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Los Combativos Requenenses. // Víctor Manuel Galán Tendero.

Requena (15/10/18)

Un doce de octubre de 1492 el almirante de la mar océana Cristóbal Colón creyó llegar al Extremo Oriente, a las Indias del gran kan. En su expedición le acompañaron intérpretes del árabe, la lingua franca del comercio asiático. Sin embargo, el nuevo Marco Polo se encontró finalmente con un mundo completamente distinto, y pronto los castellanos que emprendieron la travesía atlántica pusieron en práctica sus propios planes. Se desbordaron por el continente americano, y dieron el salto desde las islas caribeñas al continente. Las sociedades amerindias fueron severamente trastocadas, y un nuevo modelo de vida se impuso en América.

Los reyes no desearon que se formara nada parecido a un grupo disidente o una nobleza indiana en ultramar, y controló a través de la Casa de la Contratación de Sevilla el paso de personas a las Américas. No se permitió pasar a todos los súbditos del rey. Gracias a sus registros conocemos la importancia de los naturales de las tierras recorridas por la Ruta de la Plata en la empresa indiana, especialmente del reino de Sevilla y de Extremadura. Los procedentes del Este de la Corona de Castilla, como los conquenses, quedaron en una posición mucho más discreta.

Entre los nacidos en Cuenca se encontró Juan Pardo, el capitán que en 1567 se adentró por tierras del actual Estado de Carolina del Norte, donde fundó otra Cuenca, de efímera vida ahora recordada por los arqueólogos. De momento, no conocemos ningún requenense que participara en una expedición semejante. El apellido Requena no constituye en este caso una prueba de su origen, pues hombres de Medellín u otras localidades lo llevaron. Comenzamos a tener noticia segura de naturales de nuestra villa desde fines del siglo XVI, cuando el gobierno de Felipe II ya había reordenado intensamente las Indias. El poder de los encomenderos había sido restringido, se impusieron los repartimientos de los supervivientes amerindios en tareas mineras y agrícolas, despuntó una generación de españoles nacidos en América (a veces de orígenes mestizos), la red comercial se extendió, los letrados reales se hicieron visibles, la expansión misional se alentó y las conquistas territoriales marcaron un ritmo más lento más allá de los grandes emporios mineros. La aventura indiana comenzaba a hacerse más rutinaria a despecho de las distancias y de los ataques corsarios de los enemigos de España.

Juan Cárcel marchó con posterioridad a 1550 a Nueva Granada, más tarde parte convertida en Colombia. No se trataba entonces del principal núcleo del imperio hispano en América, pero era un lugar lleno de oportunidades, con condiciones ecológicas de altitud en el interior familiares para los peninsulares. Contrajo matrimonio con una española, Catalina Pérez, quizá en la propia Península. De su vida sentimental nada sabemos más, pero lo cierto es que tuvo un hijo que también llevó el nombre de Juan, al que al menos dejó su espíritu inquieto. Con treinta y cuatro años, Juan ya no era un mozo precisamente para su tiempo, pero optó por emprender el viaje indiano en un momento en el que la economía castellana daba muestras de agotamiento por la severa presión fiscal impuesta por la monarquía. En 1592 acompañaría a Andrés Rubio (un conquense de Villamayor de Santiago) como criado al opulento Perú, el de las minas de Potosí del Alto Perú. Los lazos geográficos volvían a ser importantes en el pasaje a Indias. Juan obtuvo permiso para permanecer allí solo tres años. De si hizo caso de la proscripción oficial, no sabemos gran cosa por desgracia. Casos como el suyo y el de su padre demuestran que la emigración a Indias no fue a nivel general la sangría para la población española que algunos autores supusieron. Su impacto sería más matizado y circunscrito geográficamente. Al cabo de los años, las tierras de los expulsados moriscos valencianos atraerían más a los requenenses que las Indias por razones obvias de proximidad y de medios.

La función pública llevó a algún requenense a tierras americanas. Los reyes gustaron de servidores peninsulares allí, al desconfiar de los criollos, germen de futuros enfrentamientos y de la Emancipación misma. Con una alcaldía del crimen de la audiencia de Lima, la principal autoridad del virreinato del Perú junto a la del mismo virrey, se le agració a Juan de la Celda. No marchó a su destino solo, sino acompañado de Catalina de la Celda (su hermana), Pedro Ferrer Domingo, Andrés Ramírez, Francisco de Cabriada y Juana Martínez de Espejo. Todos requenenses, formaban un sólido grupo familiar y de amistades, capaz de sobrevivir y de medrar en Indias.

De todos modos, el requenense que mayor fortuna alcanzó en el imperio indiano fue Bartolomé Antonio José Ortiz de Cazqueta, de una familia hidalga relegada por otras en la hegemonía local. No tuvo nuestro hombre buena fama en Requena: nadie es profeta en su tierra. Sin embargo, supo jugar sus cartas y en el último tercio del siglo XVII llegó a la Puebla de los Ángeles, la poderosa ciudad enriquecida con la administración del azogue minero emplazada entre la portuaria Veracruz y el México gobernante. A diferencia de Juan de la Celda marchó solo y sin grandes destinos. Su hermano Juan permaneció en Requena discretamente. Contrajo matrimonio con Ana Rivera de Vasconcelos, una rica criolla hija de la oligarquía poblana que le dispensó fortuna, reconocimiento e hijos como José Antonio, venido al mundo en 1685. Empleó su riqueza en promocionar su persona, y de Carlos II obtuvo el título de marqués de Altamira de Puebla a cambio de dinero. Con los años su fortuna se eclipsaría, pero nunca dejaría de representar a su modo a todos aquellos requenenses que combatieron en Indias por labrarse una vida mejor a despecho de muchas cosas.

ARCHIVO GENERAL DE INDIAS.

Casa de la Contratación, 5235 (N. 2, R. 42) y 5350 (N. 1).

Audiencia de México, 202, N. 37.

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