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Cuaderno de Campo. La Naturaleza en la Meseta de Requena-Utiel

Javier Armero Iranzo   //   11 de enero de 2020

Rambla Albosa a su paso por Venta del Moro

Cuarto y penúltimo capítulo de la serie dedicada a las tierras que conforman la recién creada Reserva de la Biosfera del Valle del Cabriel. En este caso es la rambla Albosa su protagonista; uno de los espacios naturales más importantes de la Meseta de Requena-Utiel tanto por su notable extensión como por los valores geológicos y biológicos que aporta.

La rambla Albosa tiene una longitud total de algo más de 32 kilómetros desde su nacimiento en las inmediaciones de las Casas de Gil Marzo, a escasa distancia de la población de Jaraguas (Venta del Moro), hasta su desembocadura en el río Cabriel junto al caserío de Caballero (Requena) en plena sierra de La Monterilla.

Traza una dirección más o menos continua noroeste-sudeste y recoge las aguas de una cuenca hidrográfica bien delimitada entre la sierra de La Ceja al norte, que la separa del río Magro; las lomas de Campo Arcís y la sierra del Asno, al este y sureste; y la Derrubiada, por su parte oeste y suroeste. De esa red hidrográfica se dejará para el siguiente ensayo las ramblas de La Alcantarilla y Los Morenos que acabarán conformando el sector más oriental de la cuenca de la Albosa.

Pasear por sus riberas, beber de sus fuentes y empaparse de un paisaje ciertamente agradable conforman los mejores reclamos para cualquier visitante. Si, además, a eso le añadimos una pausada observación que trate de comprender los distintos procesos naturales de su historia evolutiva el atractivo aún será mayor y dotado de la mejor recompensa. Y en ese sentido se ofrecen algunas sugerencias en el presente escrito que ahora comienza.

En el entorno de la pedanía de Jaraguas la Albosa empieza a tener caudal gracias al aporte hídrico de algunas de sus fuentes, como la del Amparo situada junto al mismo casco urbano. Sin embargo es otro manantial afluente de la Albosa el que llama la atención del excursionista. Se trata de una fuente salina que brota en el seno de un afloramiento terroso de periodo Triásico, correspondiente a su época final denominada Keuper, en torno a algo más de 230 millones de años.

Salinas de Jaraguas

Cabe decir que gran parte del suelo comarcal se apoya sobre estos antiguos sustratos y que aquí, en Jaraguas, asoman puntualmente a la superficie.  Eso ocurre también en el cerro del Telégrafo de Requena, por ejemplo, pero es especialmente notorio precisamente en las confluencias de las ramblas de la Alcantarilla y Los Morenos con la Albosa y también en el sector final del Cabriel (Sierras de la Monterilla, del Asno o de la Noria, ya cerca de Casas del Río).

En el paraje aparecen los restos de una antigua explotación salinera en el seno de unos terrenos arcillosos  donde aparecen con frecuencia yesos, aragonitos y jacintos de compostela entre otros minerales. Los elementos químicos afloran a la superficie por un fenómeno de diapirismo entre los sedimentos del Terciario aprovechando las fracturas en el terreno de los materiales previos del Jurásico y Cretácico.

Estas antiguas salinas de Jaraguas eran propiedad del común de los vecinos y han sido explotadas comercialmente por diversas generaciones de familias del pueblo para complementar sus rentas agrarias. A diferencia de otras explotaciones salineras, y como singularidad curiosa de aquí, en invierno se inducía la evaporación de una manera artificial con el uso de planchas de metal que se calentaban al fuego.

Hoy en día estas explotaciones están en desuso pero siguen aportando un valor añadido a la biodiversidad comarcal. Se sabe que han sido utilizadas como lugar de cría en los años que han estado inundadas a modo de gran charco salino por una especie de ave limícola ciertamente escasa en el interior valenciano como es el chorlitejo chico Charadrius dubius. Pero el principal reclamo biológico no es ese sino la rica flora gipsícola que presenta.

En especial cabe destacar una planta que fue descubierta aquí por el botánico oriundo de la localidad Pedro Pablo Ferrer y que supone una de las pocas citas que se conocen en el ámbito peninsular. Se trata de una gramínea recientemente descrita por la ciencia conocida como Puccinellia hispanica y que fue hallada por primera vez en la laguna de Sariñena en la provincia de Huesca. Es una plantita de tonos verdeazulados y hojas pequeñas y estrechas que vive en terrenos de litología fuertemente salina. Aparece, como aquí sucede, cerca de riachuelos de aguas ricas en sales de cloro y de sodio y que con los calores del verano y la fuerte evaporación deja terrenos con finas costras de sal precipitada.

