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LA HISTORIA EN PÍLDORAS/Ignacio Latorre Zacarés 
“A la Virgen de Tejeda / le tengo de hacer un manto / de planta y de “clujidera” / de bobal y marisancho” (Compilado por Fermín Pardo en Camporrobles).

Semana intensa entre las jornadas de “Viñedos de Iberia” y la presencia de casi 300 cofrades del vino y la gastronomía en Requena venidos de todas partes (Italia, Francia, Bélgica, Asturias, Andalucía, Cantabria, etc.). En ambos eventos la “bobal” ha salido a relucir. ¿Quién nos hubiera dicho hace unos años que la variedad autóctona comarcana iba a estar tan revalorizada? La bobal ha pasado el tránsito del desierto en que sólo era considerada como variedad para elaborar vinos a granel que dieran color y grado a otros vinos de denominaciones más prestigiadas. Sólo algunos técnicos apostaban/clamaban por la variedad en aquellos tristes años para la bobal (saludos a Félix Cuartero, Guillem, Iranzo o Novella entre otros). En 1968, bodegas Coviñas de Requena adquirió la primera embotelladora de la comarca y lanzó 80.000 botellas del crianza “Vino de la Reina”, elaborado con bobal y garnacha, lo que inició el embotellado de calidad de la Denominación de Origen Utiel-Requena que, sin embargo, no eclosionó hasta finales del siglo XX.

En la actualidad, la bobal sigue siendo la variedad preponderante de la comarca, ya que alcanza entre el 75 y 80% de la superficie vitícola y una media en campañas que oscila entre los 150 y más de 180 millones de kilos de uva. Una variedad de uva con una perfecta aclimatación y adaptación a nuestras tierras y climatología que le confiere unidad de cultivo a toda la comarca a través del tiempo y que han trabajado multitud de generaciones que han creído y defendido esta especie como fuente de provisión de alimento y vino.

Cuando decidí recuperar unas pocas hectáreas familiares que estaban perdidas para el cultivo, todo el mundo me aconsejó que plantara bobal: “Es lo que mejor va. En la comarca, bobal sí o sí”, me decían. Recibí la experiencia de siglos transmitida oralmente (y ahí están mis bobales tan lustrosos). Una variedad antigua que nos conecta con las culturas mediterráneas. El profesor Domingo Salazar, uno de los grandes estudiosos de la bobal, ya ha verificado que una gran parte de las pepitas que emergieron por inundación en la bodega de los carmelitas requenenses son de bobal y datables en el siglo XVI (una de las primicias de las jornadas).

Las primeras noticias escritas de la bobal nos las proporcionó el gran literato valenciano Jaume Roig en su famosa obra “L’Spill o Llibre de les Dones”, escrito entre 1457-1462. Jaume Roig primero nos dice qué tierras elegir para plantar viñas (ferma, nova, més plana, blana, solana, bon terreny) y después recomienda elegir como variedades la bobal, montalbana y negrella, pero abstenerse de la ferrandella y la monastrell. Sabía de qué hablaba Jaume Roig, pues además de letraherido era vinatero y proveedor de la casa real aragonesa. Como administrador de diferentes hospitales que también lo era, compraba muchas veces su propio vino que se daba a los enfermos. En Requena, también está documentado en el siglo XVI que para los enfermos se debía reservar el vino bueno. Aunque en el mencionado “Llibre de les dones” (curioso nombre para libro tan misógino), la bobal no aparece directamente vinculada con ningún territorio, sabemos que Roig era conocedor de la comarca, pues en la misma obra situó en Requena uno de sus célebres pasajes “L’Endemonià” que tenía como protagonista a un peregrino de Santiago en el camino de Valencia a Santiago por la comarca.

Etimológicamente, la bobal podría derivarse de “bovis”, ya que su forma recuerda a la cabeza de un buey. Se le conoce también como provechón, requení, boval (en Tortosa), tinto de Requena y Bovale Grande o di Spagna en Cerdeña, según relación divulgada por el profesor Juan Piqueras (otro de sus grandes defensores y con el que comparto mesas regadas generosamente con la recitada variedad).

