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LOS COMBATIVOS REQUENENSES // Víctor Manuel Galán Tendero.

Los tiempos de enfermedad han inspirado grandes obras a excelsos escritores: Boccaccio, Defoe, Manzoni, Camus. Requena ha padecido la enfermedad en el pasado y de sus males de 1706 conserva lo consignado en Antigüedad y cosas memorables.., atribuida al inquieto y atento don Pedro Domínguez de la Coba, que tanto tuvo que bregar durante aquel tiempo de la guerra de Sucesión.

La enfermedad castigó con dureza entre el 2 de julio y el 24 de diciembre de 1706. En la obra citada se sostiene que murieron hasta 1.200 personas, en una Requena que apenas llegaría a las 4.000, con muchos vecinos ausentes por los trances de la ocupación austracista. Las cifras parecen ciertamente exageradas, pero en la parroquia de El Salvador las defunciones saltaron de once en 1705 a 220 en 1706, una mortalidad ciertamente catastrófica. También entonces hubo sus dificultades en el recuento, en aquel caso a partir de los sepulcros abiertos.

El mal se desarrolló en las penosas condiciones de la guerra de Sucesión, en una atmósfera ciertamente letal. Quizá los primeros contagios se dieron en el hospital militar establecido en 1705 en la inmediaciones de San Sebastián por las autoridades borbónicas, pero el problema se acrecentó notablemente por la llegada de las fuerzas de Carlos de Austria, que llegaron a sumar según ciertos cálculos más de 2.500 soldados, de los que 1.200 eran de origen portugués. El vecindario de Requena, en una apuradísima situación, fue obligado a contribuir a su mantenimiento, agravando los problemas de alimentación seriamente. Se franqueaban las puertas a la enfermedad.

La ruptura de los mecanismos de la vida cotidiana empeoró el problema, pues toda enfermedad tiene una clara dimensión social. En las casas de la calle de la Botica no se pudieron sepultar los cuerpos de los fallecidos, con las consecuencias terribles que eran de prever. Hubo un momento en que solo cuatro mujeres pudieron llevar un cadáver a San Nicolás. Los cuidados paliativos, con tanto afectado, fallaron y solo veinte personas estuvieron en condiciones de atender a los demás.

La naturaleza de la enfermedad, con las referencias a vejigas que se abrían y pequeños tumores o landres, parece la de una temible variedad de peste, aunque los médicos dudaron del tratamiento quirúrgico habitual, ciertamente rudimentario, del sangrado al presentar los enfermos lombrices. Domínguez de la Coba lo reclamó, con máximas de la medicina académica del momento, ante los restos de sangre que los afectados dejaban en los templos.

Las dudas en el tratamiento de una epidemia no son privativas de un solo momento histórico y las gentes también buscan y han buscado referencias a otras para sacar agua clara. En 1706 vieron similitudes con la epidemia de 1684, igual que hoy en día nosotros las vemos con la mal llamada gripe española.

Otras reacciones también nos resultan, por desgracia, ya familiares a las gentes de 2020. Los franciscanos tuvieron miedo de salir de su elevado convento y de bajar a la villa: se confinaron. Tampoco se oficiaron los entierros a la manera habitual, lo que creaba un desasosiego espantoso, añadido a la falta de la atención espiritual en la hora última. Las campanas no se tañeron en aquellos lúgubres días, en parte por falta de brazos, en parte por miedo.

La psicosis, en su más amplio sentido, es otro síntoma de la epidemia, más terrible de lo que pueda parecer. El miedo gana una batalla detrás de otra cuando la gente se derrumba en sus certezas, al pensar que nada es capaz de salvarla. Se acudió como agua de mayo a la protección de San Roque, gran protector contra la peste, en busca del milagro que pusiera fin a aquella pesadilla. Entre los soldados de Carlos de Austria hubo muchos protestantes, que pusieron trabas a que la imagen del santo entrara en la villa. Aquella guerra de Sucesión tuvo también elementos de enfrentamiento religioso. Cuando los cielos parecían desplomarse sobre las cabezas de aquellas pobres personas, la enfermedad fue cediendo con los fríos. Sus guerras políticas ya no son las de hoy, pero sus padecimientos son tan humanos como los nuestros.

Antigüedad y cosas memorables de la villa de Requena. Edición de C. Jordá Sánchez y J. C. Pérez García, Requena, 2008.

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