Una especie endémica, tremendamente rara y susceptible de conservar de cara al futuro, máxime si su hábitat natural es tan sensible a la transformación como son las salinas continentales de este tipo. Un regalo de la naturaleza que tenemos la obligación de velar por su preservación.

Hoja de chopo en la rambla Albosa

Sigamos con la Albosa. Aguas debajo de Jaraguas va desapareciendo el caudal infiltrándose en el subsuelo y no aflorará otra vez hasta las mismas cercanías de Venta del Moro por los aportes de algunas fuentes. La rambla bordea el casco urbano por su zona occidental encajada en una triste cubeta de cemento perdiendo la naturalidad que debía presentar. Aún así se pueden ver algunas aves de interés como el bisbita alpino Anthus spinoletta picoteando por los arribazones de sedimentos que siempre quedan dispersos o las gallinetas Gallinula chloropus al refugio que le producen las eneas y otras plantas palustres que tratan de prosperar por encima de ese suelo artificial.

Pero es ya al salir del pueblo cuando la rambla Albosa ofrece todo su esplendor. Su cauce está muy bien vegetado por árboles riparios como chopos Populus nigra, alamos blancos Populus alba, almeces Celtis australis y algunos jóvenes olmos Ulmus minor que todavía resisten al azote de la grafiosis. Y bajo ellos, y especialmente en el mismo talud de la orilla, una maraña impenetrable de arbustos dominada por la zarzamora Rubus ulmifolius ofrece un ambiente óptimo para que se desarrolle una comunidad de aves de lo más interesante de nuestra comarca.

Sin lugar a dudas la rambla Albosa aquí se posiciona como uno de los itinerarios ornitológicos más agradecidos de toda la Meseta de Requena-Utiel. El fácil acceso, el cómodo recorrido y la variedad de aves que se pueden contemplar en cualquier época del año hacen de este lugar un referente para el aficionado de la ornitología. Lo ideal sería recorrer el tramo que va desde el mismo pueblo hasta algo más abajo del puente de la vía Utiel-Baeza (que por cierto, nunca se llegó a terminar). Poco más de dos kilómetros para completarlas en un par de horas de pausada búsqueda y contemplación de las especies que van saliendo a nuestro paso.

Así, en el mismo ambiente periurbano el ornitólogo podrá disfrutar de una completa comunidad de aves donde destacan en primavera y verano el vencejo común Apus apus, el avión común Delichon urbicum y la golondrina común Hirundo rustica sobrevolando el espacio aéreo del cauce en busca de insectos voladores. Mirlos comunes Turdus merula, estorninos negros Esturnus unicolor, urracas Pica pica, tórtolas turcas Streptopelia decaoto, lavanderas blancas Motacilla alba, verdecillos Serinus serinus, verderones Chloris chloris y jilgueros Carduelis carduelis, entre otras muchas especies serán fáciles de detectar en cualquier momento del año aquí también.

Y a poco que caminemos unos metros y el medio forestal se aproxime al cauce serán otras las aves que dominarán el ambiente. Ahora, durante la invernada es una gozada descubrir allí aves poco habituales en otras zonas de la comarca como el picogordo Coccotrhaustes coccotrhaustes, el pinzón real Fringilla montifringilla, el lúgano Carduelis spinus, el zorzal alirrojo Turdus iliacus o el acentor común Prunella modullaris, que han venido del norte para establecerse por unos meses en estas arboledas ribereñas.

Puente del tren sobre la rambla Albosa

En paso y, en menor medida, también en época de cría el número de especies se dispara. Se podría ver aquí prácticamente cualquier ave ligada a los ambientes caducifolios: currucas mosquiteras Sylvia borin, zarceras Sylvia communis y capirotadas Sylvia atricapilla, aunque sólo llegan a criar estas últimas; tarabillas norteñas Saxicola y colirrojos reales Phoenichruros phoenichuros descansando de su migración en los bancales y huertos aledaños; los tres pícidos valencianos como son el torcecuello Jynx torquilla, el pito real Picus sharpei y el pico picapinos Dendrocopos major; incluso hasta los crepusculares chotacabras cuellirrojos Caprimulgus ruficollis y los autillos Otus scops reivindican su presencia con sus característicos reclamos. No obstante de entre todos destaca un pájaro de potente y melodioso canto, un pájaro que identifica a la Albosa como pocos durante la florida primavera: el ruiseñor común Luscinia megarhynchos. Escondido entre lo más profundo del zarzal, invisible a ojos del paseante, el ruiseñor llena el paisaje ribereño con su magnífico trino. ¡Qué bien canta el ruiseñor común!

