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EL OBSERVATORIO DEL TEJO. JULIÁN SÁNCHEZ

…Continúa de la semana anterior.

No, la socialdemocracia no ha fracasado, está más viva que nunca esperando que se la vuelva a utilizar como sistema de equidad y eficiencia que ha demostrado con creces ser el más efectivo de los que propugnan el progreso social y la consolidación del Estado de Bienestar mediante políticas de igualdad de oportunidades y salvaguarda de las libertades. No hay que reinventarla, simplemente hay que aplicarla eludiendo el yo para encontrar el nosotros. Hay que volver a acreditar y reconstruir el delicado inmueble institucional que tanto esfuerzo ha costado levantar durante un periodo de más de treinta años que muchos desde ambos lados del panorama político se han apresurado a negar y devastar.

Hay que recomponer el orden social mediante políticas de avance general que propicien la vuelta a la ilusión y a la capacidad de ostentar unos derechos que la ciudadanía ha comenzado a dar por perdidos. Hemos de ser conscientes de que el esquilme social a que hemos sido sometidos va a propiciar que durante muchos años habremos de seguir pagando las deudas que estos políticos incompetentes y depredadores han venido contrayendo para costear sus delirios de grandeza y su insaciable apetito del “vaya yo caliente”. Lo que derrocharon en lo superfluo nos ha faltado posteriormente en lo imprescindible y la carga de ese enorme endeudamiento propiciado por la osadía y el despilfarro irracional, la han volcado impunemente sobre nuestras espaldas. Mientras que utilizaban macros parques móviles para que el chófer les llevase al despacho, nuestros cargos públicos no dudaban en recortar las medicinas a los jubilados y a los funcionarios y trabajadores se les reducía el salario un treinta por ciento, pongamos por ejemplo. Ese ha sido el paradigma en la España neoliberal y despilfarradora de principios de siglo.

La prueba evidente del fracaso del sistema neoliberal actual son los ajustes y rescates que demuestran que los mercados no son capaces de regularse por sí mismos. Se han venido abajo víctimas de su propia voracidad. Como solución han adoptado una estrategia muy común en su forma de actuación, privatizar los beneficios y socializar las pérdidas. Se hace ahora pagar a los ciudadanos las extravagancias irracionales de políticos y banqueros, bajo la alternativa de que, si no se viene a hacer así el empobrecimiento será todavía mucho mayor.

Nuestro sistema democrático ha de volver a fortalecerse. El alejamiento de la sociedad y las limitaciones en la participación interna de los partidos explican buena parte de la pésima consideración que los españoles tienen de la clase política. Deviene imprescindible que los partidos obtengan eficacia y legitimidad acercándose a tomar el pulso de la ciudadanía y de transformarlo en acción política. En consecuencia deben favorecer la participación en la vida interna de los partidos; pero también en las instituciones y en otras organizaciones de la sociedad civil. La implicación de los ciudadanos es la forma más efectiva de mantener viva la democracia.

Hay que desterrar indefectiblemente del panorama social y político hasta el mínimo vestigio de corrupción. La corrupción infama la democracia socavándola desde sus propios cimientos poniendo en entredicho la legitimidad de sus instituciones. Erradicarla exige un renovado compromiso cívico. Partidos políticos y responsables públicos deben ser incansables en la denuncia y persecución de todas las manifestaciones de corrupción. Y también los ciudadanos debemos implicarnos en esta batalla dando ejemplo y cumpliendo con nuestras obligaciones públicas y sociales a los efectos de poder exigir su cumplimento a los del nivel teóricamente superior. La separación de poderes del estado reviene básica para cumplir y hacer cumplir éstas premisas.

Volver a la eficiencia y la equidad preconizada en los fundamentos socialdemócratas implicará prestar máxima atención a políticas de pleno empleo y lucha contra la precariedad laboral. El trabajo no es sólo un factor de producción, sino el principal medio de inserción social de los ciudadanos, fuente de su desarrollo personal y familiar, y sostén de la protección social. Por ello, el impulso de la actividad económica no puede basarse en reforzar sin más el papel de los empresarios o empleadores a costa de los derechos individuales y colectivos de los trabajadores. Es necesario hacer compatible, de forma equilibrada, los intereses de ambas partes; porque eso es lo que evita que el mercado de trabajo se convierta en una selva sin ley.

Hay que propiciar unas administraciones públicas eficaces y razonables las cuales alcancen a propiciar la mejor asistencia a la ciudadanía que las sustenta con el mayor ahorro de recursos para revertir a otras materias de desarrollo colectivo. Tomemos ejemplo de lo que se hace bien fuera. Si otros países con mayor disponibilidad de recursos y mayor población funcionan con la mitad de ayuntamientos, el reducir su número sería una solución de eficacia. Si las comunidades autónomas tienen capacidad para prestar todos los servicios, mantener las diputaciones supone un despilfarro más que afrentante. Si disponemos de una cámara legislativa, mantener otra paralela como viene a ser el Senado es señal de otro despilfarro innecesario. Si hemos de reducir la sanidad o la educación, mejor será eliminar las televisiones autonómicas. Si disponemos de un servicio público de transporte eficaz y además la mayoría de ciudadanos su propio vehículo, mantener éste en el garaje y utilizar un costoso y desmesurado parque móvil oficial supone un derroche cuyos recursos podrían emplearse para la atención social a discapacitados y dependientes. Eso simplemente por poner algunos ejemplos, podríamos continuar porque existe mucha más materia para ello.

Frente a la demagogia irrealizable y fracasada de postulados extremos y del denostado panorama neoliberal que denunciamos, el futuro debe concurrir en la búsqueda del equilibrio propugnado sobre los parámetros de libertad e igualdad que junto a los de eficiencia y equidad constituyen las partes fundamentales del objetivo consustancial a la socialdemocracia al que no podemos ni debemos renunciar, más  bien habremos de recuperar de forma urgente. En consecuencia, buscando la igualdad social entre sus miembros -mujeres y hombres-, pilares básicos y consustanciales a toda sociedad que aspire al progreso, la libertad y la democracia, mayor será el respeto a la diversidad personal y colectiva y, consecuentemente más posibilidades tendremos de prosperar en el tiempo de manera justa y sostenible.

Julián Sánchez

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