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UNA OPORTUNIDAD PARA UNIR, NO PARA SEPARAR./

Entre las personas que me acogieron y me ofrecieron refugio en los momentos más duros en España hay valenciano-parlantes. Entre las personas que en este país mejor me han comprendido y me han enseñado valiosas perlas de sabiduría hay valenciano-parlantes. Entre mis mejores amigos hay valenciano-parlantes. Entre mi familia española hay valenciano-parlantes.
Gracias a todos ellos y ellas aprendí a respetar, estimar y amar esta tierra que hoy también es mía. Gracias a ellos aprendí a apreciar la cultura valenciana, que no se limitó a hablar una lengua. También es filosofía, valores, costumbres, expresiones, gastronomía e incluso fiestas. En esta tierra sentí de primera mano la solidaridad humana. Aquí completé lo que hoy soy y lo que quiero.
El lenguaje nunca ha sido un problema en los casi once años que tengo en estas tierras. Ni al llegar, ni al adaptarme. Ni siquiera en las universidades valencianas, al estudiar la carrera, he tenido el mínimo obstáculo ni con profesores ni con mis compañeros/as a lo largo de los años. No sé si es lo común, pero si no lo fuera, entonces soy muy afortunado. Todos, absolutamente todos, aun cuando el valenciano fuera su lengua materna en la que hablan y piensan, me comprendieron, me respetaron y me hablaron en mi lengua. En la amistad, en el afecto, no hay necesidad de reivindicaciones, ni banderas, ni debates sin sentido. Se convive en paz. Se disfruta en paz.
Ninguno de mis amigos y familia jamás se atrevería a imponerme una lengua que no quiero. Jamás se les ocurriría hablarme en otro idioma si saben que no les entiendo o decirme que hablarán ‘despacito’ como si yo fuera un estúpido. Jamás me sugerirían que ‘como vivo en su tierra’ estoy obligado a aprenderlo. Yo tampoco me atrevería a insultarles por hablar una lengua materna diferente a la mía. Es algo que no me ha ocurrido nunca en los años que viví en Estados Unidos, ni me ha ocurrido en España.
Recuerdo, hace años cuando recién llegué a Valencia, participé en un programa que juntaba voluntarios/as valenciano-parlantes con valenciano-no-parlantes en cafeterías locales para aprender valenciano. Una señora mayor acudía a la cita acompañada de un libro a leerme los “Amors Impossibles” de Josep Vicent Marqués. Me leía y me explicaba, mientras yo escuchaba atentamente entre sorbo y sorbo. También le contaba mis historias y aventuras mexico-americanas. Para ser fiel a la verdad, creo que no aprendí nada de nada de la lengua, pero la amabilidad, generosidad, hospitalidad y cortesía de la señora quedaron grabadas permanentemente en mi memoria.
Estoy pensando en aprender formalmente valenciano en una escuela de idiomas, y si lo hago, es por cariño a todos esos recuerdos. Aprendería valenciano por amor, por la riqueza de la cultura valenciana por el trato exquisito que familia, amigos y desconocidos me han dado desde el primer momento y que han sabido seducirme, no imponerme.
Quienes venimos de otras tierras hablamos castellano (por cierto, una hermosa lengua materna que también hay que cambiar cuando de trabajos científicos, académicos o con proyección internacional se trata) pero también inglés, árabe, rumano, alemán, ruso, chino, italiano, francés, búlgaro, polaco, urdu, portugués, ucraniano, wólof, lingala y muchos más. Nuestra Comunidad Valenciana es hoy un rico mosaico de lenguajes que, en lugar de separar, debería servirnos para acercarnos a aprender unos de otros. Es una magnífica oportunidad que se nos presenta para aprender a apreciar la diversidad de culturas, filosofías, costumbres, expresiones, gastronomías e incluso fiestas que hoy ya es parte de nosotros. Una oportunidad única que nos da la vida para construir un lenguaje común de valores de igualdad, respeto y libertad que no se limita a un idioma. Una oportunidad para convivir y disfrutar en paz. Para unir, no para separar.
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