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LA BITÁCORA //JCPG

Requena (27/09/19)

Han aparecido unos viejos papeles míos. La verdad es que los daba por perdidos. Nunca imaginé que pudieran estar en un viejo rincón. Como suele suceder, se encontraban en un rincón casi olvidado de la casa familiar del pueblo. Uno tiene casas, acumula diferentes domicilios a lo largo de la vida; pero la casa en la que creces, es siempre la casa. Estás unido a ella en los recuerdos y también en los sueños.

Aquellos papeles son unas desvencijadas libretas que yo gastaba, llenaba con apuntes, en mis años infantiles. Era cuando la escuela estaba en marcha, cuando la despoblación no se había convertido en una epidemia; era cuando yo escribía bien, cuando la letra era estupenda. Me admiran aquellas letras, porque cuando la comparo con la que ahora tengo, me parece que el deterioro es más que evidente.

Aquellos cuadernos, con aquellos tiempos, quedan en un roncón de mi archivo mental como un tiempo mítico. La memoria enzulza y amarga los viejos recuerdos. En la mías hay de todo, como supongo existirá en la cualquiera otro individuo. Pero prefiero recordar lo bueno. El selectivismo mental es positivo e inevitable.

Me siento en el rincón de la salita, en aquel sillón orejero que un día vio el último sentarse de mi abuelo. Sí, precisamente uno de mis últimos recuerdos está ligado a ese sillón. Con la vista y el cerebro estoy dando la vuelta a cada objeto. Todos tienen algo de mito. Imagino que, como seres humanos, disponemos de muchos mitos. Tenemos mitos para aburrir. Positivos. Negativos. Ni una cosa ni la otra. Las dos al mismo tiempo. Están ahí y poco podemos hacer.

Últimamente escribo demasiado sobre la despoblación. Serán los tiempos y los penares. Hay un mucho de insatisfacción en esto. Escribo, parece que avanzo, pero me doy cuenta inmediatamente de que no he hecho más que ir hacia atrás. Cale reconocer que escribo mal cuando tengo las ideas confusas, pero para conseguir algo de claridad me veo obligado a escribir. Si no veo mi embrollo escrito sobre el papel o sobre la pantalla del ordenador, no puedo continuar.

Metáfora de nuestro tiempo: ruina de las casas, ¿ruina del hombre del siglo XXI que ha dado la espalda a la naturaleza? ¿Qué tiene que ver todo esto con el reciente activismo por el clima y la naturaleza? Preguntas retóricas que cada uno responderá a su gusto, si es que tiene respuestas.

Una de las ideas que trato de plasmar es la de la imagen supuestamente idílica que la ciudad despertaba entre la gente de las aldeas. Cuando Valentín abandonó el pueblo, decidió marcharse a una de esas ciudades-dormitorio cercanas a Valencia. La gran ciudad del Turia estaba entonces en plena expansión y recibía con los brazos abiertos a todo el que llegase con tal que se empleara en los puestos de trabajo existentes, dispuesto a cobrar poco y a echar muchas horas. No hay que engañarse, esta era la realidad. Valentín era hijo de campesino, pero las posesiones de la familia daban para poco. Algunos hermanos suyos ya habían emigrado unos años antes. Si se iba, iba a ser acogido por un pequeño colchón familiar.

Valentín conservó siempre su casa en la aldea. Año tras año, regresó en las fiestas, fines de semana y en el verano. Jamás ha perdido sus raíces, a pesar de arraigar también en Valencia. Se fue sin entusiasmo. Lo hizo a regañadientes. Confiesa que le habría gustado tener oportunidad de seguir siendo agricultor. Eran malos tiempos: cosechas escasas, tierras familiares poco abundantes, malos precios, etc. Pero cuando llegó al Este, no encontró algo mejor. Durante años se empleó en una fábrica, ahorró porque no servía para otra cosa y pudo, afortunadamente, comprar un piso. Su vida fue todo menos un idilio con la ciudad. Fue un sacrificio constante. “A lo mejor si me hubiera quedado en el pueblo, … Porque no creas que allí (en referencia a Valencia) se ataban los perros con longaniza”. Más gráfico y claro en el hablar no se puede ser.

El universo rural, para el turismo. Para hacer deporte. Y para los que sienten una especie de interés casi arqueológico.

Me enfrento a la evidencia de que los recuerdos se edulcoran a veces; también está claro que la nostalgia es una enfermedad que va a más con la edad, como no puede ser de otra forma. El niño apenas puede desarrollar la nostalgia. El viejo tiene nostalgia a cuévanos.

No se trata de entrar en la dialéctica parvularia del “y tú más”. Aquellos años sesenta, que en los manuales de historia están asociados al desarrollismo, a la modernización social y económica del país, al industrialismo y el turismo; aquellos años fueron tiempos muy duros, de mucho trabajo y poco rendimiento. Vecinas jóvenes de Valentín, pertenecientes a generaciones de chicas cuyos derechos eran mucho más limitados que los de los hombres, fueron enviadas por sus padres “a servir”. Un modesto salario y trabajo las veinticuatro horas en casas de la burguesía de variado pelaje que se movía en la ciudad del Turia. Un sacrificio de años para esperar un buen casamiento, con un mozo emigrante como ellas que las liberara de esa servidumbre. Emigrar, abandonar la aldea. Por supuesto que se esperaba un futuro mejor; ¿acaso alguien abandona todo por nada, ni siquiera por la esperanza de un horizontes más positivo, aun cuando se conozcan las penalidades de otros que hicieron el mismo trayecto?

La tristeza se enseñorea de los lugares cuando triunfa el jinete de la despoblación.

El mito urbano se despliega aquí con toda su inmensa potencia. La ciudad, enjambre de elementos todos positivos. Sólo el siglo XXI ve las connotaciones menos positivas y también las negativas de un mundo construido sobre la nebulosa del progreso. Ciudades, millones de personas. El nuevo mito urbano: Madrid, estómago insaciable que engulle a las Españas.

Madrid ya no es un poblacho manchego. Lleva marcha de ser el núcleo de un nuevo país: el que viva exclusivamente del poder y del oxígeno económico que irradia. Una evolución tremendamente preocupante,

El mito es indestructible. Por ejemplo, mis maestros solían contarme en la escuela que en tiempos de Colón la gente creía que el mundo era plano y que se acababa en medio del Atlántico, con lo cual las tres naves colombinas caerían, de seguir el plan del almirante, en una sima sin fondo. Unos monstruos terribles acabarían con la vida de los tripulantes. En realidad, aquellos maestros no conocían que ya existía un instrumento como el astrolabio; y a los tripulantes de las naves de Colón ya les sobraba valentía para embarcarse en esos cascarones con los que surcar el Atlántico. El mito indestructible seguirá su camino, ¿como si nada?

Valentín sigue cultivando su huerto en el verano de esta tierra. Presencia la vendimia con cierto aire nostálgico, porque ya no tiene viñas. Pronto, en cuanto caiga la primera escarcha se bajará a su ciudad adoptiva, la tierra a la que se trasplantó, en la que se injertó para construir una familia.

En Los Ruices, a 26 de septiembre de 2019.

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