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EL OBSERVATORIO DEL TEJO. JULIÁN SÁNCHEZ

Cuando leí unas declaraciones hechas a Europa Press efectuadas por el líder de “Podemos” Pablo Iglesias mediante las que comentaba con una sinceridad encomiable su intención “No me imagino como concejal o alcalde, no tengo formación, pero es una cosa que tendrá que discutir la gente», se me cayeron los palos del sombrajo, pues una persona que se presenta como solución al problema social actual de España debe estar dispuesto a responder ante la situación que se le presente y garantizar la viabilidad de poder llevar con las mayores garantías a cabo el programa establecido al efecto.

No está en estos momentos el horno para muchos bollos, ni siquiera para establecer hoy la conveniencia o no de la controversia monarquía-república y hago éste comentario desde mi óptica particular de republicano convencido por mí mismo y por ascendencia familiar porque, lo cierto viene a ser que, demagogias aparte, en estos momentos nuestro país, querámoslo o no, está viviendo un auténtico cambio de régimen y necesita muchas energías para sacar adelante un proyecto de regeneración democrática que no admite la mínima demora.

El bipartidismo está finiquitado aparentemente, pero el país necesita el esfuerzo de todos para lograr la regeneración de la democracia tras el escarnio a que ha sido sometida en los últimos veinte años por parte de unos políticos más dispuestos a prodigarse en un nivel de vida profuso en despilfarros y desatinos presupuestarios que a propiciar la consolidación democrática y el avance de la ciudadanía hacia un estatus de progreso.

Los avances sociales propugnados por el denominado Estado de Bienestar que se extendió por la Europa de los ochenta impulsado básicamente por la política socialdemócrata del sueco Oloff Palme y continuado mediante la acción del alemán Willy Brand, cuyo testigo recogieron otros líderes europeos como fueron el propio Felipe González y el británico Toni Blair, ha quedado reducido, al menos en nuestro país, a un simple trámite sin garantías de viabilidad futura, como consecuencia de una degradación paulatina propiciada por la acción (o inacción, según se mire) política la cual ha abandonado los principios básicos de un sistema que en su día propugnó Eduard Bernstein al propugnar una revisión y corrección del pensamiento clásico marxista. Bernstein defendió al efecto la idea de que “los socialistas han de ser el partido del proletariado pero no la dictadura del proletariado. No es precisa una revolución violenta para llegar al socialismo, sino una evolución por medio del sindicalismo y la acción política pacífica”.

De este modo, la socialdemocracia se propugna como motor efectivo del Estado de Bienestar proponiéndose como concepto general, de acuerdo al cual “los miembros de una sociedad tienen la expectativa legítima de que la sociedad, el gobierno o el estado los apoye, ya sea en general o en momentos de necesidad, o la expectativa real de que ellos se beneficiaran de los esfuerzos comunes y del progreso social”. Sobre la base de esta visión general, tal expectativa es considerada bien un derecho de los ciudadanos o bien una obligación u objetivo social.

Mediante éste formulismo, la Europa de los ochenta llegó a experimentar el mayor avance económico-social cursado en nuestro continente en los últimos cien años. Los parámetros básicos del modelo fueron la eficiencia y la equidad. Mediante la eficiencia el modelo proveía los efectivos necesarios para elevar las tasas de actividad laboral consiguiendo que un número cada vez mayor de personas accediesen a un trabajo digno y consolidado y, mediante la aplicación complementaria de la equidad se conseguía mantener el nivel de pobreza en unos números extraordinariamente bajos.

Todo éste avance llegó a poner en evidencia el tradicional modelo marxista de economía de control total de los medios de producción, así como propiciar el abandono del sistema el cual, una vez derribado el muro que llegaba a contener la visión del autodenominado “paraíso social” dejó a las claras un régimen que, aparte de sofocar las libertades más básicas, había llevado a la más exhaustiva ruina a los países sometidos al control doctrinal durante decenios, alguno de los cuales todavía está anclado en un nivel de pobreza próximo al más famélico tercer mundo.

La socialdemocracia en Europa ha sufrido un fuerte vilipendio al abandonar sus principales líneas de actuación, al haberse dejado llevar por las veleidades de un liberalismo el cual vino a volcar sus iniciativas en la acción del individualismo en prevalencia sobre las necesidades del conjunto. En consecuencia, el derroche de recursos dedicado más a las apariencias que al verdadero retroalimento de la evolución social, llevó al sistema a una crisis la cual vino a poner en entredicho la viabilidad del tan costosamente logrado Estado de Bienestar y, lo que fue todavía peor, la enorme sangría social que el deterioro del anterior sistema vino a propiciar.

En nuestro país, el abandono de las políticas sociales y el alejamiento de la ciudadanía que los partidos políticos tradicionales llevaron a cabo durante los últimos tiempos, circunstancias éstas que fueron aderezadas bajo un sistema democrático el cual, aparte del deterioro social tampoco avanzaba en la total consolidación de las libertades públicas. El estado quedó encorsetado y controlado en sus tres  vertientes  básicas (ejecutiva, legislativa y judicial)  propiciando al efecto un sistema económico asentado sobre el aire de una enorme burbuja que acabó por explotar. En consecuencia la ciudadanía iba experimentando un más que progresivo deterioro en su particular y general modo de vida, asistiendo atónita e impotente a los desagradables y continuos espectáculos de corrupción que desde las propias instituciones se propiciaba un día sí y otro también, no quedando extinta de contaminación ni la propia Jefatura del Estado. En consecuencia el sistema no ofrece ya otra salida, debe regenerarse o morir y en ello debemos estar, o somos capaces de afrontar la catarsis o nuestro futuro deviene mucho más que incierto.

La socialdemocracia no ha fracasado, ha sido aparcada en un desván y cubierta de polvo por algunos que pronunciándose en su nombre han participado en la liquidación del Estado de bienestar, que era su principal conquista y su gran seña de identidad. Esa actuación ha propiciado el desarraigo de muchos ciudadanos que pasan de la política absteniéndose, limitándose a protestar o votando por  nuevos mesías salvadores, eligiéndoles como forma de preferencia de algo sustancial en lugar de una hipócrita copia, no han encontrado realmente otra alternativa. Otros han decidido votar a la extrema derecha, que asciende espectacularmente en todas partes, o en menor grado, optar por la izquierda de la izquierda que encarna hoy el único discurso supuestamente progresista audible, aunque las propuestas sean tan irrealizables como constatablemente fracasadas.

(Concluirá la próxima semana)               JULIÁN SÁNCHEZ

 

 

               

 

 

 

 

 

 

 

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