Tuvieron que pasar casi 400 años tras la mención de Jaume Roig en “L’Espill”, hasta que el botánico y ampelógrafo Simón de Rojas Clemente (1777-1827) en su manuscrito sobre la historia de Titaguas no sólo nombrara la bobal, sino que la describiera. La definió de uvas redondísimas, muchísimos racimos, cepa muy grande y hojas que se ponen amoratadas y de color sanguíneo vivo (nuestro espectacular otoño de pámpanas rojas). El mismo decía que los vinos de Requena y Utiel tenían mucha venta en su comarca de la Serranía del Turia y eran todos de bobal (en el principio del s. XIX, antes de la expansión vitícola). Definió a estos vinos como tintos y austeros, tan austeros que bautizó a la variedad como Vitis vinifera austerisima. Es más, Simón de Rojas distinguió como subvariedades el bobal gordo, mediano y menudo, además del bobal blanco como otra variedad diferente.

En 1877 la comisión provincial para la Exposición Vinícola  Nacional definió dentro de la zona valenciana como área de mayor concentración de la bobal los Campos de Requena y Utiel con 18.000 hectáreas.

Rafael Janini, que en principio no estaba del todo convencido y calificaba la bobal como buena para los “coupages”, pronto se convenció y en 1922, como director de la Estación de Viticultura de Requena, ya se mostró sorprendido por sus buenas cualidades cuando estaban bien hechos y con añejamiento. Por entonces, se habían producido los primeros envejecimientos con la bobal y se ponían como ejemplo los vinos de la finca “La Noria” de Utiel de Ricardo Ylario o los de Lucio Jordá que comercializó con la marca “Requena”. Sin embargo, los añejamientos sólo se siguieron haciendo de forma experimental en la Estación Enológica que siempre ha contado con defensores de la variedad como Fernando Morencos, el insigne Pascual Carrión (que defendió en 1941 que el vino de bobal de Requena o Utiel bien elaborado era un excelente caldo de mesa análogo a los que realizaba Rioja), De Bernardi o José Vicente Guillem. También Janini hizo la descripción de la que denominó “Bobal de Requena” en su libro sobre determinaciones analíticas.

Y ahora, encima, nuestros químicos y enólogos descubren que la bobal es una de las variedades con más contenido de resveratrol que se ha revelado como un metabolizador de grasas cardiosaludable y anticancerígeno (eso falta, que me animen).

La bobal está en la cresta de la ola: los vinos comarcanos no hacen más que ganar premios; los gurús del vino lo recomiendan; se hacen presentaciones de vino de bobal en Nueva York, Bruselas…; se dirigen documentales como el de Zeb Robinson; se elaboran rosquilletas, mermelada y zumo de bobal; etc. Iniciativa bien interesante es la de la asociación Territorio Bobal formada por estudiosos, bodegueros y viticultores que impulsados por la incombustible Carmen Pérez (¿alguna vez se le reconocerá sus años de trabajo en pro de la comarca?) están haciendo todos los deberes para conseguir llegar a la difícil meta de que la UNESCO declare a todo el área de la D.O.P. Utiel-Requena Paisaje Cultural de la Vid y el Vino (sólo hay cuatro áreas reconocidas en el mundo). Argumentos no faltan como es la continuidad atestiguada del cultivo de la vid en la comarca desde la época ibera a la actualidad, la singularidad de la bobal y su arrebatador paisaje de vides, bodegas, caseríos, hormas, teinas, trullos, lomas, monte, almendros, olivos…

En la vendimia venturreña, cuando las bromas se desmadraban un poco, alguien siempre amenazaba con aquello de que “te doy con un bobal”, sabedor de la consistencia de nuestras uvas. Ahora preferimos bebérnoslos, como este primer bobal de alta expresión de la D.O.P. llamado “Aniceta” (que bien recuperar nombres antiguos de nuestros ancestros), que degusto mientras finalizo estas líneas. Bobal somos y en bobal nos convertiremos.

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