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EL OBSERVATORIO DEL TEJO / JULIÁN SÁNCHEZ

Seguramente llevados los dirigentes de Podemos a la intención de presentación del modelo de estado que preconizan para nuestro país, y considerando que el referente venezolano no pueda ofrecer demasiadas adhesiones en la inmensa lista de votantes que podrían declinar definitivamente la balanza del poder a una u otra formación, el astuto Pablo Iglesias y su genuino pináculo pensante, decidieron proponer otro proyecto de modelo gubernamental, mucho más acorde a los anhelos propios de la clientela sufragista. En consecuencia, resolvieron acudir a asumir como propios los desarrollos de un estado más acorde a las apetencias de una sociedad como la nuestra, necesitada con urgencia de unas perspectivas más acorde con un futuro mejor estructurado y esperanzador que el que actualmente estamos experimentando en este país llamado España.

El elegido fue Dinamarca. Desconozco si algún miembro de la cúpula responsable de la elección alcanzaría a conocer en profundidad la realidad del estado nórdico, pero lo que sí creo encontrarme en condiciones de asegurar en estos momentos, es la afirmación de que todo parecido al contexto de estado que denota Dinamarca, con la propuesta de conformación socioeconómica de país que propugna Iglesia, es lo más parecido a un vaso de leche con un trozo de carbón, y me explico.

Comenzando por el modelo de estado al que se aspira, hay que recordar que la propuesta que Podemos defiende, en concordancia con gran parte de la izquierda actual, es la abolición de la monarquía parlamentaria como régimen de gobierno en nuestro país y su sustitución por una república popular. Pues bien Dinamarca, cuyo nombre oficial es Reino de Dinamarca, se constituye en calidad de una monarquía constitucional desde 1849 y a partir de 1901 quedó definitivamente constituida como democracia parlamentaria.  El monarca, en el caso actual la Reina Margarita II (desde enero de 1972); es la jefe de estado y, en teoría, asume todos los poderes ejecutivos, aunque en realidad, delegue en el primer ministro, quien ejerce en su nombre los poderes ejecutivos del estado.

Podemos propugna igualmente el estado laico, o inclusive ateo, mostrándose plenamente contrario a la aconfesionalidad que la Constitución de 1978 reconoce para nuestro país. Otra incongruencia más, habida cuenta de que Dinamarca es un estado confesional cuya religión oficial es el cristianismo de tipo protestante-luterano y su máxima figura eclesial la asume la propia Jefatura del Estado.

La organización de la Iglesia del Pueblo Danés (nombre oficial de la iglesia en Dinamarca), se constituye por diócesis. En todo el estado se integran un total de doce diócesis. Cada diócesis engloba a un cierto número de parroquias. Cada parroquia elige a su pastor y suele contar con un representante de los partidos más importantes e influyentes de la zona (Venstre- Dinamarca, el Partido Socialdemócrata, el Partido Popular Danés o el Partido Popular Socialista suelen ser los principales) y un representante de la Misión Interna.  Existe plena libertad religiosa, pero el registro de partidas de nacimiento de cada recién nacido se guarda en la respectiva parroquia de la Iglesia del Pueblo Danés, cualquiera que sea la religión en que se bautice.

Según una encuesta realizada por el Ministerio de la Iglesia danés, el 1 de enero de 2013 un 79,1% de la población danesa es miembro de la Iglesia del Pueblo Danés.

En el orden económico, si efectuamos una comparativa en recursos naturales e infraestructuras, únicamente será necesario hacer mención a los disponibles en el estado danés, a efectos de proporcionarnos una idea general. Los recursos naturales de Dinamarca son limitados, el país posee suficientes reservas de petróleo y gas para asegurar su total independencia energética. Dinamarca es líder mundial en fabricación de aerogeneradores y exporta 85% de su producción. Los principales sectores de actividad son los productos químicos y farmacéuticos y la biotecnología. La industria emplea a cerca de 20% de la población activa y contribuye a 22,9% del PIB.

