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Cuaderno de Campo. La Naturaleza en La Meseta de Requena-Utiel
Javier Armero Iranzo / 3 de mayo de 2016

Van pasando las semanas. La primavera se encuentra en su apogeo en la comarca. Y bien que se hace patente; ya lo creo. No hay rincón donde no se deje ver su encanto, por pequeño que sea. Los viñedos, tan característicos en la llanura central, ofrecen unos verdes radiantes. Las hojas de las cepas, recién salidas, inundan de clorofila el paisaje agrario. Verdes, verdísimos; los campos están preciosos. Los ribazos, repletos de hierbas. Decenas de gramíneas ofrecen sus tonalidades al agricultor. Hay flores por doquier. Las malvas y  las amapolas, entre las más bellas, combinan sus llamativos colores para poner una nota de alegría en los terrenos incultos. Los baldíos no lo son tanto para esa cohorte de insectos que buscan el néctar que guardan para ellos. Ha estallado la primavera. Y de esta estación, mayo destaca por su plenitud.

Hasta los humanos nos sentimos mejor en esta época; estamos más contentos, más optimistas. El Día de la Madre, las comuniones,… La gente se casa más en primavera, al ritmo del buen tiempo. La temperatura es muy agradable. Atrás quedaron los días cortos y los rigores invernales. Ahora todo es diferente.

Junto a los ríos, una fronda caducifolia se desarrolla al amparo de unas magníficas condiciones de humedad. El soto fluvial es ahora, sencillamente, una delicia. ¿Y el monte? Pues el monte nos invita a recorrerlo. A dejarse llevar por sus sendas y vericuetos. A internarse en laderas, umbrías y crestas. El monte despierta la sensibilidad al naturalista. Ofrece todo un mundo de sensaciones que no defrauda al excursionista.

Mayo triunfa. Mayo son olores a mil flores, colores intensos y trinos nupciales. Hasta en los pueblos y en las aldeas se siente la vida. Los árboles renuevan las hojas desaparecidas meses atrás, los jardines se engalanan con sus mejores vestidos, y los cielos se llenan de una miríada de aves africanas que acompañan al peatón en sus pensamientos. “Los vencejos; han llegado los vencejos”- piensa para sus adentros. Ya están ahí; sus chillidos característicos, sus persecuciones en el aire; sus siluetas inconfundibles. ¡Que bonita es la primavera! ¡Qué bonito es el mes de mayo!

Ante semejante explosión de vida, cuesta dirigir las palabras, hacia alguno de sus componentes. Y lo voy a intentar con un grupo de pajaritos que me apasionan. Se trata de las currucas. Mayo es el mejor mes para observar a las currucas por dos razones principales. Una de ellas es porque las que se reproducen en nuestra comarca comienzan el sonoro comportamiento de celo por estas fechas y es ahora cuando más se detecta su presencia. Hay que recordar que estos animales son muy tímidos y suelen permanecer escondidos entre la maraña arbustiva del sotobosque. La otra razón es que durante estas semanas siguen pasando muchas currucas migrantes hacia otras localidades de cría, situadas más al norte, y eso es fundamental para poder registrar a otras especies que no llegan a criar en nuestros montes pero sí que descansan y se avituallan en ellos durante unos días para poder seguir su largo periplo.

Las currucas son unos paseriformes incluidos en la familia Sylviidae y que se adscriben al género Sylvia. En la Península Ibérica llegan a nidificar hasta 9 especies distintas de ellas: balear, rabilarga, tomillera, carrasqueña, cabecinegra, mirlona, zarcera, mosquitera y capirotada.

La mayoría de ellas crían en la Meseta de Requena-Utiel, salvo la mosquitera y la zarcera, que son aves de paso aquí, y la curruca balear, que es un endemismo del archipiélago del mismo nombre. Precisamente, de esta última curruca se obtuvo años atrás una dudosa cita en Utiel de un ejemplar abatido y posteriormente disecado por Alfredo Pérez, taxidermista local, a inicios de los años 80 del pasado siglo y que él mismo me llegó a asegurar de que se trataba de una curruca sarda (por entonces se creía que las currucas baleares que habitaban estas islas no eran más que una subespecie de la curruca sarda, Sylvia sarda). Tras revisar ese ejemplar llegué a la conclusión de que no era una curruca balear, Sylvia balearica, sino una curruca rabilarga, ave muy habitual en los montes de la localidad, pero que presentaba una coloración del plumaje un tanto aberrante y que se prestaba a la confusión.

