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EL OBSERVATORIO DEL TEJO. JULIÁN SÁNCHEZ

El pasado jueves hubo un cierto cambio de pareceres en los debates propios de la tertulia semanal de Radio Requena entre mi compañero y buen amigo Elías Ramírez y yo mismo, comentando la aparición de “Podemos” en el panorama político nacional y su sorprendente, o no tan asombroso, resultado en las últimas elecciones europeas. A mi comentario también contestó una buena amiga por Faceboock haciendo acotaciones favorables al programa electoral de la formación que lidera Pablo Iglesias que yo, como no podía ser de otra forma respeto, pero que en parte no comparto.

Digo en parte como consecuencia de que hay puntos con los que me puedo sentir  plenamente identificado, pero existen unos “agujeros” los cuales devienen de una obscuridad verdaderamente notoria.

Para mí el programa electoral de “Podemos” asemeja a una alcachofa (con perdón) recién salida del horno, a la cual hay que liberar de las negras y duras hojas antepuestas genuinas a su parte demagógica y utópica, dejando en consecuencia libre la parte comestible que es el cogollo. Dicho de otra forma, a mi me encanta el pimpollo regeneracionista que encierra la yema del programa, pero su parte económica se me antoja incomestible como consecuencia de que su llevada a cabo requeriría la puesta encima de la mesa estatal de un montante de doscientos cincuenta mil millones de euros anuales, solamente para comenzar a aplicarla (¿), cantidad ésta que cuando se les requiere no explican de donde va a salir, simplemente porque lo que no es verosímil no tiene explicación.

“Podemos” no ha emergido en nuestro panorama político como un capricho por parte de sus fundadores. Podemos ha sido llevada a la palestra a consecuencia de la deriva de una casta política la cual ha llevado a nuestra sociedad hacia una situación socialmente insostenible e incierta y, en consecuencia, la sociedad ha reaccionado, sus resultados ya se verán.

Cuando las principales plazas de nuestras primordiales ciudades se llenaban de gente mostrando su indignación demandando cambios radicales en la vida política del país, gente no partidista y de toda condición social, gente que se estaba negando a seguir actuando de comparsas ante la estructura clientelar instaurada en el espectro político español, las reacciones del consorcio político español de casta y de sus voceros vino a ser de un marcado menosprecio no vacío de apelativos: “Perroflautas”, “yayoflautas” “hippies”, “colgados”… y algún que otro etc.

Tampoco faltaron a la cita los conmilitones de la izquierda oficial más extrema, los cuales se afanaron en disimular su acomodada permanencia en el establishment político ejerciente sumándose sin pudor a las demandas de los soliviantados ciudadanos. Como para hacérselo mirar. Ahora tras los resultados electorales experimentados, hasta les tienden la mano a fin de acaparar los gramos de poder que puedan aportarles a sus genuinas perspectivas.

“Podemos” se ha convertido en el aldabonazo que nuestra política precisaba para despertarla de su actual dormida en brazos de los privilegios, la corrupción y la mediocridad. Era necesaria una sacudida similar a efectos de estimular el ánimo social y ésta se ha producido, pero cuidado, no salgamos de Guatemala para meternos en Guatepeor. No aboguemos por aventuras ni cambios catastróficos porque realmente estas aventuras únicamente pueden ser factibles para mesiánicos o psicópatas, el futuro se ha de ganar sin necesidad de arrasar con lo mejor de nuestro pasado. La demagogia y el separatismo no van a servir para otra cosa sino para disgregar, enfrentar, atrasar y perjudicar, no únicamente a los españoles en general, sino también a sus propugnadores en particular, socavando además el prestigio y la credibilidad de nuestro país a nivel mundial.

Si con algo me quedo del programa de “Podemos” viene a ser con su manifiesta intención regeneracionista. La exigencia de afrontar la limitación de los mandatos políticos excluyendo la permanencia más de ocho años. La liberación de las listas electorales, la racionalización de la “maraña” pública con límites estrictos al número de puestos y remuneraciones, no únicamente en las AA.PP. si no también en los organismos y empresas públicas. La reducción al mínimo razonable de sueldos y aditamentos extrasalariales a cargos públicos y su sumisión a los preceptos de igualdad, mérito, capacidad y publicidad.

Yo añadiría además la exigencia expresa de la eliminación de las denominadas “carreras políticas”, donde únicamente ha primado la fidelidad a la causa, sin aparentar no importar ser capaz, mediocre o ignorante, habida cuenta que sus consecuencias nos han llevado a que actualmente estemos gobernados por un conglomerado de mediocridades incapaces de tomar decisiones o de llegar a necesarios acuerdos que no sirvan otra cosa que profundizar en las intrigas partidistas gracias a las cuales llegaron a alcanzar su estatus, así como a dictar normas que favorezcan sus espurios intereses interfiriendo dañinamente sobre las iniciativas empresariales generadoras de riqueza, progreso y bienestar social.

Cuidado con el populismo, la xenofobia o los intentos de aislacionismo, no vayamos a experimentar un retroceso que nos lleve a épocas pretéritas cuya repetición devendría desastrosa. Menos banderas y más igualdad que no está la cosa para experimentos ni para visiones retrospectivas, que lo que un día sucedió viene a ser la prueba más tangible de que en cualquier momento puede volver a suceder.

Se quiera o no estamos en momentos de transición. En 1958 Charles de Gaulle procedió a someter a la nación francesa en referéndum un proyecto constitucional que vino a sustituir la vigencia del régimen de 1946 dando origen a la Quinta República. La intención era el reforzamiento del poder presidencial. Actualmente en España se hace preciso un consenso político al máximo nivel que redefina nuestra relación futura y democrática de manera definitiva, no podemos continuar indefinidamente con enfrentamientos e indefiniciones que penalicen la convivencia, retarden la economía y descrediten nuestro prestigio y seriedad internacionales.

No existe más demora si no bajarse de los privilegios y afrontar el futuro con decisión, generosidad y empatía, tal y como se efectuó en el 78 y hemos de hacerlo no por nosotros mismos, hemos de hacerlo para quienes tienen derecho a disfrutar de un futuro que nuestra impericia o mala fe no haya destrozado previamente. Las nuevas generaciones demandan estos acuerdos, las mismas que un día nos agradecerán o, también demandarán su efectivo nivel de cumplimiento o inobservancia.

Julián Sánchez

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