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Requena (21/09/19) LA BITÁCORA //JCPG

He aquí el manjar. A muchos les parecerá pobre y poco adecuado. Era una delicia en otro tiempo. Lo asocio a la familia, a la aldea, siempre a asuntos muy positivos. El mundo actual, revolcándose en su modernidad, quizás desprecie esta sencillez.

Desde hace algunas semanas se anuncia, se huele el final del verano. A finales de agosto, las golondrinas, ese animal asociado al verano como ninguno, comenzaron a reagruparse. Se olían que el buen tiempo se terminaba. Y ha sido así. El tiempo tormentoso ha limpiado los restos del verano, hasta no dejar ni zarrapito. Esas áreas del Sur alicantino y la región de Murcia han sufrido las lluvias. No las han vivido con el sentimiento positivo del que las presencia como un beneficio para la tierra. Presenciar la lluvia, como entra en el suelo, como moja las pámpanas, como fertiliza el suelo para mieles futuras, es un espectáculo de la naturaleza que uno no debe dejar pasar si es posible.

Ya hay que dormir con las ventanas cerradas. Hay que arroparse, buscar entre las sábanas el calor que nos falta. Incluso sucede esto en Valencia, la ciudad de los veranos eternos. Taparse es la gran novedad. Es entonces cuando uno vuelve a encontrarse con su intimidad. Una intimidad algo perdida en el verano caluroso, de noches tremendas.

El final del verano coincide con el inicio de la vendimia. Y vivir es un alejarse del niño que uno trae consigo. Andando andando he llegado hasta aquí. Si sigo por este camino, camino vecinal, que sé dónde empieza, mas es difícil señalar su final, llegaré al lugar en que la vieja rambla se habla de tú a tú con las viñas; allí se encuentran los emparrados con el terraplén, entablando una conversación que versa sobre los límites de cada uno. Contemplo que allí, bajo las raíces al aire de esos pinos, el cabreo de

Estamos indisolublemente unidos a las cepas. Es inevitable. Nuestro subconsciente nos lleva siempre a ellas.

la rambla ha sido descomunal, hasta el punto de comerse un buen trecho de la viña. Las conversaciones han pasado aquí a agresiones. A veces la rambla alza la voz. Coincide con las épocas de lluvias, en las que su cauce se nutre abundantemente del agua torrencialmente caída. Es entonces, cuando barruntando el caudal crecido, los perros ladran y uno puede asomarse discretamente a contemplar el paso de la riada. Se afirma entonces el poder de la naturaleza, el enfado terrible con todo lo que se le interpone.

Voy andando y andando por esta rambla. Lleva algo de agua. Las últimas lluvias han alimentado los manantiales, pero, al menos, no han causado estragos considerables. A un lado, el agricultor ha plantado un cañar para defenderse de los arrebatos destructores de las riadas. La caña arraiga en tierra con su poderoso amasijo de raíces y tierra, creando un muro natural ideal para la defensa. Una muralla dispuesta para la defensa bélica; esto es lo que es un cañar.

Frecuenté esta rambla durante muchos años. Forma parte de mi infancia y algo más. Era una fuente de piedra, con la que mi padre se deleitaba en la construcción de hormas. Ay que ver lo que amaba ese trabajo. Con el pico, incluso con el escoplo, venía a tallar la cara vista de la piedra. Se tomaba su tiempo. Paciencia. El casquijo lo colocaba yo detrás. Toda gran horma que se precie de su resistencia y de su capacidad para mantener el terreno ante el ataque inmisericorde del agua embravecida, necesita de un reforzamiento trasero con casquijo, con piedra pequeña, cantos, y un aterramiento posterior. El verano transcurría rozando hierba y haciendo horma. Tareas quizás secundarias, pero importantes, ya que probaban la paciencia y la capacidad de trabajo. Cuando el calor apretaba, cuando sudar era imprescindible, entonces uno se retiraba para hacer un buen almuerzo.

Me sentaba junto a mi abuelo, mientras mi abuela le servía los seos. Al lado, pan y algo de vino. Como siempre.

El festín del almuerzo campesino ha sido siempre algo que he recordado con agrado. Aquellos ojos abiertos del abuelo ante el plato de sesos con huevo frito, acompañados por el contundente pan de aquel tiempo. Un plato exquisito, fuerte, muy alejado del gusto de muchos grupos actuales amantes de lo vegano o simplemente de las comidas ligeras. Eran platos recios, acordes al tiempo y a los trabajos de entonces. Haber ido a rozar hierba, a cargar piedra o hacer horma era un argumento suficientemente contundente como para merecer una sentada tan bien aderezada como un almuerzo.