El nombre genérico de Sylvia, común a todas las currucas, proviene del latín, como tantos otros de la nomenclatura científica. Hace referencia a bosque, y de ahí derivan los vocablos castellanos de selva o silvicultura, entre otros pertenecientes a su campo semántico. Desde luego, un atributo muy apropiado para las currucas por su querencia hacia los medios forestados, y en especial aquellos de acceso más intrincado. Esa característica es común a todas las currucas. Sin embargo, cada especie muestra una diferente predilección por cada uno de los estratos vegetales que se dan en ellos o, incluso, por las diferentes formaciones arbustivas o boscosas que crecen en nuestra comarca y que hace que sean más o menos habituales en ella.

De las ocho especies de currucas que podemos ver en La Meseta de Requena-Utiel, cinco de ellas son típicas habitantes del monte mediterráneo y presentan por ello una distribución que se ajusta en mayor o menor grado a los países del entorno geográfico del viejo Mare Nostrum: la rabilarga, la tomillera, la carrasqueña, la cabecinegra y la mirlona; mientras que las otras tres, zarcera, capirotada y mosquitera, en realidad son más propias de los países centroeuropeos, si bien su rango de presencia reproductora alcanza muchas localidades de la Península Ibérica, especialmente de su mitad norte.

Desde luego, el grupo de las currucas puede constituir un buen ejemplo para el estudio de la ciencia de la Ecología, pues llama la atención como aves tan parecidas en morfología y necesidades alimentícias (todas son principalmente entomófagas) pueden compartir unos hábitats muy similares distribuyéndose espacialmente los recursos tróficos para no entrar en competencia unas con otras. Es decir, difieren en los nichos ecológicos que explotan.

Así, tenemos que la curruca tomillera, Sylvia conspicillata, busca aquellas formaciones vegetales arbustivas de poco porte, como bien pudieran ser los tomillares a los que alude su apellido, por lo que en la comarca se distribuye principalmente por aquellos rodales de cierta extensión que encuentra en zonas muy concretas. En ese sentido, la tomillera es ave particularmente escasa en la demarcación. Aún así,  destacan las poblaciones de tomilleras de las cumbres del Tejo en Requena o del Cardete o del Molón en Camporrobles, entre otros lugares montañosos; o de las laderas de vegetación gipsícola de ciertas ramblas saladas, como la de El Bancal en el Cabriel, por ejemplo. Su pequeño tamaño y los modestos colores grisáceos en su plumaje la hacen poco visible a ojos del ornitólogo que la busca activamente en su hábitat característico.

Más bonita, aunque de medidas muy similares, es la curruca rabilarga, Sylvia undata. Con un llamativo pecho de color vinoso y con unas plumas caudales de gran tamaño (y de las que viene su apelativo), la curruca rabilarga, por su parte, prefiere garrigas soleadas donde abunden los aliagares o los romerales. Se tratan de ambientes con un grado alto de deterioro de las formaciones vegetales originales  debido al impacto de siglos y siglos de aprovechamiento forestal del monte por parte del ser humano, o bien por la incompleta recolonización vegetal de bosques quemados por los incendios forestales. Estos han sido desgraciadamente muy habituales en nuestra demarcación hasta hace muy pocos años. Muchas sierras de nuestro entorno cumplen esos condicionantes, desde las del Negrete y Juan Navarro, al norte, hasta las Derrubiadas del Cabriel y Martés, al Sur.

Los estratos arbustivos más altos son buscados por la curruca cabecinegra, Sylvia melanocephala, fácilmente distinguible del resto de congéneres por presentar un plumaje negro lustroso en su cabeza y que contrasta con la garganta de color blanco, un anillo ocular rojo bien patente, y una cola larga y ribeteada de blanco en sus partes exteriores.

Ave muy común, sin duda la curruca más abundante de la comarca, ocupa los rodales de vegetación arbustiva más alta y tupida de la maquia mediterránea. Así, habita los espesos lentiscares, los coscojares, los enebrales y otras comunidades florísticas de buen porte. Como la rabilarga, la cabecinegra es ave catalogada como residente todo el año en la localidad, lo que no quiere decir que unas y otras no tengan oscilaciones numéricas temporales relacionadas con los aportes de individuos desde otras localidades o por partidas de algunos individuos indígenas hacia otros territorios en determinados momentos del ciclo anual.

La curruca carrasqueña, Sylvia cantillans, es sin lugar a dudas, la más cromática. La combinación de tonos anaranjados que presentan los machos adultos y que realza el blanco de sus bigoteras me parece de lo más elegante de nuestra ornitocenosis comarcal. Como un semáforo visual aparece entre los verdes y grises de la maleza. Allí emite sus elaboradas estrofas para advertir de su presencia a las hembras, vestidas con tonos más humildes.

