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Requena (15/03/19). Los combativos requenenses. Víctor Manuel Galán Tendero.

En el siglo XV, como en otros muchos siglos, no se abogó por los derechos de las mujeres, pero fue un tiempo de destacadas féminas, como la emblemática Juana de Arco, la Doncella de Orleans que murió quemada en 1430 acusada de herejía por los enemigos de Carlos VII de Francia. En Castilla, más cerca de nosotros, la enérgica doña Isabel ejerció la autoridad real con fuerza. Contó en su círculo con la latinista Beatriz Galindo, claro ejemplo de la inquieta España de la Celestina, de encumbradas Melibeas y Areúsas amancebadas. De los bríos de aquellas mujeres dio cumplido ejemplo María López de Mendoza y Pacheco, la leona castellana, esposa del comunero Juan de Padilla, que defendió el soberbio Toledo frente a las fuerzas de Carlos V hasta febrero de 1522.

Sin sus buenas mujeres, los castellanos no hubieran sido campeadores. No se limitaron a aguardar la espera de sus maridos y señores de lejanas guerras, sino que los acompañaron en sus andanzas. Se reconoció en fueros como el de Córdoba que podían ejercer en ausencia de sus esposos importantes obligaciones vecinales. Las mujeres de los otros reinos hispanos no se quedaron atrás y las ilicitanas defendieron con bravura su localidad frente a las fuerzas del visir granadino Ridwan en 1332, como dignisimas sucesoras de la reina Toda de Pamplona y de Berenguela de Barcelona, esposa de Alfonso VII de León y Castilla, capaz de avergonzar a los almorávides desde su torre toledana.

 Las requenenses tampoco se quedaron atrás y en los combates que libraron acerca de señorío de los Mendoza sobre nuestra entonces villa (1466-69) también participaron con apasionamiento. El hijo de Ruy Díaz de Mendoza, don Álvaro (impropiamente llamada conde de Castrogeriz), contó con las simpatías de algunas de sus ricas hembras, según se reconoció paladinamente en la reconciliación real de 1480. No en vano, el arte del Renacimiento se complació  representar a la aguerrida Judith, la heroína de Betulia. Miguel Sánchez de Adobes tuvo que contar con su esposa, cuyo nombre nos hurta la documentación, para sumarse con garantías de éxito al partido mendocino, gracias a sus bienes y amistades. Isabel Sánchez influyó en la conducta de su marido Juan de Adobes y de su hijo Francisco y de sus hijas María y Juana, tan activas como aquélla en los combates locales. Eloísa Sánchez también se condujo como una destacada matriarca, compañera de fatigas de su esposo Gonzalo de la Rica y con predicamento sobre sus hijos Juan y Pedro. Violante Zapata, de conspicuo linaje local de la caballería de la nómina, ejerció idéntico papel con su marido Lope Ruiz y sus hijos Alfonso y  Cristóbal. Otra Zapata, doña Juana, sostuvo a su esposo Pedro Muñoz y a su hijo Alfonso. A la muerte de Pedro de Adobes, su viuda María Marqués prosiguió en la brecha, con las energías de otra leona castellana.

Sin ellas, las alianzas de linajes no hubieran sido igual de sólidas. Aportaron mucho más que bienes y relaciones familiares, al depositar en el fiel de la balanza su carácter y habilidad, bien capaces de poner en jaque a sus adversarios como la valerosa Aisha al-Hurra, madre del desdichado Boabdil. Don Fernando de Aragón no fue el único afortunado que tuvo a su doña Isabel al lado. El Tanto monta también pudo ser el lema de aquellas parejas requenenses, sin el craso error de la invisibilidad femenina, estúpida forma de discriminación de parte de nosotros mismos.

ARCHIVO GENERAL DE SIMANCAS.

Cancillería. Registro del Sello de Corte. Legajos 147603 (98), 147708 (432-1), 148005 (109), 148012 (200 y 232) y 148410 (3).

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