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EL OBSERVATORIO DEL TEJO/JULIÁN SÁNCHEZ

Un buen amigo, y riguroso seguidor de mis comentarios en esta página, me hizo la sugerencia de que si tendría inconveniente en explicar públicamente el periplo experimentado por el sonoro proyecto denominado “Requena Pueblo de Libros”, enunciado que trato un poco de pasada en mi artículo anterior, y que tanta transcendencia aparentó advertir en su día, pero que, al final, y sin comprender como, quedó disuelto en los anales del tiempo, como un pequeño azucarillo en un enorme vaso de agua. Pues bien, voy a tratar de complacer a mi amigo, al tiempo que componer memoria de una historia de la que fui testigo privilegiado, tanto como que al final quedé incorporado a ella pese a haberme pronunciado siempre de forma muy escéptica sobre su efectiva llevada a término. El proyecto mentado, tuvo su origen en la imaginativa y brillante mente de un político de época como realmente fue el inconmensurable Manuel Tarancón Fandós.

Corría el comienzo del año 1999, próximas las elecciones autonómicas y locales (otra vez las puñeteras elecciones) y, tras la pomposa presentación del suntuoso proyecto del Parque Logístico de El Rebollar, objeto de mi anterior artículo, y en una visita a nuestro Ayuntamiento, Manolo Tarancón, en aquel momento Presidente de la Excma. Diputación Provincial de Valencia, trajo bajo el brazo otro sonoro bosquejo que el mismo denominó como “Requena Pueblo de Libros”, que tras una breve exposición por su parte, quedó incorporado de plano al programa electoral del Partido Popular requenense. Como concejal de cultura en ejercicio de nuestro Ayuntamiento, solicité del bueno de Tarancón que me explicase las particularidades del proyecto, a lo que, un poco por encima, el político de Benisanó, me indicó que se trataba de la ubicación en el recinto histórico de la Villa de una serie independiente (10 o 12) de librerías que, a su juicio, darían un nuevo impulso al panorama turístico requenense, al tiempo que colocaría a la ciudad como referente cultural en nuestra comunidad.

Si no se profundiza mucho, la propuesta pudiera aparentar de un interés más que superlativo pero, si alguien con los mínimos conocimientos de maniobra empresarial se molestaba en analizar la propuesta, podría inmediatamente aducir incontables contradicciones que harían inviable la realización de tan sonoro y atractivo enunciado.

Mi primera objeción vino a ser la de encontrar de forma física a catorce atrevidos, más que atrevidos incautos, que tuviesen la osadía de ponerse a regir una librería cada uno de ellos en una ciudad de, por aquel entonces aproximada a los diecinueve mil habitantes, contando nuestras aldeas, pretendiendo mantenerlas de forma activa como negocios privados. Este venía a ser el primer y más importante cuestionamiento que saltaba a simple vista.

No obstante volví a preguntar sobre la variedad de propuestas que presuntamente habría de incorporar al proyecto en general, pues podría presumirse deberían de constituirse como anexos de orden cultural y social, a efectos de otorgar contextura a algo más sustancial que el establecimiento de unos simples comercios, pero nada había incorporado al respecto. Vino a ser entonces cuando caí en la cuenta de que el bien promocionado evento de futuro, no alcanzaba a denotar, supuestamente, más que un muy bien pensado reclamo electoral, simplemente porque quienes aparentemente deberían llevarlo a cabo no abrigaban ni la menor idea de las particularidades del armonioso y bien promocionado propósito.

Conocí a Manolo Tarancón en sus tiempos de Teniente de Alcalde con Rita Barberá, pero ya había estuve al tanto de cosas de él en tiempos de la transición democrática, cuando Tarancón militaba en las nacientes filas de Unión de Centro Democrático (UCD). Era un político inteligente y honrado, un liberal genuino que creía en los valores de libertad y democracia como base de la relación humana. Era fácil, debido a su excelente talante, entablar amistad con él. Recuerdo que cuando comenzamos a emprender confianza me insinuaba que habría de ser de su complacencia que me decidiese a formar parte como militante del Partido Popular, y yo siempre le contestaba lo mismo: “Manolo, que un socialdemócrata en ese partido sería como casar una piedra con un destornillador…”, y la cosa acababa siempre en risas.

Pues bien, un día que Manolo Tarancón visitó el Ayuntamiento de Requena en calidad de Conseller de Educación, alguien afín a su cuerda le dijo, estando yo presente, que yo no creía para nada en el proyecto “Pueblo de Libros” y que hacía de ello manifiesto público. Tarancón me miró sonriente y me dijo que si ello era cierto. Al contestarle que sí, sin perder la sonrisa zanjó la cuestión apostillando lo siguiente: “Eso era una ensoñación” y aquí quedó dirimido el argumento.

Pero, lo más significativo del periplo vino a ser el gran calado que el enunciado vino a tener, ya no en nuestra comarca, sino en toda la Comunidad Valenciana, habida cuenta que “Requena Pueblo de Libros” llegó a insertarse documentalmente en las páginas del DOGV, mediante la publicación de ayudas y subvenciones a libreros e interesados en emprender bajo lo previsto en el proyecto en cuestión, así como la habilitación de fondos para la adquisición de locales que habrían de facilitar dichas incorporaciones, circunstancia ésta que, me llegaba directamente hasta mi puesto de trabajo, habida cuenta que, como Director en funciones del PROP, era yo el responsable de informar y tramitar las oportunas solicitudes.

Como profesional, siempre he huido de mezclar cuestiones particulares o políticas con mis obligaciones funcionariales por lo que, en consecuencia, lo que venía a hacer en casos como éstos, era limitarme a exponer los condicionamientos legales establecidos y facilitar la oportuna información y documentación anexa a la normativa a la persona interesada y tramitar, si hubiese lugar, los oportunos expedientes. Subsiguientemente, cuando el interesado/a en cuestión me solicitaba informes bajo la pretensión de llegar más allá de lo establecido en el boletín oficial en cuestión, solía enviarle al concejal de cultura del Ayuntamiento en ejercicio, a efectos de que fuese él quien le informase de los pormenores internos de un proyecto el cual, a mi juicio, no llegaron nunca a conocer integralmente  y, por lo tanto, a poder asumir.

Y es que el proyecto era realmente una “ensoñación”, una fantasía nacida en la maravillosa mente de un soñador de libertades y bondades, un hombre que pasó por la política dejando amigos y del que nunca nadie tuvo que mentar nada comprometido. Manolo Tarancón echó una buena mano a su partido en las elecciones municipales de 1999 llevado de su maravillosa visión de lo ideal. Para nada el brillante político de Benisanó pretendió engañar a nadie mediante la elucubración de su propuesta, únicamente elaboró una idea que técnicamente debió ser desarrollada, pero que nunca pasó de las páginas de un diario oficial. No fue su culpa, el inventor de la máquina precisaba de mecánicos, pero éstos nunca llegaron a hacer acto de presencia.                                                                 Julián Sánchez

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