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La Bitácora / JCPG

Emprendo el camino y subo a la ceja. Estoy en el camino de La Capellanía, apenas a un kilómetro de mi aldea. Allá abajo, realmente a mis pies, la contemplo, con sus casas bajas y sus fachada blanquecinas. Hay como una niebla sobre ella, o mis ojos la ven, pues no estoy seguro que sea realidad. Recuerdo que, hace ya demasiados años, alguien encontró por aquí diferentes restos arqueológicos; la Peladilla está cerca y allí sí que abundan este tipo de restos.

Una casilla de nueva generación da la bienvenida al que sube por estos lugares. Forma parte de la vieja infraestructura de la cohetería. Se hizo para que los que tiraban cohetes pudieran tener adecuado cobijo, ante las tormentas y ante las carcasas de los propios cohetes. Salvaguardar la vida. Otros tiempos, sin duda de ansiedad protectora de la cosecha.

Hospital de apestados, ca. 1808 – 1810. Francisco de Goya. Óleo sobre lienzo, 32,5 x 57,3 cm. Colección Marqués de la Romana, Madrid. La peste atenazaba a nuestros antepasados, y el resultado era el apartamiento de la sociedad. ¿Estamos ante una nueva peste, la del siglo XXI global y tecnológico?

 

Una extraña niebla ha caído sobre esta tierra, sobre esta nación. Es como si una invasión climatológica de otra tierra, ajena y lejana, hubiera sobrevenido y lo hubiera impregnado todo. En realidad, me sorprende porque no estamos acostumbrados, ni quizás tampoco preparados –si es que se puede estar preparado en alguna medida para esto- para un fenómeno tan espectacular. He colocado mis venerables huesos sobre una piedra, y me parece que estoy delante de mi pueblo como si se tratara de una ficción.

Ha comenzado todo. La gente acapara comida en los supermercados. Han arramblado con casi todo. Escasea por momentos la carne y el papel higiénico. Algunos suspenden las clases de inmediato y otros esperan hacia el lunes. Son estos últimos los que poseen información privilegiada: el coronavirus, sin duda, estará de vacaciones mañana viernes y no atacará a profesores y estudiantes.

Me parece todo increíble desde esta atalaya que he buscado. Contemplo la Casilla Caracol a lo lejos. Allí están los hermosos pinos de la finca de Taberner. Un hijo suyo la administra. Al final, parece que el viejo industrial consiguió inocular en uno de sus vástagos el amor a la tierra. Bien por don Manuel. Fue socio de la Cooperativa, y con una abultada cosecha. El viejo camión Barreiros se dejaba parte de su musculatura en el traslado de la uva hasta la bodega.

Por tanto, ya ha comenzado todo. El uso y abuso del coronavirus como un arma política arrojadiza, dentro de la gran tradición castiza hispánica, también muy esperpéntica, que tiene viejos ilustradores, como el mismísimo Goya. La oposición con sus reproches al gobierno. El gobierno titubeante no vaya a ser que… Nadie se ha atrevido hasta ahora a tomar medidas drásticas. En una sociedad en la que hemos primado el progreso y la idea de protección del individuo, de pronto, un virus surgido en el corazón de Asia provoca un enorme movimiento sísmico que nos hace dudar de nuestra capacidad para protegernos. Pero ahora nuestros políticos tienen miedo a ser los últimos en tomar medidas tajantes y duras, no vaya a ser que los ciudadanos se lo reprochen agriamente.

Un país con 17 gobiernos en sus regiones debe ofrecer una acción coordinada. Ahora, en los próximos días vamos a comprender cabalmente, qué es el concepto de soberanía. El virus dará pie a decisiones, decisiones y pareceres que pondrán en serios aprietos a una estructura política ya tocada.

Son estas nieblas las que nublan mi vista y atascan mis neuronas. El tractor que está labrando en la viña de abajo quizás tenga un conductor menos preocupado por estas disquisiciones. Hace bien. En tiempos tan turbios, quizás es mejor darse al solaz del trabajo en las viñas: probablemente proporcionan una visión más nítida; al menos sin tantas nieblas.

Quizás sienta ahora mismo la punzada de la gran pregunta. Mi inquietud y zozobra no viene del sofoco de la subida a esta atalaya llena de pinos y piedras. Procede de esa inquietante sensación de que no existe una autoridad concreta, una autoridad capaz de actuar con previsión, que nos lleve hacia las decisiones más convenientes. No sé si hay alguien al timón. Hace unos pocos días esto era una gripe más. Ahora, puede pasar cualquier cosa.

 

 

 

 

 

 

El Roto ha tenido siempre un olfato muy fino a la hora de captar anhelos y problemas de una sociedad tan frágil como la nuestra.

 

 

 

En Los Ruices, a 12 de marzo de 2020.

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