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LOS COMBATIVOS REQUENENSES / Víctor Manuel Galán Tendero.

La figura del bandolero ha estado rodeada de una aureola popular frecuentemente, ya que según esta visión se trataba del hombre de bien que tenía que arrojarse al monte por cuestiones de honra y hacienda. Robaba a los ricos para repartirlo entre los pobres según una conocida formulación. Bandoleros de este género los hubo en diferentes épocas y países, interpretándolos el gran historiador Eric Hobsbawm en clave de rebeldía primitiva contra el poder establecido.

Sobre el bandolerismo se ha escrito mucho y bueno a lo largo de los últimos setenta años por parte de autores tan ilustres como Braudel o Reglà, que analizaron con agudeza las variedades del fenómeno en la cuenca mediterránea en el siglo XVI. Hoy en día vemos las cosas con menos idealismo y mayor conocimiento de la realidad histórica.

El bandolero era todo aquel que participaba en un bando o grupo de hombres armados al servicio de otro, como un poderoso local, o de ellos mismos. En su constitución los lazos familiares y de amistad desempeñaron un papel primordial en más de una ocasión. En el fondo el bandolerismo hispánico estuvo muy emparentado en la Baja Edad Media con el de los almogávares.

La contratación de sicarios, como los llamaríamos hoy en día, fue un uso habitual en las villas y ciudades en conflicto de distintos puntos de Europa. En la Corona de Aragón adquirieron notable protagonismo hasta bien entrado el siglo XVI las comitivas armadas en localidades como Tortosa, aunque también en Castilla se padeció tal violencia a la muerte de Isabel la Católica.

En la Requena de la segunda mitad del Quinientos las familias más poderosas recurrieron a sus servidores para dirimir conflictos por las bravas, sin recurrir generalmente a las habilidades de forasteros.

Los valencianos tenían una acrisolada fama de bandoleros por muchos y variados motivos. En 1488 desataron las iras de los Reyes Católicos, muy ocupados en la guerra de Granada, por su forma violenta de resolver sus problemas, orillando la justicia real. No sólo los caballeros siguieron bandos, sino también los menos encumbrados.

Como es de sobra conocido Requena se enclavaba en los lindes de Castilla con Valencia, en una vía de comunicación esencial entre la Meseta y el Mediterráneo. Frontera y lugar de tránsito a la par, Requena atrajo a los bandoleros.

El 28 de agosto de 1608, en vísperas de la expulsión morisca y en medio ya de importantes dificultades económicas, el ayuntamiento se hizo eco del problema. En los días pasados ladrones y bandoleros del reino de Valencia habían entrado en el término de la villa.

Su propósito no era otro que el de robar a los pasajeros y viajeros, aprovechándose de la cercanía del reino valenciano para burlar a la justicia ordinaria castellana, algo muy propio de otras zonas europeas como la frontera entre los Estados Pontificios y el reino de Nápoles.

Los salteadores eran numerosos y estaban bien armados con tres escopetas cada uno. Para batirlos el concejo de Requena, encargado de la seguridad territorial, necesitaba importantes recursos. Sus ingresos, los de los propios, se encontraban seriamente comprometidos y no tuvieron más remedio que solicitar al rey disponer de éstos con más holgura, siempre y cuando la justicia no impusiera otras urgencias a partir de noviembre.

El bandolerismo, en el fondo, fue el espejo en el que se miró una sociedad atormentada por los problemas, la del siglo XVII, con sus haciendas exhaustas y sus inadaptados sociales.

Fuentes.

                ARCHIVO MUNICIPAL DE REQUENA, Libro de actas municipales de 1608-15, nº. 3267.

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