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LOS COMBATIVOS REQUENENSES.  /  Víctor Manuel Galán Tendero.

                La fortaleza de Requena ha protagonizado una larga Historia, transitando del tiempo de los asedios por hambre a los de la artillería. Los cañones de la Edad Moderna no pudieron todo, dadas sus limitaciones técnicas y el reforzamiento paralelo de las murallas, pero su valor siempre fue muy elevado.

En el siglo XVII comenzó a perfilarse la artillería de campaña, pero las piezas todavía se emplearon particularmente en la defensa de una posición, ocasionando no escasos problemas de acarreo en caso de necesidad.

Al duque de Berwick se le plantearon tales dificultades durante la guerra de Sucesión. Vencedor en la batalla de Almansa, sus fuerzas avanzaron hacia Requena, en la que entraron el 3 de mayo de 1707. Este ejército contó con un nada despreciable tren de artillería, disponiendo en el campo de Almansa de dieciséis cañones. Era un motivo de fuerza pero también de debilidad al ralentizar sus movimientos hacia el reino de Valencia.

Paso inexcusable y llave estratégica, Requena no podía ser dejada a la espalda sin una adecuada protección, máxime tras las destrucciones ocasionadas por la conquista austracista, por lo que el de Berwick atendió a una de las peticiones del sagaz negociador don Pedro Domínguez de la Coba.

Le pidió don Pedro que el vecindario se quedara con las armas de sus enemigos austracistas, y los cuatro cañones de bronce o tiros en nuestra fortaleza en memoria de victoria. Así lo consignó en su Antigüedad y cosas memorables de la villa de Requena hacia 1730.

De 1707 a 1715 la guerra pasó por diferentes peripecias sin que en ningún momento se  tuviera que probar la efectividad de los susodichos cañones en la protección de Requena. Aquí permanecieron casi olvidadas hasta 1747, año en el que don Pedro ya había descendido a la sepultura y en el que la gracia de los tiros del de Berwick había caído en un interesado olvido.

La celosa autoridad real los reclamó entonces. El 24 de enero se anunció la llegada de un enviado del marqués de la Ensenada, don José Jerónimo, oficial comisario provisor de artillería, con la intención de reconocerlos e iniciar las gestiones de traslado en caso de buen estado.

Se consultaron los documentos locales, ya que las autoridades borbónicas no parecían tener conocimiento exacto de los motivos que impulsaron a Berwick a obrar así, atribuyéndolo a olvido del ocupado duque. La obra de don Pedro no se había imprimido, y los munícipes no se mostraron muy eficaces en la defensa documental de los cañones de la victoria.

Efectuada la supervisión, se decidió llevar los cañones de la fortaleza de Requena a la Ciudadela de Valencia, tomándose el dinero para la conducción de los fondos de la intendencia valenciana. Hasta 1749 no contó la provincia de Cuenca con un intendente propio, reservándose tal oficio a los territorios con un importante despliegue de tropas para atender al control de sus gastos.

El 2 de marzo del 47 se presentó en nuestra localidad el equipo de traslado en nombre del capitán general del reino de Valencia, el duque de Caylus. Se destacó al sargento Juan Timoteo Cabrera junto con dos especialistas de la compañía suelta de artillería.

El hecho no es anecdótico, porque entre otras cosas pone de manifiesto el peso alcanzado por la capitanía general de Valencia sobre la castellana Requena, exigiéndole además mozos en edad de entrar en filas y suministros en más de una ocasión. Aleccionadas por los hechos de la guerra de Sucesión, las autoridades militares borbónicas nos abarcaron en su dispositivo logístico, origen de no escasas disputas durante la guerra de la Independencia.

Por el momento la fortaleza de Requena se quedó sin sus cuatro cañones de bronce en pago a su fidelidad a Felipe V.

Fuentes.

  •                 ARCHIVO MUNICIPAL DE REQUENA, Libro de actas municipales de 1743 a 1748, nº. 3261.
  •                 Antigüedad y cosas memorables de la villa de Requena, escritas y recogidas por un vecino apasionado y amante de ella, atribuido a don Pedro Domínguez de la Coba. Edición de César Jordá Sánchez y Juan Carlos Pérez García, Requena, 2008.
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