viernes, 17 abril
PÁGINA CULTURAL-CIENTÍFICA DE LA FUNDACIÓN LUCIO GIL DE FAGOAGA
Requena (17/04/26)- Marcial García Ballesteros. Miembro del CER y AREMUS
El 15 de abril de este 2026 se cumplieron cien años de la muerte de Venancio Serrano Clavero. Cuando el poeta y periodista requenense se disponía a volver a Argentina, complicaciones graves de salud precipitaron el fin de un artista que, a sus cincuenta y seis años, todavía tenía mucho que decir.
A finales de 1923, con una misión periodística y patriótica, Serrano Clavero había viajado a España con intención de volver en breve tiempo. El regreso triunfal, los agasajos, una corresponsalía en El Mercantil Valenciano, las páginas a su disposición en La Voz de Requena, un nuevo libro de poemas, representaciones teatrales y zarzuelísticas de sus obras, y otros motivos más personales, fueron demorando el regreso hasta convertir la visita breve en más de dos años de estancia.
La oportunidad se presentó en marzo de 1926, cuando fue nombrado delegado general de la Bolsa del Trabajo Internacional para la República Argentina. La aceptación de este cargo y los trámites del regreso, le llevaron a Madrid, desde donde escribió una de sus últimas cartas a su hijo Justino:
Madrid, 2 Marzo 1926.
Yo estoy muy delicado de salud. Sufrí hará cosa de un mes un cólico hepático terrible, que me ha dejado deshecho, y aún gracias que la cuento; pero como consecuencia me ha quedado un temblor general en el cuerpo. ¡Si vieras cómo lucho para poder escribirte estas líneas! Nunca me he visto tan mal. Pero pronto estaré completamente curado, porque en plazo muy breve voy a embarcar para Buenos Aires, donde vuestra compañía y el cariño de todos vosotros serán la más eficaz medicina.
Estoy en Madrid arreglando mi pasaporte y mi pasaje de vuelta. Embarcaré, según creo, a últimos de marzo o primeros de abril…
Los acontecimientos se precipitaron. El poeta regresó a Valencia enfermo y rápidamente fue empeorando, hasta que a principios de abril fue ingresado de urgencias en la Casa de Salud. Su economía era precaria y en cuanto se conoció la noticia, tanto la Asociación de la Prensa Valenciana como el propietario de El Mercantil Valenciano, pusieron los medios necesarios para que al poeta lo atendieran los mejores médicos.
Con su primo, el doctor Francisco García Clavero, y su amigo íntimo, el doctor Arturo Ferriz, evaluaron al enfermo eminencias como el catedrático de medicina Jesús Bartrina, el neurólogo y exalcalde de Valencia, José Sanchis Bergón, el terapeuta Juan Peset Aleixandre y el cirujano José López Trigo. Su estado se iba agravando hasta el punto de delirar, rayando en locura. Se le detectó un tumor cerebral que llevaba creciendo más de un año, con temblores, jaquecas y otros efectos. No se pudo hacer nada. Cuando ya se había decidido operar, el enfermo falleció. Eran las 9:15 de la noche del 15 de abril.
El traslado del cadáver hasta el Cementerio General de Valencia tuvo lugar al día siguiente, a las cuatro de la tarde, presidido por el alcalde, el doctor García Clavero como familiar más cercano y los máximos representantes de la Asociación de la Prensa Valenciana y El Mercantil Valenciano que, además, habían comprado el nicho. Al no haber pasado veinticuatro horas, el finado tuvo que pernoctar en la morgue del cementerio.
En ese espacio de tiempo, el Ayuntamiento de Requena acordó solicitar el traslado de los restos a Requena. Al día siguiente fue embalsamado y en el primer tren del día 18, salió para Requena acompañado de una comisión municipal, periodistas y amigos.
La recepción fue grandiosa: muchísima gente, repique general de campanas, traslado a la Casa Consistorial donde se improvisó una capilla ardiente hasta las cuatro de la tarde de ese mismo 18, en que se organizó la procesión fúnebre hasta el cementerio, con autoridades, clero local, familiares, banda de música y traslado a hombros, envuelto por la bandera que el rey le había entregado en 1923. El ataúd fue depositado en el nicho en que descansa actualmente, aunque se pensó en un mausoleo que se financiaría por suscripción popular y que nunca se construyó.
El nicho fue cubierto con una lápida esculpida por su amigo José Arnal. El poeta descansó, al fin, en la ciudad que le vio nacer.