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LA BITÁCORA DE BRAUDEL / JCPG

La gente de esta tierra sabe bien lo que es la competencia y el mercado. Colocar el vino cada año y que no quede una gota en las bodegas es una tarea titánica. Los problemas comerciales de los últimos años, relacionados a su vez con asuntos propios de la hegemonía en la Europa oriental, no lo están poniendo fácil. Así que adentrarse en la lectura sobre libros serios que traten de explicar los entresijos de las rivalidades históricas entre los países del Ocicdente es interesante y fructífero.

Precisamente se puede constatar con facilidad, a poco que se indague en la producción de libros de historia moderna y contemporánea, que en épocas de crisis e incertidumbre como las que vivimos, los historiadores se lanzan a la tarea de averiguar y explicar las causas del auge, decadencia y transformación de los imperios y civilizaciones. La prensa lleva publicando todo tipo de análisis sobre las razones de la crisis, así como sobre la deficitaria política monetaria europea y el fracaso del Estado de Bienestar. Los encontramos de todos los colores y gustos. En otros escritos he comentado algunos de estos análisis, hasta donde mi capacidad me permitía. Sin embargo hoy entraremos en una perspectiva muy diferente.

Uno de los grandes temas es la hegemonía de Occidente. Diríase que se ha convertido casi en una obsesión del mundo intelectual. Norbert Elias intentó explicarla a través de presupuestos sociológicos culturalistas que resaltaban la excepcionalidad de las costumbres civilizatorias. Los historiadores marxistas también aportaron sus propias perspectivas, de modo que las propuestas de Eric Hobsbawm e Immanuel Wallerstein se enfocaron en explicaciones referidas tanto a la expansión global del capitalismo, como a las interacciones centro-periferia que organizan el sistema-mundo. Los defensores del liberalismo político, por su parte, han insistido una y otra vez en la preeminencia de aquellas instituciones y legislaciones que organizan la vida política de las democracias occidentales; de modo que un sistema político de libertades habría sido la plataforma perfecta para la expansión de los modelos occidentales por todo el mundo.

Acabo de releer el libro de Niall Ferguson: Civilización; el autor es un profesor británico, de filiación política conservadora, y esto se nota. De hecho cuando el libro fue publicado hace varios años, fue acusado de ser pro-imperialista y manifiestamente elitista. En cualquier caso, merece la pena leerse, porque usando mecanismos explicativos diferentes aporta luz al problema de la hegemonía occidental. Y esto nos interesa pòrque vivimos en un mundo en transformación, en el que quizás se está operando una transición de esta hegemonía. Y porque nos afecta directamente. Véase si no el tema del comercio del vino; el cierre de Rusia ha alterado los circuitos de distribución de nuestro vino.

Ni el imperialismo ni el desarrollo de la técnica ni el proceso civilizatorio desarrollado al interior de las cortes europeas ni tampoco el individualismo derivado de la ética protestante que forjó el espíritu del capitalismo pueden explicar la hegemonía de Occidente.

Hace algunas semanas, TVE está emitiendo su serie sobre Carlos I, el Rey Emperador. Una de las facetas más llamativas, quizás por la calidad de los actores, es la expansión americana, y en concreto la actuación de Cortés. Pues bien, al fin y al cabo lo de Cortés en el mundo azteca forma parte de un proceso histórico iniciado con los viajes de exploración del siglo XV y que llega al siglo XX. Para Ferguson, la expansión de Occidente no culmina en las independencias de los países afroasiáticos en los años 1950 y 1960, sino que es un fenómeno que va más allá de la consumación de las soberanías imperiales y la imposición de un modelo económico aparentemente irreversible. Esquivando el clásico argumento de los ciclos vitales que determinan el devenir de las civilizaciones, Ferguson concluye que éstas son sistemas complejos que operan entre el orden y el desorden, y que si bien pueden existir de manera estable durante períodos extensos, una leve perturbación puede desencadenar una fase de transición de un equilibrio benigno a una crisis que puede precipitar su desmoronamiento.

Puede que el mundo chino, como diría Gernet, acabe por sustituirnos; o puede que no. De momento, los estertores de la crisis china ya han hecho mermar los datos económicos de nuestro país. Quizás es hora de enviarles nuestro vino, para que maten las penas.

En Los Ruices, a 1 de octubre de 2015.

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