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La Bitácora e Braudel /JCPG

El rostro sufriente de las víctimas del antisemitismo fue durante años algo callado, vivido en la intimidad, sometido a un absoluto ostracismo de la conciencia. La mayoría de los supervivientes de la gran matanza perpetrada por los nazis calló. Había en ello algo de culpabilidad, elevadas dosis de vergüenza y espuertas de incapacidad para entender lo que había sucedido. Como el protagonista de Sin destino, la impresionante novela de Imre Kertész, muchos no percibieron que pertenecían a un grupo social, cultural, denominado “los judíos” hasta que los nazis y sus ayudantes de toda Europa los catalogaron como tales. Tal era su nivel de integración, de asimilación en las sociedades europeas antes de 1933. Pertenecían a aquella atmósfera de diversidad cultural, de intercambio e interconexión que era la Europa anterior al ascenso de Hitler. Stefan Szweig lo relato con maestra pluma en El mundo de ayer.

Uno de aquellos, de las víctimas del archicriminal Hitler y sus correligionarios, es Moshe Haellion. Es natural de Tesalónica, una ciudad griega que vio aniquilada a una comunidad judía impresionantemente grande por numerosa, y vital por su potencialidad cultural. Me contó el pasado verano que su apellido, Haellion, procede de nuestro Ayllón. Es un sefardí tesalónico. Hoy vive en Israel, el destino de muchos; el destino de  muchos franceses judíos de hoy en día, después de lo que pasó en los últimos meses en Francia.

Lleva marcado en el brazo el odio. Pero el odio de la despersonalización, de la conversión en un trozo de carne; esto es lo que los nazis hacían nada más entrar la gente en sus campos. Después venía todo lo demás. Es sencillo investigar el antisemitismo. Quizás lo más difícil es explicar sus móviles, los elementos que ponen en marcha un nivel de odio tan extremo. Pero es imposible llegar a dar sentido tanta barbaridad, a tan grande crimen.
Al ver a Moshe de nuevo, en las conmemoraciones que han rodeado a la celebración del Holocausto, o como él dice, en su judeoespañol, “Olokosto”, me resulta muy difícil explicarme el antisemitismo. Y recuerdo que los españoles pasamos por ser muy antisemitas, según las encuestas de los últimos años. Pero Moshe no pareció vivir la nostalgia del campo en el momento de salir de él; lo digo porque ésta fue una sensación muy general entre las víctimas, como el mismo protagonista de la novela de Kertész que antes he dicho. Incluso el propio Semprún, el que fuera ministro de cultura con el PSOE de Felipe, se sentía atrapado por la experiencia de Buchenwald. Qué decir de Primo Levi, ahogado finalmente por el pasado del campo de concentración.

Hay que volver sobre todo esto. Especialmente ahora que vuelve el pestilente Mi lucha.

En Los Ruices, a 3 de febrero de 2016.

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