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LA BITÁCORA//JCPG

La vida nos ofrenda de vez en cuando regalo increíbles. A mí me está sucediendo desde hace algunos años. Mis viejas afinidad, digamos, de tipo político, se van debilitando, a medida, esto creo yo, que voy comprobando la debilidad de la naturaleza humano con la riqueza, y a medida que voy descubriendo el ansia de poder (en este caso de todo tipo, incluso en ámbitos tan reducidos que son absolutamente ejemplos de ambición ridícula), de cía que el ansia de poder que percibo entre mis semejantes. Descreimiento es una palabra que me gusta para esto.

Este el tipo de mujer mayor de aquellos tiempos. Lejos de la riqueza; familiarizada con las penosas jornadas del trabajo y la estrechez económica; trabajada físicamente por los esfuerzos de toda una vida. Vestida pobremente y de negro. Argimira, como tantas mujeres de su tiempo, llevaba el pelo recogido bajo un pañuelo negro, también, que se anudaba justo por debajo de la barbilla. La fotografía corresponde al album de Carlos Saura España años 50. En los 70, el aspecto de las casas y de las gentes había variado muy poco, o, por lo menos, eso es lo que a mí me parece.

Descreída parecía. Asistía a misa muy de cuando en cuando. En el momento en que asistía, justo en el último toque de campanas, aparecía por el horizonte como un nubarrón negro. Vestía siempre de negro. Era una de esas personas que nos llamaba mucho la atención a los monaguillos. Nosotros con la casulla blanca, ella, completamente ataviada con vestido negro.

Exactamente vestido, tampoco era. Las mujeres de antes solían vestir así. Negro absoluto. Calcetín negro. Saya hasta los tobillos, ni un milímetro de piel, salvo en las manos y en la cara, osaba aparecer ante los demás. Observé que era costumbre de las viudas vestirse así. Aún hoy el negro no me agrada. Lo asocio a esa mezcla de sacrificio y homenaje que es el luto. Una manera de auto-señalarse ante todos. He aquí la que ha perdido a su marido. Bien si el marido lo merecía.

Había maridos que no merecían tan sentidos homenajes. Se decía que tal o cual, le ofrecía ciertos repasos a sus mujeres. Todo el mundo lo sabía, o creía saberlo. Pero en un pueblo pequeño, cada gesto, cada palabra era escrutada y escuchada con grandísima atención. Se decía de tal o cual viuda que había reverdecido al morir el marido; como si el hombre la tuviera pisoteada, humillada y provocara su acelerado marchitar. Pues no ha cogido fuerza la fulana desde que se le murió el marido, se decía.

Llegó justo antes del último toque de campana. Los monaguillos, intentando evitar que la campana se nos llevara volando. Allí estaba Argimira, que así se llamaba la mujer de negro. El cura esperaba en la puerta, ya compuesto por completo. Hacía día radiante de inicios de junio. No había llegado el cuarenta de mayo, pero se vivía un tiempo gozoso. La gente andaba en su mayor parte enfrascada en la esporga. El cura sabía que la afluencia al oficio iba a ser reducida. Conocía que el campesinado anteponía las labores de la viña a rendir culto a Dios el domingo. Hay que ser condescendientes; el campesino está hecho para guardar y también para esperar el fruto de su esfuerzo al final, se decía para sí. También sabía que la mayor parte de su feligresía asistente a misa eran mujeres.

Cuando me colocaba a la derecha del cura, con la campanita para llamar a los fieles a arrodillarse, siempre me asaltaba el mismo interrogante: ¿eran las mujeres las que tenían una comunicación más intensa con Dios?, ¿escuchaba más el Todopoderoso a las mujeres? Porque la mayoría de quienes se estaban arrodillando a mi toque de campana eran mujeres. La razón de esto no acababa de comprenderla. Iban las primeras a los velatorios, y acudían a rezar el rosario todas juntas. Era como si ellas fueran capaces de predisponer a la divinidad para que cuidase mejor el alma del difunto.

Argimira también era asidua a los velatorios. Acudía con su rosario y con una cestita pequeña. Mi abuela, que era muy aficionada a estas prácticas funerarias, me contó una vez que cuando viera a una señora con una cesta, no esperase sino felicidad. Este comentario enigmático era habitual en mi abuela Pilar. Pero siempre acudía a las notas a pie de página que colocaba mi madre: si lleva la cesta es que ha hecho dulces; ya sabes, madalenas o rosquillas. Y añadía: la abuela va a acompañar a los familiares, pero no le hace ascos al aguardiente y a los dulces. Yo pensaba para mis adentros que si fuera ella, no aparecía por el muerto, aunque hubiera dulces.