Se distribuye muy bien por los pinares y carrascales de la mitad norte comarcal, siendo más escasa y local en los de la parte sur. Le gusta ocupar los ecotonos entre el monte y las tierras de labor, donde abundan carrascas de buenas dimensiones o arbustos grandes como enebros o sabinas. En estos ambientes se mueve por el estrato arbóreo, sobretodo.

Aún más si cabe de hábitos arborícolas, es la mirlona, Sylvia hortensis. La más grande de todas las currucas y la más escasa también en Requena-Utiel. De su fisonomía destaca, a parte de sus mediadas corporales, el casco negro que contrasta con el ojo visiblemente blanquecino.

Es un ave que la he podido localizar por prácticamente todos los términos municipales, pero en ninguno de ellos es común; ni mucho menos. Como las dos especies anteriores, es de presencia estival; esto es, arriba de sus localidades de invernada situadas en el África tropical principalmente hacia el mes de abril y se queda en nuestro ámbito geográfico hasta finales de verano. Es ahora, en mayo, cuando los machos emiten sus potentes cantos territoriales que recuerdan los bellos trinos de los mirlos, de donde toman su nombre. Se las ha localizado en hábitats muy diferentes, desde pinares en regeneración de la sierra Juan Navarro, hasta los mosaicos agroforestales de Sinarcas, los carrascales de Camporrobles, o los bosques de ribera de ríos tales como el Reatillo o el Cabriel, entre otros.

Ya de ambientes más frescos y ligadas a formaciones arbóreas principalmente de planifolias tenemos a las conocidas currucas capirotadas, Sylvia

atricapilla.  Dotadas de un plumaje discreto, resalta, no obstante,  una conspícua caperuza negra en los machos o castaña en las hembras. Ese, desde luego, es su mayor rasgo distintivo. Se presentan en la comarca especialmente en las fechas típicas de sus pasos migratorios, bien en primavera o bien en otoño. No obstante una pequeña fracción numérica, pero bien repartida por toda la demarcación, se queda a criar al amparo de las mejores manchas de vegetación caducifolia. Se localizan, de esta manera, en barrancos, bosques de ribera, fuentes montanas y otros ambientes que recuerdan en cierta manera los biomas centroeuropeos en donde son unas de las aves más comunes.

Muy parecida a la capirotada en aspecto, tamaño y comportamiento es la curruca mosquitera, Sylvia borin. Es un ave de similares tonalidades y que además carece del llamativo capirote de su congénere. Si a eso le añadimos su costumbre de moverse por las ramas más altas de choperas y saucedas por las que siente predilección se entenderá que esta especie pase muy desapercibida para el profano a la ornitología. Sólo los más pacientes y atentos podrán descubrir como la autora de esa magnífica melodía que proviene de lo más alto de la bóveda forestal es esta delicada avecilla. Siempre he pensado que algunos ejemplares pudieran quedarse a criar en los mejores sotos ribereños de nuestros ríos, pero lo cierto es que hasta la fecha ese extremo no lo he podido confirmar.

Como la mosquitera la curruca zarcera, Sylvia communis, también es ave de paso aquí. No obstante, he podido reunir algunas observaciones en la segunda quincena del mes de julio de unas pocas temporadas en lugares ciertamente adecuados que me hacen dudar sobre su posible nidificación. En cualquier caso muy puntual, localizada y no repetida cada año. En paso, en cambio, es fácil detectarla por setos y ribazos con arbustos que delimitan campos de cultivo, especialmente en vegas fluviales y zonas más húmedas. La zarcera podría confundirse fácilmente con la tomillera por el enorme parecido en el diseño de su plumaje. Sin embargo, podría servir de ayuda en la identificación que la primera tiene un tamaño ciertamente mayor y presenta además un comportamiento menos nervioso entre los matorrales por donde se mueve.

¡Cuántas especies de currucas! Muchas veces no nos damos cuenta de la variedad de los animales que habitan nuestros campos y montes; pero ahí están. Las currucas además, no lo ponen fácil, la verdad. Pequeñas, ocultas, discretas. Pero hermosas. Muy bonitas, ya lo creo. Dediquémosles nuestra atención en nuestros paseos por la naturaleza. E, insisto, el mes de mayo es el mejor momento para ello. Mayo, el mes de las currucas.

Pero aún me queda por citar a una Sylvia muy especial. La más bonita de todas ellas. Y que también apareció en el mes de mayo, como no podía ser de otra manera. Mañana día 4, Sylvia Armero, mi hija, cumple ocho añitos.

¡Felicidades, curruquita!

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