Conforme avanzo por esta rambla, voy dándome cuenta de cómo ha ido cambiando. Terreros caídos. Rastros de las motos. Caminos abiertos. Sobre todo, ya nadie recoge piedra para hormas, pues es imposible que suba un tractor con su remolque por aquí. Además, la nueva maquinaria hace casi innecesarias las hormas: basta con una remoción de tierras y el desvío de las aguas. La seguridad que los agricultores están obteniendo de la nueva maquinaria a su disposición es tan grande… La tecnología está impulsando cambios más profundos de los que podían atisbar, cambios también en las costumbres y en las mentalidades del mundo rural. Hasta qué limite llevará todo este movimiento tecnológico es algo que, por ahora, se nos escapa.

Tengo la mente tan distraída con todo esto que no me había dado cuenta que he llegado al Prado. Un paraje espectacular, llamativo y atractivo. Como tantos otros lugares de nuestra tierra, es una especie de pequeño Edén, con vegetación frondosa, protegida por lo recóndito del paraje, ideal para las rapaces que siempre lo han poblado. Como siempre, el jabalí deja rastro indeleble de su presencia, de su solaz, de sus revolcones en las áreas húmedas. La naturaleza es así: potente y esplendorosa en los lugares en que puede crecer. No hay lugares donde el sol se enseñoree del suelo. Las plantas lo ocupan todo; no hay ni un palmo libre. Siempre me sorprendió este lugar. Me llamó la atención la abundancia de agua, la feracidad del suelo. Es increíble un área que, repleta de agua, cría esta naturaleza tan impetuosa. A instantes, me parece estar en el Norte del país, en aquella España húmeda que nos enseñaron en la escuela.

El nuevo señor de la tierra. Pese a quien pese, no hay duda que su avance es ya imparable. La conquista del emparrado es ya una victoria.

El agua me indica dónde nace. Unas pequeñas burbujas delatan el lugar. Saltan a la superficie con energía, se les nota las ganas de salir de la tierra. Es el lugar de siempre. Aquí mana agua. Nace sin pedir permiso, llevada por su propio descaro, para alegría de sus vecinos de la ribera de la rambla. Hay que recordar que hubo años en los que estos manantiales se las vieron bastante mal. Eran tiempos de sequía, de dura escasez de lluvia. Y esto en una época caracterizada por el terrible gasto de agua que realizamos todos. En las casas. En la agricultura. Es mucho lo que consumimos. Y los manantiales se resienten.

El agua es la vida; esta es una frase que de tanto oírla nos parece manida, pero es que es tan obvia, tan evidente. Aquí hay vida a borbotones. Lo dicen los pinos, los romeros, las plantas que crecen junto al cauce. Todo lo proclama a mil voces.

Siempre me gustó pensar que en este lugar discreto, alejado del mundanal ruido, apropiado para aves rapaces, pletórico de vegetación, pudieron existir rebaños de vacas. Cuando era niño, era mencionar el Prado y lo primero que me venía a la mente era una vaca pastando. Es absurdo, pero no dejaría de ser bonito que en algún momento de la historia, esto hubiera sucedido.

En algún momento pienso que ya he andado lo suficiente. Decido subir arriba, salir del barranco por el que transita la rambla. No me planteo mucho y tiro a traviesamontes, a través de un viejo carril ya prácticamente abandonado y olvidado. Subo al Perrenchín, al reencuentro entre las viñas. Macabeos, garnachas tintoreras y el bobal tradicional, señor de la tierra, sobre todo desde que la tardana va cediendo terreno.

A lo lejos, veo ya la aldea, y con ella el sopanvino que me espera. No será la abuela la que me lo prepare, pero sí mi madre. Hay mucho de rememoración del pasado en todo esto. La comida es también un regreso al pasado. Con los platos hay como una máquina del tiempo, al estilo H.G. Welles, que nos permite volver atrás. A la vieja casa, a los viejos muebles, a los tiempos en que no teníamos sofá, y veíamos la tele sentados en sillas. Han cambiado los tiempos, la vida y las posiciones. No había ni alcantarillado.

Ahora está presente en las redes como una rememoración de los viejos tiempos. Confieso que yo también fue seducido por sus redes. Mi madre lo compraba para agradarme. Estaba en un rincón de la vieja Corberó. Pero no tengo asociado a estas tarrinas ningún recuerdo que valga la pena. Por algo será.

Pero, a pesar de todo, allí, en la cocina, sobre el mármol blanquecino tenía mi sopanvino, una merienda simple, absolutamente sencilla. Pan, azúcar y vino. El vino, siempre, como ingrediente indispensable para beber pero también para comer. Era una merienda de esplendor. Aunque estuviera el Tulicrem, siempre preferí sopanvino. Quizás una temprana afición al vino, en los tiempos en que bebía este brebaje escasamente y controlado por los mayores.

El sopanvino como culminación de una tarde de excursión. Sopanvino, rambla y agua. Y, efectivamente, aquel mundo no era absolutamente positivo, no tenía los quilates que adornan la virtud absoluta. No negaré las penurias. Pero mi mundo, nuestro mundo, el de la infancia.

 

En Los Ruices, a 19 de septiembre de 2019.

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