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LA BITÁCORA DE BRAUDEL. Por Juan Carlos Pérez García.

La memoria es larga y compleja. No lo digo yo. Lo dice el maestro García Cárcel, más autorizado que yo mismo. Pero la tenemos corta; me refiero a la memoria; y la tergivesamos más, cuando nos interesa. Hace falta reconocer la parte positiva, la que nos agrada, y la negativa, que siempre nos desagrada. En el artículo anterior rememorábamos un pasado interesante, el del Utiel comercial. La crisis es hoy inmisericorde y está amenazando con destruir hasta los comercios más tradicionales. Qué le vamos a hacer. Las generaciones se acuestan noche tras noche en las camas de sus abuelos, que son a su vez las que utilizaron sus abuelos. Da igual que las camas tengan 20 siglos, que estén desvencijadas; se reparan o sustituyen, pero ahí siguen.

Así pues, memoria larga, compleja, a veces paradójica, pero siempre más amplia que la que un individuo puede tejer con sus recuerdos, aprendizajes y relaciones. La meseta de Requena y Utiel. Perfecto. Esto está muy bien. Reaccionamos ante el viejo término de altiplano, ajeno a nosotros, ejemplificación de la imposición autoritaria desde el exterior. Pero el término sólo está en algunos libros de geografía y algunos artículos históricos. Textos todos ellos que muy poca gente lee, a pesar de que la mayoría están hoy disponibles a través de la red. De acuerdo, es cierto.

Es probable que exista una notable individualización geográfica de la Meseta. En esto tiene mucho que decir Juan Piqueras, un notabilísimo geógrafo que propugnan unos rasgos individualizadores de la Meseta de Requena y Utiel con respecto a la Meseta castellana. Es evidente también que se nos tachado de portaaviones de Madrid en una tierra, la valenciana, que andaba buscando su personalidad. Es el absurdo de Fuster y sus ensoñaciones. Sus sueños llegaban hasta la época de Jaime I, pero se le olvidaron (quiso olvidar) muchas cosas: que había un pasado moro, godo, romano, etc; se le olvidó que una parte sustancial de lo valenciano es castellano, y no sólo por lo lingüístico. En fin, a este majareta se le olvidó también (y esto es todavía más grave) que no existen culturas puras y libres de influencias de otras. Siento que acabo de meterme en un barrizal, el del fusterianismo, pero, bueno, debería estar olvidado y muerto, y si no lean lo que escribió de nosotros.

Fuster se creía catalán, entendiendo por tal una cultura incólume, desde el siglo X al XX, algo totalmente falso e inexistente, pero acorde a su mente esquematista y simplona, poco dada a la comprensión de las realidades complejas de la conformación de las culturas. El colmo de la simplicidad y el totalitarismo: cuando afirma en el “Nosaltres…” que lo catalán es superior a lo castellano. Ahí queda eso. Será por … por tus santos … En fin, uno de esos intelectuales que cifró la esencia de la cultura en la lengua. Como hoy con el tema de la inmersión. Aún va  a tener razón Julián Sánchez con lo de la reactivación del régimen: el padre de la inmersión fue el mismo general Franco.

A todas estas qué es la identidad. Yo soy alto, más bien gordo (últimamente cada vez más), moreno y feo. Estas son mis señas de identidad. Hablo español, eso sí. Pero sustentar una sociedad sobre la lengua es absurdo. Junto a mí hay un individuo que habla portugués, pero comparto con él la misma forma de ver el mundo. Hasta es posible que me ocurra igual con un negro que hable  otro idioma. La lengua es pilar endeble de la identidad. La geografía, también.

El auténtico pilar es la historia. Los de la Meseta lo sabemos bien. No sabemos claramente qué somos. Lo que parece claro es que estamos en medio. Pero parece que no nos damos cuenta. Nuestros dirigentes viran hacia Valencia, cuando no reciben de allí sino indiferencia, por no decir bofetadas. El presente quizás exija jugar la baza de la intermediación entre lo castellano-manchego y lo valenciano. Pero parece que ni nos damos por aludidos.
Los Ruices a 11 de marzo de 2014.

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