Muy cerca del cauce de la Albosa y casi a la altura de ese puente del tren, en el mismo talud por donde debería haber pasado si ese proyecto de construcción no se hubiera paralizado hacia 1932, aparece uno de los yacimientos paleontológicos más sobresalientes de la Comunitat Valenciana e incluso de la Península Ibérica. En él se han encontrado muchos fósiles fechados en torno a unos 5,5 y 5,8 millones de años, tanto de vertebrados como de invertebrados e incluso de algunas plantas. Se enmarca pues en las postrimerías del periodo denominado Mioceno, correspondiente a la era Terciaria o Cenozoica).

En aquellos momentos el paisaje correspondería al del borde de una laguna que muy posiblemente sufriera ciclos acusados de oscilación en el niel de sus aguas e incluso de desecación total. En época de sequía este lugar probablemente concentrara a gran cantidad de animales en sus orillas, cosa que posibilitaba la acción cinegética de diferentes predadores que acudían allí para alimentarse. Los restos que se han encontrado parecen proceder de cadáveres que fueron enterrados por sedimentos tras una nueva crecida antes de descomponerse, hecho que favoreció el proceso de fosilización.

En esa época la Tierra se hallaba bajo los efectos de las glaciaciones lo que hizo que el nivel del mar Mediterráneo bajase notablemente a la par que, debido a procesos tectónicos las placas litosféricas  africana y euroasiática se acercaran. Todo ello motivó que se llegaran a unir ambos continentes evitando que hubiera contacto entre las aguas del Atlántico y el Mediterráneo, aspecto que propició el intercambio faunístico entre las comunidades zoológicas europeas, asiáticas y africanas. Ello se refleja muy bien en este yacimiento donde se han podido identificar especies que no habían vivido antes en Europa como son los casos de los camellos o los hipopótamos, por ejemplo.

Tragoportax ventiensis. Yacimiento mioceno Venta del Moro.

Los fósiles más significativos corresponden a distintos tipos de grandes mamíferos que nos recuerdan hoy a una escena más propia de la sabana africana: hienas, elefantes, rinocerontes, antílopes y cocodrilos, entre otros. De todos ellos merece la pena destacar la existencia de cuatro especies que han sido descritas como nuevas para la ciencia. Dos de ellas son bóvidos Tragoportax ventiensis, del tamaño de una cabra actual, y Parabos soriae, un antecesor de los actuales toros. Otra es un camello bastante más grande que los que existen en la actualidad: Paracamelus aguirrei. Y por último un oso de gran tamaño conocido como Agriotherium roblesi, cuya denominación específica fue dedicada al profesor Fernando Robles, el que fuera maestro mío en la Universidad de Valencia y que ha fallecido recientemente. Vaya desde aquí mi reconocimiento a su figura y mi gratitud por todo lo que he podido aprender de él.

Sigue la rambla Albosa su curso camino de las Casas de Pradas. Allí mismo confluye con ella otra rambla de tipología muy similar: la Bullana. Ésta nace en las inmediaciones de las Casas del Rey, que como las Casas de Pradas, es otra pedanía perteneciente al término municipal de Venta del Moro. El valle que ha originado es algo más abierto que el de la Albosa y por tanto más susceptible de ser aprovechado para el cultivo, incluso hasta el mismo cauce fluvial. No obstante quedan todavía en su recorrido buenos sectores de vegetación riparia que sirven de refugio a una lista de aves en muchos casos similar a la de la Albosa.

La verdad es que tanto la rambla de la Bullana como la del Boquerón, que desagua más abajo pasando la aldea de Los Cojos, proporcionan un oasis perfecto para una biodiversidad elevada que ya no existe en los monocultivos extensivos de vid en que, desgraciadamente, se está convirtiendo gran parte de nuestra comarca.

Un rascón buscando comida en la rambla Albosa. José Ventura

Es una lástima que todo el ámbito considerado hasta ahora en este artículo no haya formado parte del parque natural de las Hoces del Cabriel. Se dejó fuera una parte muy importante del término de Venta del Moro que tiene argumentos naturales ciertamente justificados para merecer ese nivel de protección. Quizás para enmendar esa circunstancia se esté valorando la posibilidad de que la rambla Albosa a su paso por el término venturreño sea reconocida como Paraje Natural Municipal. Desde luego una iniciativa bienvenida para reconocer su valía y para promover la mejora en su estado de conservación.