El mayor desarrollo de empleo y riqueza lo asume el sector servicios, con una aportación al PIB del 75%.

El sector de la agricultura únicamente representa 1,4% del PIB y emplea a 2,6% de la población, pero se da la circunstancia de que, debido su perfecta estructuración en referencia a sus infraestructuras agrarias, Dinamarca es un exportador importante de productos agrícolas. Una vez atendida la demanda interna, se exportan los dos tercios de la producción agrícola. La mayoría del territorio danés se destina a instalaciones agrarias y el país cuenta con más de 50.000 agricultores. Cerca de 90% de las rentas agrícolas del país provienen de la producción animal.

Dinamarca no ha introducido el euro como unidad monetaria, sigue utilizando a nivel general la corona danesa, aunque en muchos negocios y por motivos de funcionalidad y operatividad, las empresas danesas empleen en gran medida el euro como moneda de facturación.

El estado danés asume uno de los mayores niveles salariales del mundo, y pese a ello es uno de los lugares favoritos del inversor internacional para ubicar sus actividades, como consecuencia de contar con una economía competitiva, no subsidiada (registra un índice del desempleo entre el 3’5 y el 4%), los gastos salariales totales son más reducidos que en la mayoría de los países europeos, y el impuesto de sociedades, situado en el 28%, es bajo dentro del contexto internacional. Establézcase paralelismo con las propuestas programáticas de la mayoría de los partidos políticos españoles.

En referencia a los servicios públicos, Dinamarca ha abogado sistemáticamente por la gestión privada de hospitales públicos, procedimiento diametralmente opuesto a la filosofía de Podemos. Además, la transparencia es parte fundamental del sistema, el desempeño de todas las escuelas y hospitales es medido con detalle. Y como muestra de transparencia se facilita el acceso a toda la ciudadanía a los archivos oficiales.

Las relaciones laborales en Dinamarca se efectúan mediante un sistema denominado “flexiseguridad” que convierte en realmente sencillo a los empleadores el despedir a gente mediante una pequeña indemnización. Pero, como contrapartida, este mismo sistema provee de apoyo y cursos de reciclaje para los desempleados quienes en breve espacio de tiempo ostentan la posibilidad de asumir un nuevo puesto de trabajo.

Los salarios y condiciones laborales abominan del sistema verticalista vigente en los países periféricos, por ejemplo el modelo establecido en España, y los convenios colectivos se formalizan a nivel de base o, para que mejor se entienda en cada empresa en particular teniendo en cuenta en todo momento la productividad demostrada en la actividad de la propia empresa.

Para un danés, el concepto de salario mínimo establecido por el gobierno es una imposición inimaginable, como consecuencia de que tienen sumida la idea de que establecer salarios sin atender a su contrapartida en referencia a productividad es ir al suicidio económico irremisiblemente.

En lo referente a pensiones, en Dinamarca la solidaridad se mantiene en la base, pero el sistema se orienta hacia una mayor capacidad de libre elección por parte de las personas (sea directamente o sea a través de sus empresas), existiendo un sistema universal de prestaciones cubiertas por los Presupuestos del Estado, combinado con un régimen profesional obligatorio generalizado, pero al mismo tiempo de gestión privada basada en la capitalización, y con capacidad de elección entre el sistema público y el sistema privado, siendo los propios trabajadores los que eligen cuál es el sistema que les parece más adecuado. Para ejercer el derecho a percibir la parte correspondiente a la pensión pública, el solicitante debe de acreditar una totalidad de 40 años de residencia y cotización laboral y alcanzar la edad de 67 años. Tal y como podemos analizar, diametralmente opuesto a la propuesta preconizada por Podemos y la mayoría de partidos en España.

El particular modelo danés, en el que tiene cabida, tal y como antes comentamos, un mercado laboral flexible a la vez que una fina red de seguridad social, en caso de desempleo combinada con iniciativas destinadas a reemplear a los desocupados, sistema conocido  bajo la denominación de  «modelo flexicurity», y que en los últimos años ha sido objeto de considerable interés por parte de otros países.

