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El silencio ha abierto la caja de pandora del engaño en el que hemos construido un bienestar que no es tal y la esperanza es que esta toma de conciencia, puede quedar solo en eso, en un atisbo de lo que nos gustaría y no será “porque es imposible” o, por el contrario, se transforma en una experiencia que ha llegado para quedarse.

Requena, (07/04/20). Redacción – Alejandro Palomas.

Veo en el telediario que a causa del confinamiento masivo en las ciudades los pájaros han cambiado su trino. Ahora cantan distinto, porque ya no se enfrentan al estrés que supone tener que hacerse oír por encima del ruido que atormenta lo urbano: el tráfico, las obras, el runrún de pasos y conversaciones callejeras… Todo eso terminó. En menos de 48 horas de silencio, los pájaros son capaces de modificar su lenguaje y comunicarse sin la angustia de no llegar al otro, de no ser oídos… En nuestra mano está exigir a nuestra vuelta a la ‘normalidad’, un modo de vida que nos dañe menos, que nos devuelva un poco a lo que pertenecemos. 

Hoy, en la escalera de mi casa –que da directamente a un trigal- he encontrado sentado a un zorro que en mi poca atención he confundido con un gato hasta que se ha desperezado, desapareciendo sin prisa en dirección al bosque. Desde que el virus nos encerró, el exterior se ha quedado huérfano de ruido y ha muerto temporalmente la amenaza. Los animales, que no responden a un concepto del tiempo humano, rápidamente han entendido que pueden ser más ellos y no defenderse de un peligro que ya no está.

¿Por qué una reacción tan rápida? ¿Tan sencillo es?

Lo es si no intentamos descifrarlo desde lo humano: mientras nosotros/as llevamos las dos primeras décadas de nuestro nuevo siglo buscando el santo grial de la quietud mental y combatimos ansiedad, angustia y no ser con toda clase de terapias, versiones de mindfullness, yoga, medicación e intentos más o menos útiles de no proyectarnos en el pasado ni en el futuro y de vivir lo que somos en el corto plazo, la naturaleza existe desde el principio de los tiempos sobre una única coordenada: el aquí y el ahora.

Cuando un peligro desaparece, el mundo natural reacciona de inmediato y la amenaza se desprograma. Si el estrés sonoro urbano calla de golpe y el silencio se mantiene, los pájaros tardan poco o nada en entender que la situación es nueva y más ventajosa, porque supone menos amenaza. La naturaleza –y reconozco que hasta yo, que habito en lo rural (no en lo salvaje) debo repetírmelo a diario– es el paradigma de la inmediatez, porque en ella el tiempo no es lineal. Existe solo un presente y todo y todos se adaptan a él. Lo veo en la carretera que me lleva a la compra un par de veces por semana. Dos o tres días después del inicio del confinamiento, los jabalíes, conejos, perdices, tejones, zorros y corzos empezaron a campar a sus anchas por prados y cunetas, (re)ocupando lo que es suyo en un aquí y un ahora que da que pensar. Hoy, en las ciudades, son muchos/as los/as que por primera vez oyen realmente cantar a los pájaros desde sus ventanas en las ciudades y se sorprenden. “Así que estaban ahí y la vida con ellos, sin otro filtro que la compañía mutua, puede sonar así”, piensan.

El silencio ha abierto la caja de pandora del engaño en el que hemos construido un bienestar que no es tal y la esperanza es que esta toma de conciencia, este haber podido escuchar lo que es una ciudad sin que la aturda el estruendo de toda nuestra cadena de engaños (trabajar ocho horas más las que se tercien, llegar muertos a nuestro piso compartido y cenar con el tenedor en el plato y el dedo en la pantalla del móvil para que la actualidad no nos deje atrás, una hora dedicada en dos turnos –el de mañana y el de noche– a nuestros perros, etc.) puede quedar solo en eso, en un atisbo de lo que nos gustaría y no será “porque es imposible” o, por el contrario, se transforma en una experiencia que ha llegado para quedarse.

Es tanto y tan intenso lo que la pandemia ha traído consigo que quizá cuando volvamos a la normalidad prefiramos retomar la vida donde la dejamos, sin más. Pero también es cierto que la verdad es cruel, porque podemos negarla y disimularla hasta que se nombra en voz alta. Y es esta: no nos merecemos vivir como lo hacemos ni dejar que nos convenzan de que esta es la forma que más nos conviene, que el bienestar era esto. No es verdad. Bienestar no es no poder oírnos por defecto, ni vivir en lo rural pensando que vivimos en lo salvaje. Estamos encerrados y, entre otras cosas, tenemos tiempo para ver el silencio que hemos dejado fuera. Mirémoslo. Por primera vez tenemos ese privilegio. Nos ha tocados retirarnos de la actividad y tenemos la posibilidad de ser testigos directos de hasta qué punto lo humano se ha alejado de lo animal y está en nuestra mano exigir a nuestra vuelta un modo de vida que nos dañe menos, que nos devuelva un poco a lo que pertenecemos.

Es muy fácil. Se trata simplemente de no dejar que el trino de los pájaros vuelva a apagarse en nuestras calles. Solo eso.

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