domingo, 23 agosto
Artículo de opinión de Francisco Martínez, Presidente Asociación Viticultores Cava Requena
Requena (23/08/26)- Nota de prensa
Se habla mucho de valor. Del valor del Cava, de la necesidad de reposicionarlo, de conquistar nuevos mercados, de aumentar su prestigio y de conseguir que el consumidor esté dispuesto a pagar más por una botella.
Pero hay una pregunta que deberíamos hacernos antes de todo eso:
¿De qué sirve hablar del valor del Cava si somos incapaces de dar valor al origen y al primer eslabón de la cadena: el viticultor?
Durante los últimos años hemos vivido una situación relativamente estable en el sector. Existía un equilibrio entre la producción, la demanda y los precios de la uva, vendiendo en torno a los 250 millones de botellas, toda uva se vendía y toda se embotellaba bajo cava, pues el Cava tenía cierto monopolio como gran vino espumoso que és.
Hasta que llegaron varios años de sequía, con una reducción importante de la materia prima disponible.
Y ocurrió lo que ocurre en cualquier mercado: cuando la oferta disminuye y la demanda se mantiene, el precio aumenta, la uva subió.
Ante aquella situación, desde la propia lo Denominación de Origen se facilitaron medidas para permitir la máxima producción posible y garantizar el abastecimiento de las bodegas. Se trataba de una decisión lógica: había que preservar la capacidad productiva de una denominación que necesitaba materia prima, la Uva.
Pero mientras el viticultor hacía su parte, una parte de la gran industria tomó sus propias decisiones estratégicas.
Se apostó por otros productos espumosos, sucedáneos del Cava, incluso bajo marcas históricamente asociadas al Cava.
Es perfectamente legítimo que una empresa diversifique, busque nuevos mercados o desarrolle nuevos productos. Nadie puede cuestionar la libertad empresarial.
Pero sí deberíamos preguntarnos qué consecuencias tiene esa estrategia para el conjunto de una denominación de origen.
Porque cuando la gran industria decide utilizar su fuerza comercial para impulsar productos que compiten con aquello que durante décadas ha construido bajo el nombre Cava, no solamente está tomando una decisión empresarial. También está influyendo sobre la percepción del consumidor, sobre el valor de la categoría y, en definitiva, sobre el posicionamiento de todo un sector.
Y ahora, en apenas dos años, hemos pasado de una situación de escasez a otra completamente diferente, no es que se haya retraído la venta de botellas de cava en demasía, es que la industria decide si sus botellas se calificarán Cava o se harán otros productos bajo sus marcas.
Y la industria vuelve a tener capacidad de elección.
Esa capacidad de elección tiene un efecto evidente: el poder de negociación vuelve a concentrarse en quien compra la uva o vino base cava.
Los precios que se están planteando, en torno a los 30 cts kilo de uva convencional calificada Cava, no son simplemente bajos, estos precios ponen en riesgo la rentabilidad de producirla.
Y si un kilo de uvas amparadas bajo una Denominación no mantiene un margen lógico superior a más de 15 cts, de uvas sin control alguno o procedencia, esa Denominación falla.
Y aquí está el verdadero problema.
Cuando unos pocos grandes operadores tienen capacidad suficiente para marcar el precio y el resto del mercado termina siguiendo ese precio por efecto arrastre, se crea un producto desequilibrado, que también ocurre en nuestros elaboradores locales de Requena, esos que se esfuerzan por posicionar su Cava en lo más alto, pero dejan de mirar el Origen y acaban yendo a remolque de los demás.
Estamos ante una cadena en la que el eslabón más débil vuelve a asumir buena parte del riesgo.
Y eso debe preocuparnos a todos.
También a la propia Denominación de Origen Cava.
Es cierto que una denominación no puede fijar libremente el precio de la uva. Pero una cosa es no poder intervenir directamente en el precio y otra muy diferente es permanecer indiferente ante la destrucción de valor en el primer eslabón de la cadena.
Porque la Denominación de Origen no debería limitarse a garantizar que una botella cumple unas condiciones técnicas.
Una denominación de origen es mucho más que eso, debe velar por toda la cadena y por eso se llama Denominación de Origen Protegida y debe proteger a todos sus actores.
No puede existir Cava sin viticultores.
Y tampoco puede existir un Cava de prestigio si producir la uva deja de ser rentable.
Podemos hablar de premiumización, de mercados internacionales, de nuevas categorías, de imagen, de marketing, de posicionamiento y de aumentar el precio medio de la botella.
Pero si al mismo tiempo pagamos cada vez menos por la uva, estamos construyendo una contradicción.
Queremos que el consumidor valore más el producto final mientras permitimos que pierda valor aquello que está en su origen.
Eso no es crear valor.
Eso es trasladar el valor de un eslabón a otro.
El Cava todavía tiene una oportunidad. Tiene territorio, tradición, conocimiento, reconocimiento internacional y una enorme capacidad para producir vinos espumosos de calidad.
Pero también tiene el riesgo, que el Cava termine compitiendo únicamente por precio con otros vinos espumosos que no tienen detrás la misma historia, territorio, método y estándar de calidad.
Y entonces habremos perdido aquello que precisamente nos hace diferentes.
Y, sobre todo, de entender que ese valor debe repartirse de manera razonable a lo largo de toda la cadena.
Porque sin viticultor no hay Origen, sin origen no hay Denominación.
Francisco Martínez
Presidente Asociación Viticultores Cava Requena