Vivía sola. No tenía hijos. Se decía que no había conocido varón. Pero que sí tuvo novio. Había sido víctima de una tragedia, y creo que siempre había una cierta comprensión en los vecinos hacia ella. Se la tenía como a una damnificada por los tiempos. Su novio había sido muerto  por un tiroteo en los oscuros tiempos de la postguerra.

Debía de correr la segunda mitad de los años 50. Era la fiesta en el pueblo y la gente estaba en sus bailes y juegos. crispín , que había salido por los caminos del pueblo, después de una extraña discusión, no respondió al Alto que le lanzó la Guardia Civil… Lo demás podemos suponerlo. Aquella madrugada mi abuelo Rufino madrugó más de la cuenta: la madre de Crispín se acercó a mi casa, que era la centralita telefónica, para saber si Crispín había llamado.

Congregarse en torno al muerto. Asunto femenino. Es muy curioso, y tiene que tener jugosos comentarios antropológicos.

Las centrales telefónicas de los pueblos han sido un núcleo principal hasta la automatización. La gente se congregaba a las puertas de la central. Pero la noticia no pudo ser más nefasta. La familia de Crispín, rota y, por ende, la persona de Argimira.

A partir de aquí, aquella señora se encerró a sí misma. Ofreció sus pocas tierras a rento y vivió el resto de sus días sola. Supongo que desde que sus padres se fueron a La Cañada. Pero tenía vena guerrera. El rentero lo hablaba a menudo en el corrillo que se montaba en las portás; la Argimira tenía un auténtico talento autoritario. Mandaba con energía. De hecho, eran frecuentes sus reniegos cuando los críos andábamos cerca y la importunábamos. Algunos, es verdad, la provocaban. Según mi abuelo, siempre sostenía pareceres radicales; yo sospechaba que mi abuelo no estaba muy contento con que mi abuela Pilar jugase a las cartas con Argimira, pero se tenía que aguantar. Tenía fama de persona de opiniones radicales; vamos, de esas que son más partidarias de incendiar la casa y convertirla en una montaña de cenizas antes que de reparar las zonas rotas en un terremoto. Debe de ser esta una pasión humana primordial, porque atraviesa el tiempo en la historia de nuestra especie. Hoy es posible observar cómo la responsabilidad elevada a niveles estratosféricos no genera necesariamente sentido común. Miren si no algunos ministros, dedicados a encender la mecha del incendio a cada paso, en lugar de intentar remediar algunos desperfectos.

Argimira vivía en un estado permanente de alarma. Salía poco de su casa. Una de sus aficiones era jugar al burro con algunas amigas. Hacían turnos para jugar cada vez en casa de una. Solo entonces pude ver su pelo, sentada en torno a la mesa camilla de mi abuela. Era tan blanco… Un contraste con una figura larga, delgada pero completamente cubierta por el negro de la vestimenta.

Apenas salía de su casa, pero le encantaba acudir a la puerta de la iglesia los días de boda. Aquellos días, con los novios desfilando por las calles, eran cuando yo todavía creía que los niños venían si te casabas. Es decir, hace mucho.

Cerrado. Pero fue una meca del sepioné y las bravas. Su fama era inmensa. Aquellas mañanas con mi abuelo por las calles de la Requena de los 70 y el almuerzo del Torrescal eran un acontecimiento memorable. Hubo quien en el invierno del 89 realizó tareas archivísticas almorzando aquí, mientras veíamos derrumbarse un mundo, el soviético y los Ceaucescu eran fusilados

Un día toqué las campanas por ella. Le llegó su hora, como decían los vecinos a la puerta de la iglesia. Allí estaba, de nuevo: la presencia de la muerte, esa impertinente, empeñada en recordarnos que hay muerte porque hay vida. Con el cura a echar el responso, con el hisopo preparado. Allí estaba, amortajada de negro, como había vestido toda su vida. A La Cañada, junto a sus padres.

Mi abuelo, ya decrépito, no estaba precisamente entusiasmado con que asistiera al cura en los entierros. No era descreimiento religioso, aunque tampoco es que mi abuelo fuera aficionado a misas. No le gustaba que yo, como crío que era, andara en cosas de muertos. Así que, como era ya costumbre, procuraba tener conmigo algunos detalles inusuales en otras circunstancias más normales: llevarme a Requena algún día a comer un sepioné en el Torrescal, por ejemplo, donde podía explayarse a cascar con sus amigos. La verdad es que él apenas comía, y a mí aquello me sabía a gloria celestial.

Aquellos momentos con mi abuelo me vienen hoy a la memoria porque seguimos redescubriendo a la familia como un manantial de solidaridad y protección, un castillo de altas murallas que no tiene fecha de caducidad. Lo sabemos muy bien en estos tiempos de confinamiento.

En Los Ruices, a 14 de mayo de 2020.

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