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LA BITÁCORA DE BRAUDEL. JCPG

La violencia que incendia Gaza desde hace semanas, aprobada por la sociedad (en este caso la israelita), sostenida por un todopoderoso Tsahal y una de las mejores fuerzas aéreas del planeta (¿habría que mencionar la proverbial “finura” del Mosad?), forma parte consustancial de las propias comunidades civilizadas. Por cierto, he dicho que el beneplácito social recae sobre la fuerza de Israel; pero también segmentos de la sociedad palestina le entregan su confianza y apoyo a Hamás.

La prisión al aire libre que es Gaza convierte al grueso del pueblo palestino en un campo donde Israel juega a la caza del hombre. El objetivo, declarado y evidente, es la aniquilación del poder destructivo del grupo terrorista Hamás. Este terrorismo surgió como respuesta radical e islamista, desde la vertiente sunní, contra el Estado de Israel y la diáspora a la que el mismo obligó a los palestinos. Para Hamás, las actividades y tácticas de la OLP de Arafat, el gran líder histórico de la liberación palestina, eran cada vez más moderadas y corruptas; mientras los hombres de Arafat y la sección armada (Al-Fatah) se tuvieron que instalar en un Túnez cada vez menos acogedor, Hamás halló cobijo en Líbano, un país hoy anulado por años de guerras. Los de Hamás engordaron gracias al respaldo del baasismo sirio, cuyos sueños imperiales iban más allá de sus propias fronteras.

Los crueles ataques israelitas han creado una masacre en Palestina. Hay que volver constantemente sobre el mapa para recordar que el Estado Palestino en ciernes está partido en dos trozos sin comunicación: la Cisjordania, en la que se encuentra el gobierno del Presidente Abbas, y Gaza, en manos de los terroristas de Hamás dirigidos por Ismail Haniya. Imágenes de sangre y muerte; relatos estremecedores de las hazañas cotidianas y anónimas perpetradas para sobrevivir…Las televisiones de esta parte del mundo y la prensa en general han identificado al palestino como el bueno, víctima del malo, esto es, Israel.

Quizás el bueno no lo sea tanto y el malo tampoco tenga tanta maldad. El actual gobierno israelita, dirigido por halcones conservadores, tiende casi de modo natural al uso de la violencia. Netanyahu no puede negar su inspiración ultrasionista como evidentes son sus lazos con Estados Unidos. El sionismo extremo implica consecuencias nefastas para los opositores a sus proyectos. Pero la realidad supera a la ficción una vez más. Durante los años Setenta llegaron a Israel muchísimos inmigrantes de Sudamérica, atraídos por una experiencia colectivista peculiar, con un tono marcadamente marxista y socialista: el kibutz. Eran gentes de izquierda; muchos huyeron de las dictaduras que se enseñorearon de nuestra América. Hoy sus kibutz están siendo atacados por Hamás. Resultado: los viejos izquierdistas, partidarios del colectivismo agrario, están exigiendo a Netanyahu que el Tsahal les defienda. Esto tenemos que tenerlo bien claro. El sionismo radical se alimenta de Hamás.

No es un conflicto sin fin. Terminará o empezará a hacerlo cuando los moderados de uno y otro lado consigan hacer oír su voz. Cuando Israel proteja no sólo a los judíos sino también a los palestinos israelitas. Cuando Hamás desaparezca o deje su estela de terror. La yihad, la guerra santa islámica, está demasiado extendida en este mundo. Aunque para gran parte del Mediterráneo ha pasado el tiempo de batirse el cobre por las religiones, un sector del mundo islámico está empeñado en luchar contra quienes no comulgan con su credo. Las guerras de Dios, empleando los afortunados términos de Christopher Tyermann, siguen vigentes. Han variado los actores, las tácticas y puede que hasta los objetivos. Pero la yihad está ahí; mientras, a nadie se le ocurriría reeditar la cruzada.

Pero esta no es una cruzada, ni una yihad. El motivo religioso está muy por detrás de otras motivaciones. Hay ocupación territorial, hay intereses económicos complejos, aspiraciones grupales de poder en los dos actores, hay rivalidades globales en la manera de entender la vida y la sociedad, hay al fin intereses estratégicos; en un lugar recóndito hay una oposición de tipo religioso, pero sobre todo una acumulación abrumante de odios.

El asesinato de niños y civiles inocentes es un crimen sin cuento. Habría que pedir responsabilidades, y parece que se va hacer. Habría que pedirlas también a Hamás, que desprecia la vida de sus oponentes de la forma más horrible.

Buenos. Malos. ¿Qué hay de los indiferentes? En este Mediterráneo de civilizaciones en contacto, en plenitud de sus entrelazamientos, el papel de los europeos semeja más bien el del indiferente ante el campo de batalla ensangrentado. Se limitará a patrocinar la reconstrucción, una medida elemental para salvar los pliegues de su conciencia. Gran Bretaña actúa por su cuenta. El papel de indiferente es cómodo; permite lavarse las manos de casi cualquier tragedia. Pero resulta, al final, en la más absoluta anulación a la hora de participar en la resolución de conflictos como éste.

En Los Ruices, a 11 de agosto de 2014.

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