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Mucho más que ganchillo: el proyecto que ha unido a toda la aldea de Casas del Río
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Lo que comenzó como una sencilla propuesta para decorar las calles de Casas del Río con piezas de ganchillo se ha convertido en un auténtico proyecto rural. Decenas de vecinos han unido su tiempo, creatividad y esfuerzo para llenar de color la aldea este verano y, al mismo tiempo, fortalecer los lazos entre generaciones.

Casas del Río (03/08/26)

Hay proyectos que nacen para embellecer un pueblo. Y luego están los que, casi sin darse cuenta, terminan embelleciendo también a las personas que forman parte de él.

Eso es exactamente lo que ha ocurrido en Casas del Río, donde desde hace meses agujas, lanas, hilos y muchísima ilusión se han convertido en los protagonistas de una iniciativa que este verano llenará de color las calles de la aldea, aportando además algo tan necesario como sombra para vecinos y visitantes.

Pero este proyecto va mucho más allá de unos bonitos adornos de ganchillo. Detrás de cada pieza hay horas de trabajo, conversaciones, risas, aprendizajes y un sentimiento compartido que ha conseguido unir a todo un pueblo.

Todo comenzó el pasado mes de diciembre, cuando una vecina, propuso una idea tan sencilla como ilusionante: decorar Casas del Río con creaciones hechas a mano utilizando principalmente la técnica del ganchillo.

Lo que en un principio parecía un pequeño proyecto pronto empezó a crecer. Y lo hizo porque la propuesta nació con una condición muy clara: todo el mundo podía participar.

No importaba saber o no hacer ganchillo. Había sitio para quien tejía, para quien cosía, para quien trabajaba con lana de cualquier forma, para quien unía piezas o simplemente quería echar una mano. Cada vecino encontró la manera de aportar su granito de arena.

El alcalde cedió un local que, desde entonces, se ha convertido en un auténtico punto de encuentro. Allí, varias tardes a la semana, las mujeres del pueblo se reúnen para tejer, organizar, unir piezas y planificar nuevos adornos.

En este proyecto no ha habido maestras y alumnas, sino vecinas con un mismo objetivo. Algunas ya eran auténticas artistas del ganchillo; otras comenzaron desde cero, aprendiendo por su cuenta, preguntando, practicando y compartiendo cada avance con el resto del grupo. Esa mezcla de experiencia, ilusión y ganas de superarse ha convertido cada pieza en mucho más, en el reflejo del esfuerzo y la unión del pueblo. Así, entre ovillos y conversaciones, se está produciendo algo que no puede comprarse: la transmisión de un conocimiento tradicional y el encuentro entre generaciones.

Aunque el protagonismo del tejido ha recaído principalmente en las mujeres, este proyecto también tiene otro grupo imprescindible. Cuando llega el momento de colocar los trabajos en las calles, son  los hombres del pueblo quienes se organizan para subir escaleras, colocar estructuras, sujetar las piezas y hacer posible que todo ese trabajo luzca donde merece.

Cada uno aporta aquello que sabe hacer mejor. Y esa colaboración es precisamente la que ha convertido esta iniciativa en un verdadero proyecto de pueblo.

Buena parte del material utilizado ha sido aportado por las propias vecinas, han puesto la lana, los hilos, las telas, las agujas, pero sobre todo han regalado algo mucho más valioso: su tiempo.

Porque detrás de cada flor, cada borla, cada cenefa o cada pieza que pronto adornará nuestras calles hay muchas horas de dedicación desinteresada y muchísimo cariño.

Un rincón que sorprenderá a quienes lo visiten y que demostrará que los pueblos pequeños son capaces de hacer cosas muy grandes cuando trabajan unidos.  Se ha proclamado a la “Abuela Ganch” de interes cultural, está situada al lado de la Noria y no hay quien pase por alli sin hacerse una foto con ella.

El verdadero valor de este proyecto no estará únicamente en lo que adorne sus calles, sino en todo lo que ha conseguido unir a quienes las recorren cada día: recuperar las tardes compartidas, volver a llenar un local de vida, aprender unas de otras, hacer nuevas amistades, conservar una tradición que parecía perderse y demostrar que cuando un pueblo trabaja unido no solo cambia su aspecto; también se fortalece su corazón.

Casas del Río no solo está tejiendo adornos.

Está tejiendo recuerdos.

Está tejiendo comunidad.

Y está demostrando que, con unas agujas, un poco de lana y muchísimas ganas de colaborar, también se puede construir un pueblo más unido, más bonito y más vivo.

Este verano, quien pasee por Casas del Río no solo encontrará calles cubiertas de color, creatividad y de sombra. Encontrará la historia de un pueblo que decidió unirse para crear algo hermoso con sus propias manos. Porque cada pieza que cuelga sobre sus calles lleva escondidas cientos de horas de trabajo, miles de puntadas y una misma idea: cuando un pueblo teje unido, el resultado siempre va mucho más allá del ganchillo.

Anne Carbonell

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