La rambla Albosa entra ahora en el término municipal de Requena. Pasa por las proximidades de Los Cojos y enseguida por las de Los Isidros. No lleva demasiado caudal, pero lo suficiente para que siga prosperando una comunidad florística y faunística relevante. Así, junto a Los Isidros se forma una zona de aguas remansadas que propicia la formación de un interesante eneal que atrae en invierno a aves tan singulares como el escribano palustre Emberiza schoeniclus, la agachadiza común Gallinago gallinago, o el rascón Rallus aquaticus, entre otras.

Al poco de pasar la aldea de Penén de Albosa la rambla empieza ya a encajonarse entre montes. En concreto la cercanía del pinar se hace ya muy patente a partir de las ruinas de la Casa de Cubas. Allí mismo había un salto de agua que hoy día prácticamente ha desaparecido. La causa, la misma que para tantas y tantas fuentes de la meseta agraria comarcal: las abusivas extracciones de agua por parte de un viñedo que cada vez más es de regadío. El Magro, el Reatillo y también la Albosa y decenas de antiguos manantiales; víctimas de un desarrollo poco sostenible con la naturaleza.

A partir de aquí el terreno es fácilmente horadable al estar compuesto primeramente por margas calcáreas y luego por arcillas rojas ricas en yesos hecho que condiciona la formación de un estrecho valle encajado entre taludes de tierra. El curso de la rambla va zigzagueando abriéndose camino entre montes, con Los Sardineros y el Cerro Pendón en una vertiente y La Alcantarilla y luego Los Morenos en la otra. Precisamente allá donde confluye la Albosa con Los Morenos, donde la rambla cambia de nombre y se la conoce ya como Caballero, en un pintoresco paraje conocido como la Junta de las Ramblas, se localizan los restos de uno de tantos molinos harineros que hubo en el valle de la Albosa. Antiguos molinos, batanes, yesares y carboneras salpican un paisaje áspero y escondido. Evidencias de una época no tan lejana en la que el ser humano llegaba a provechar todas y cada uno de los recursos naturales que le ofrecían estas tierras, hoy prácticamente deshabitadas.

A partir de Penén y, sobre todo, a partir de la Junta de las Ramblas el escenario es mucho más montaraz. Y por tanto también su fauna asociada. No es nada raro detectar en los limos ribereños las huellas de los jabalíes Sus scrofa que bajan del monte a hozar entre los herbazales de las orillas en busca de raíces frescas, brotes tiernos o incluso lombrices y otros invertebrados que encuentran volteando piedras.

Cangrejo ibérico

Las cabras monteses Capra pyrenaica se ven con cierta facilidad en los escarpes rocosos y las ratas de agua Arvicola sapidus dejan ver sus galerías en el mismo ribazo fluvial. Menos evidentes son sin embargo los excrementos del gato montés Felis sylvestris que coloca en puntos estratégicos en sus sendas de caza entre la espesa vegetación riparia. Y ya con mayor fortuna por parte del inquieto naturalista se pueden llegar a encontrar los rastros de la nutria Lutra lutra en las arenas de la rambla o sus deyecciones con restos de pescado o de cangrejos de río encima de alguna piedra sobresaliente junto a algún tollo. Pero cangrejos alóctonos ya que el ibérico prácticamente ha desaparecido de la inmensa mayoría de puntos de agua de la cuenca hidrográfica del Cabriel. Aún queda alguna población, no obstante, en barrancos secundarios que vierten al río y que han quedado libres de la invasión del cangrejo rojo americano Procambarus clarkii al ocupar éste la totalidad de los cursos de aguas principales.

Hay que recordar que el cangrejo de río ibérico Austropotamobius pallipes es uno de los invertebrados acuáticos más amenazados no solamente de la Comunitat Valenciana sino de toda la península Ibérica. Su amplia distribución original y su grado de abundancia vinieron rápidamente abajo cuando se introdujeron en los medios acuáticos continentales ibéricos ejemplares de  la otra especie a finales de los años 70 del pasado siglo. El americano comenzó a propagar una enfermedad (la afanomicosis) producida por un  hongo del cual es vector pero que no le produce ningún daño mientras que acaba con poblaciones enteras del ibérico de una manera fulminante una vez se contagian.

Pero sin lugar a dudas el mayor tesoro que tienen las aguas de la rambla antes de desembocar en el Cabriel sea un pequeño pececillo: la loína Parachondostroma arrigonis. Este ciprínido también conocido como madrilla del Júcar está sufriendo una terrible contracción de su área de distribución natural que le está conduciendo al mismo borde de la extinción. Hay que recordar que es un pez endémico de la cuenca del Júcar, esto quiere decir que en todo el mundo sólo se distribuye allí. Por diversos motivos (principalmente la competencia con peces exóticos, la alteración del régimen hídrico de los ríos y el deterioro de sus hábitats) se ha quedado confinado en estos momentos en unas pocas localidades del tramo valenciano del Cabriel además de algún punto concreto del curso medio del Magro.