Uno de los principales objetivos de la política laboral y educativa es asegurar que en el futuro Dinamarca también disponga de una mano de obra cualificada y suficiente que le permita conservar su posición entre los países más ricos del mundo. O sea, formar y enseñar a competir, en lugar de subsidiar para incentivar la ociosidad, propuestas muy habituales éstas propias de los países del sur.

Como consecuencia de su lógica de funcionamiento, no debe extrañar a nadie que Dinamarca, al igual que otros países europeos más avanzados como Finlandia, Inglaterra o Francia, están experimentando un aumento de la preferencia por las ideas conservadoras en el plano económico, cerrando las puertas a la cooperación, y poniendo en cuestión el principio de solidaridad financiera, como ya se está demostrando en el debate sobre el rescate de Portugal o la reestructuración de la ayuda financiera prestada a Grecia.

Consecuentemente habrá que considerar, en orden a la comparativa en cuestión, que la media de renta per cápita de los españoles en 2014 alcanzó un total de 22.800 euros, mientras que Dinamarca ostentó el doble, exactamente 45.500 euros.

Y es que, siguiendo la filosofía danesa, para incrementar salarios, por consiguiente, tenemos que aumentar la producción por trabajador; es decir, la productividad. No existe ninguna otra salida, todo lo demás es pura demagogia y suicidio económico. Creer que los salarios pueden incrementarse sostenidamente por decreto, equivale a creer que podemos producir abundantes bienes y servicios por decreto. Pero por mucho que impongamos desde el BOE que toque la lotería, la lotería no nos va a tocar. Para alcanzar un mejor nivel de vida, debemos inapelablemente  ser nosotros quienes elaboremos aquellos bienes y servicios con los que pretendamos un mejor nivel de vida, subsidiando al personal sin más, además de crear inercia improductiva, únicamente habremos de lograr un empobrecimiento indefinido y ninguna salida de futuro. Y no lo digo yo, lo dicen los propios daneses mediante sus políticas.

Si verdaderamente tanto Podemos, como cualquier otro partido político de nuestro entorno desea efectuar comparativas con algún otro modelo estatal del cual haya constatado su buen funcionamiento, que no se queden únicamente en la imagen, que se preocupen de indagar a fondo sus características. La lección principal debe ser aprender que todo esto no viene a constar solamente en su fundamentación como base ideológica, sino práctica. En estos países el Estado es popular no porque sea más o menos grande, sino porque funciona. Un danés paga impuestos más felizmente que un español, porque a cambio sus hijos van a escuelas decentes y el sistema sanitario gratuito es eficiente y no mira si se lleva a cabo de forma privada, siempre que sus derivadas lo sean de efecto público.  Es necesario eliminar la corrupción y  abandonar el viejo obsoleto discurso de la izquierda y la derecha, rojos y azules a efecto de asumir las buenas ideas que se encuentran a lo largo del espectro político y económico en el orden mundial. Que el ciudadano recobre la confianza en sus políticos es fundamental para alcanzar el buen funcionamiento social y económico en todo estado moderno y Dinamarca es un claro ejemplo de ello.

Y no lo digo yo, son los propios daneses con sus políticas y sus consecuencias los que lo hacen público y notorio. Sí, los daneses, esos daneses a quienes tanto aparenta admirar el propio Pablo Iglesias, pero que, si contemplamos la realidad socio-económica en su vertiente histórica y actual del país escandinavo, y las venimos a contrastar con la serie de propuestas que aparecen, y aparecerán, procedentes de los cambiantes “gurús” económicos de Podemos, y no únicamente de Podemos sino de la mayoría de las formaciones políticas españolas que ya están compitiendo con intención de alcanzar un poder que ya no admite más dilación en orden a ofrecer garantías de futuro a toda España, si no les gusta la ocurrente comparativa de la “leche y el carbón” del principio, podremos recurrir a la más clásica del “huevo y la castaña”, porque, a todos los efectos, la semejanza viene a ser la misma; ni por donde cogerla.

Julián Sánchez

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