertido por la gracia de la Nación en su historiador-notario. Con sus ronroneos permanentes, bendice la reescritura de la historia que se está haciendo en estos momentos, sin rubor ni vergüenza.

Menos mal que el historiador libre, crítico y fiel a las fuentes aún existe. Ahí está, en carne y hueso, al frente del Archivo Municipal de Requena. Es un trabajador empedernido, un ejemplo de laboriosidad, de ecuanimidad. Un ser capaz de dejarse la vista en documentos del siglo XVI, que no se leen precisamente como un periódico de hoy en día; un ser dispuesto a pasar transcripciones documentales a cualquiera, incluso a los desagradecidos que ni siquiera se lo reconocerán un día. Incluso capaz de sonreír en las peores jornadas de labor.

Nacho presentará este sábado un libro típico de archivero. Un libro que recoge las actas municipales del concejo requenense hasta el inicio de la última década del reinado de Carlos V. Imagino que nos dejará con la miel en los labios, pues hacia mediados de los año de 1540 se inicia un período crítico e interesantísimo en  el que se mezclan procesos de pugna religiosa, internacional, crisis social y económica.

He aquí la labor paciente de un historiador-archivero. Habrá que reconocer su trabajo, su pasión por la historia; habrá que reconocer el favor que nos hace a muchos.

Historia sin ideología manifiesta, sí, pero historia crítica. El historiador es útil cuando incomoda, provoca debate y reflexión, no cuando bendice.

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