El último tramo de la rambla Caballero ofrece un recurso valiosísimo para la especie al servir de refugio ante las habituales crecidas bruscas del caudal del Cabriel producidos por los desembalses abusivos de aguas que se producen en la presa de Contreras. Conviene recalcar que durante la época de reproducción de la loína, primavera, el río en ocasiones llega a presentar niveles muy bajos de agua mientras que en el periodo de reclutamiento, en verano, los alevines se ven arrastrados por el gran flujo que se desembalsa entonces.

Carricero tordal. Iván Moya

Llega por fin la rambla al Cabriel en las inmediaciones de las Casas de Caballero, una finca agrícola pero que en los últimos años ha extendido su interés en el fomento de la caza mayor. Por eso mismo se valló una gran cantidad de monte para ese fin. Lamentablemente, otra finca cinegética más cerrada con verjas en el ámbito del parque natural de las Hoces del Cabriel, con las nefastas afecciones a la vida salvaje que eso reporta.

La desembocadura conforma un último espacio natural de interés tanto por su geología característica como por la flora y fauna que allí aparece. Se aprecia claramente un bonito cono de deyección constituido por sedimentos que han ido aportando las sucesivas avenidas. Entre los gujarros y las arenas crece un bosque de ribera constituido por tarays, Tamarix canariensis principalmente, y varias especies de sauces Salix ssp. y que se une ya al del propio río.

Además cabe destacar la existencia de una balsa de riego de varias hectáreas de extensión cubiertas en gran parte por una orla de eneas Typha latifolia y carrizos Phragmites communis que constituye una valiosísima zona palustre muy utilizada por la fauna acuática. Así se sabe que llegan a criar aves acuáticas como el zampullín común Tachybaptus ruficollis, el ánade azulón Anas platyrhynchos, la focha común Fulica atra y la gallineta Gallinula chloropus o pájaros tan escasos en tierras del interior valenciano como el carricero tordal Acrocephalus arundinaceus, por ejemplo.

Y ya para terminar este artículo sobre la rambla Albosa, o Caballero como se la conoce en esta parte final debe destacarse el papel que juega en la presencia y la distribución de unos insectos muy especiales: los odonatos. Baste decir que en un estudio de campo realizado entre 2010 y 2011 por los naturalistas locales Toni López, Gema Marín y Nacho Sendra pudieron citarse nada menos que 32 especies diferentes de libélulas y caballitos del diablo en el ámbito territorial del parque natural de las Hoces del Cabriel, de la que estas ramblas aportan gran parte de su recorrido (en concreto a partir de la aldea de Penén de Albosa).

Libélula caminero tenazado común Onychogomphus uncatus.

Los odonatos tienen unos requerimientos ecológicos muy especiales ya que presentan un ciclo de vida en el que se combina una fase larvaria acuática y una adulta aérea a la que llegan tras una metamorfosis hemimetábola, es decir, sin pasar por un estadio pupal. Dicho de otra manera estos insectos alados deben poner en el agua sus huevos de los que eclosionarán unas larvas acuáticas. Éstas posteriormente sufrirán una serie de cambios físicos, fisiológicos y comportamentales antes de llevar a cabo una metamorfosis que se llevará a cabo dentro de sus propias cutículas para emerger ya como individuos adultos.

Es por tanto fundamental conservar los medios acuáticos de la comarca para posibilitar su uso para uno de los tipos de insectos de biología y comportamiento más espectaculares. Una razón más para valorar y preservar los medios acuáticos en general, y concretamente estas ramblas en particular.

El sistema hidrográfico conformado por las ramblas Albosa y Caballero es uno de los más importantes que presenta la geografía comarcal para estos interesantes animales y precisamente este balsón de aguas remansadas junto al Cabriel donde termina el artículo de hoy es uno de los lugares de mayor querencia para muchas de sus especies. Verlos volar al acecho de sus presas es todo un entretenimiento. Su morfología singular, su enorme capacidad de vuelo y, la elegancia de sus colores y movimientos suponen un perfecto colofón para un espacio que merece ser conocido y valorado por todos.

Y qué mejor que con una imagen invernal de una bonita Sympetrum striolatum desafiando las bajas temperaturas a orillas de la rambla Albosa dando la bienvenida a un nuevo año. ¡Feliz 2020!

JAVIER ARMERO IRANZO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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