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LA HISTORIA EN PÍLDORAS / Ignacio Latorre Zacarés
Cuando un tonto sigue la linde, se acaba la linde y sigue el tonto”. Es un aserto popular que me recuerda habitualmente Julia, mi compañera de papeles. Así que continuamos con mi debilidad por los mojones de la que les hablaba en la “píldora” anterior y a ella remito a mi improbable lector.

Uno de los actos más importantes de un municipio era el deslinde y amojonamiento de sus términos. Este acto se solía realizar con una periodicidad diferida en el tiempo (frase famosa en los últimos tempos), especialmente, cuando había diferencias entre comunidades vecinas, lo cual era frecuente (más de un mamporro y tiro se escapó en algún amojonamiento).

Algunas veces la hitación iba precedida de una provisión real que la ordenaba para liquidar las disputas entre concejos. En este caso, la provisión obligaba a los dos, tres o más municipios confrontantes a acudir a determinado sitio y hora para iniciar el trazado de la raya a base de mojones. Otras veces, se amojonaba a propuesta de uno de los ayuntamientos y se citaba a los colindantes. Por ejemplo, en 1689 algunos de los mojones entre los reinos de Castilla y Valencia estaban derribados (los vecinos de Cortes de Pallás y Siete Aguas eran especialistas en ello), por lo que el corregidor de Requena emplazó al gobernador de Buñol para singularizar la raya.

Los oficiales que participaban en el amojonamiento poseían una carta de poder del Concejo que les permitía adoptar decisiones en pro de la Villa y su Tierra. El acto comenzaba al iniciar el día, a las 7 u 8 de la mañana, cuando los intervinientes podían encontrarse en el lugar de la frontera precisado, que en muchos casos se ubicaba en un sitio distante y escarpado de ambas poblaciones. Allí se emplazaban algunos de los oficiales más importantes de los concejos en cuestión: desde el propio corregidor, al teniente corregidor, alcaldes, regidores perpetuos, diputados, procurador síndico… Se acompañaban de otros oficiales como el alguacil mayor, escribano y en ocasiones alarifes (albañiles) para levantar mojones o incluso “pintores” para dibujarlos como el caso entre el Vizcondado de Chelva y Utiel.

La presencia de testigos y expertos conocedores del terreno solía ser habitual y requerida. Uno de los mojones más disputados en la frontera castellano-aragonesa era el del Collado de Villar de Tejas, entre Siete Aguas y Requena, que había ya provocado amenazas de tono elevado. En 1760, para su amojonamiento se aportaron como testigos a pastores y labradores que eran los que sabían por dónde iban los lindes más antiguos.

Era importante levantar acta pública del amojonamiento que ingresaría dentro de los legajos de deslindes que solía contener el arca de las tres llaves donde se conservaban los privilegios de la ciudad. En 1460, para marcar los mojones entre Requena y Cortes de Pallás (Reino de Valencia), se presentaron por parte requenense el honrado regidor Juan Zapata, el notario Juan Sánchez de Adobes notario y los vecinos de Requena Juan Sánchez de Vilareal y Rodrigo Valero. Por parte de la “molt egregia” señora del Valle de Cortes doña Caterina de Villena se presentaron los moriscos Hamet Ayet e Abdallá Ahibay “el Morisma”, jurados de dicho Valle, junto con el alamí de Cortes. Encontraron un mojón antiguo cerca de la senda de Los Merchantes y lo proclamaron como mojón leal y verdadero y lo rehicieron con muchas piedras gruesas y elevaron documento público “per aver de les dites coses memòria en lo esdevenidor” (para hacer de dichas cosas memoria en el futuro).

Si no comparecían los oficiales del pueblo colindante, se les llamaba a voz en grito y si no contestaban, se pasaba sin más a realizar el amojonamiento. Así pasó en 1764 entre Requena y Mira: “no haviendo comparecido la justicia y ayuntamiento de dicha villa de Mira aunque son más de las nueve de la mañana y se dieron varias veces voces por si parecía y no concurriendo nadie a su nombre y acusada que les fue la rebeldía por el procurador síndico de Requena se procedió a la visita…”.

En ocasiones, tras el amojonamiento se insertaban una serie de cláusulas con el objetivo de que los hitos fueran respetados. En 1764, Mira y Requena establecieron una pena de 100.000 maravedíes más las costas de reponer los mojones para todo aquel que los quitara o removiera.

Los concejos se encargaban de aprovisionar a los oficiales que participaban en el amojonamiento (que no pasaban hambre y sed como se verá), pues era una operación que fácilmente duraba tres o más días. La mojonera de Requena trazada en 1745 costó 1.048 reales, duró 10 días y empleó a doce peones, un maestro herrador, un alarife y su peón, dos peritos, un ministro, el comisario, el escribano, el síndico, el secretario y once caballos con cinco peones más. Los pertrechos gastados fueron cuatro fanegas de trigo, un celemín de sal, un macho en canal, siete libras de aceite, cuatro gallinas, dos pollos, un conejo, diez pichones, un jamón, dos docenas de limones, tocino, lomillo fresco, dos docenas y media de huevos, piñones, azúcar, garbanzos, alubias, una arroba de nabos, una arroba de cebollas, ajos, anises, aguardiente, resolí, doce arrobas de vino, chocolate, bizcochos, queso, una arroba de arroz, avellanas, almendras y manteca. Además, también adquirieron platos, fuentes, sartenes (“platos de fuego”), cazuelas, dos docenas de cucharas de madera, cuatro cántaros para el agua y amasar la cal y algodón para el velón. En fin… que de vacío no iban por esos montes de Dios.

Estos gastos lo debían pagar entre todas las poblaciones del alfoz, pues correspondían a la defensa del término y así se lo hacen saber a la aldea de Mira cuando se excusaba de pagar los gastos de 1514 de rehacer los mojones que destruían los vasallos de D. Luis de Pallás del reino valenciano.

Tras el amojonamiento, anualmente se solía dar la denominada “vuelta de los mojones”. Ésta la realizaban los caballeros de sierra en número de tres o cuatro. Seguían la línea fronteriza observando el estado de los mojones. Ciertos mojones en la frontera castellano-valenciana eran sistemáticamente denunciados por los colindantes valencianos y a veces directamente derribados. Los caballeros de la sierra tomaban nota de los mojones dañados y en ocasiones lo reconstruían in situ.

Y aún hay más sobre mojones e hitos, pero no les cansaré (si alguien llegó hasta aquí) y lo dejaremos for the next pill.

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