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La Bitácora /JCPG

Estamos próximos a la celebración del quinto centenario de la grtan rebelión de las Comunidades de Castilla. Entre 1519 y 1521, el espíritu de la contestación, de la revuelta, se extendió por Castilla, especialmente expresando un rechazo a los propósitos imperiales de Carlos I, el heredero de los Reyes Católicos. Fue una gigantesca revuelta que reflejó una Castilla planteada en términos Norte-Sur. Estaban en juego muchas cosas: para empezar el vil metal; después, los términos de la vida colectiva misma, en otras palabras, cómo se organizaría el reino con un rey joven, ajeno a tantas cosas del mundo peninsular.

Los comuneros intuían que, aunque Jauja estuviera en Andalucía, el Imperio, la mochila que Carlos traía, no era precisamente el País de Jauja. Lope de Rueda escribió una obrita sobre este País sublime. La comida estaba al alcance de la mano, a la gente le pagaban por dormir y se castiga al laborioso. Las calles estaban pavimentadas de yemas de huevo y pasteles con lonchas de tocino. Qué mundo tan extraordinario, tan suculento, sin duda el muchos podían imaginar en un país real que se hallaba sometido a los ataques del hambre y la escasez.

Evidentemente, lo de Carlos nada tenía de jauja. Derrotados en Villalar, muchos se refugiaron en Portugal, mientras otros cambiaban de chaqueta en el momento más propicio. Algunos imaginarían una España mejor, justa, próspera, con un sistema educativo envidiable, y protectora de los débiles. Fueron gentes como el desconocido autor de ese país imaginario que fue Omníbona.

Dicen que este San Luis, pintado por El Greco, puede ser muy bien una imagen que encaje con el rey Prudenciano que se delinea en la utopía Omníbona.

Tales pensamientos, que guardo para mis adentros mientras bajo hacia la plaza Mayor de Cuenca, son los que me vienen al contemplar esta bellísima Cuenca. Los turistas van y vienen y las terrazas hacen su negocio a la sombra de estas casas varias veces centenarias. Por un instante me permito imaginar a aquel sicario que le asestó la puñalada al regidor Álvarez de Toledo, en pleno oficio religioso dentro del templo catedralicio. Salió a toda carrera con su caballo y pudo abandonar la ciudad. Desconozco si las autoridades dieron con él. Eran los años previos a la gran revuelta comunera.

Una gran revuelta es lo que necesita este país. Pero no de los satisfechos estómagos de esa España colmada, de la que acaba de ser juzgada. Me refiero a la revuelta de la España vaciada. En Cuenca se encuentra uno en el núcleo de este país esquilmado, y, sin embargo, culpado de todos los males desde el rincón catalán. Qué poco grita esta Castilla. Se la oye apenas nada. Hace poco ruido.

 

Por tanto, claro que tenemos que mirar hacia Cuenca. Los lazos que nos unen a ella siguen presentes, son inmensos. Mirar a Cuenca es algo más que una expresión repleta de sentido sexual. Es una de esas provincias donde se palpa la herida dejada por el Gran Trauma. Aquí se puede ver el sangrante espectáculo de la despoblación. Una herida que sigue echando sangre. No se ha cicatrizado. Es imposible. Pueblos vaciados, succionados por Madrid, Valencia o Barcelona. Ciudades que los recibieron para trabajar en su industria o en el servicio doméstico de la burguesía satisfecha.

La gente de la Meseta de Requena y Utiel debemos seguir mirando a Cuenca. Estos tiempos de plurilingüismo, que no es sino un artilugio que encubre las entrañas habituales en demasiados sitios del supremacismo, son más propicios que nunca para esta mirada. Y algo más que una simple mirada.

Aquellos automotores eran el colmo del progreso en los años 80. Ahí siguen estando en la línea Modrid Valencia, por Cuenca. Increíble pero cierto. De hecho el trayecto Requena-Valencia sigue costando una hora y media o más, lo mismo que hace cuarenta años. Por esto sí que no pasa el tiempo. Es un escándalo. Pero esta España no alza la voz, aunque tampoco se la escuacharía. Quizás, entre otras cosas, porque en la Valencia actual no se la quiere entender. De Cuenca, ¿quién se acuerda? Desde luego, el Estado no.

En 1520, los requenenses miraron a Cuenca. Cuando tomaron la fortaleza los hombres de Luis Lacarcel. Cuando la Comunidad se hizo cargo del ayuntamiento. Se comportaron prácticamente igual que sus hermanos castellanos de Cuenca. Es verdad que la Cuenca de entonces vivía en la zozobra del asedio de los señores, con la rectoría de una élite de regidores conversos a su vez divididos entre los independientes, los seguidores de Cabrera y los afectos al duque de Escalona. Pero el comportamiento práctico fue casi gemelo en Requena y en Cuenca.

Gemelar. Así se pueden resumir los hechos. Hoy el tren debe dar pie a un comportamiento gemelar. Protesta, y sonora es lo que merece un Estado creador de líneas de AVE con los recursos de todos pero sólo utilizada por unos pocos, los que más satisfecho tienen el bolsillo. Ironías de la vida: el supuesto partido de la izquierda construyendo estos macroproyectos para una élite del país; al tiempo que orillando las reivindicaciones de otros. Es lo que se puede decir a propósito de este tren.

Existió un tiempo en que el tren se concibió como una plataforma para el progreso. El ferrocarril sinónimo de progreso. Menudo progreso: el tren del domingo 9 de junio, destino Valencia, hora 16:40, suspendido por avería; necesidad de esperar a las 19 horas. Resultado: llegada a Valencia a las 23 horas. Parece de risa, o algo propio del Orient Express. Pero aquí no hay una Agatha Christie que traduzca al relato las ineficacias y el desdén por la línea de tren. Quizás se espera, como en el libro de la gran dama de la novela británica, que entre todos los matemos(al dejar de utilizarlo), y el sólo se muera.

Es una foto de Alejandro Martínea. Corresponde al puente de San Jorge, en el término de Arguisuelas. Uno de esos impresionantes puentes que salvaban los riachuelos que daban al Cabriel. El antiliberal Franco supo apropiarse de lo que había sido un concepto liberal. Ironías de la historia.

Es curioso, porque, efectivamente, el proyecto Cuenca-Valencia era una planificación del liberalismo del siglo XIX. Se topó como sabemos, con la cuestión de los costes y con unas tierras difícilmente preparadas para sacar provecho del tren. Eran demasiado pobres para usarlo. Quizás algunos lo hicieran para ir a conocer el mar, para certificar que aquella inmensa masa de agua que habían escuchado en relatos de otros, existía realmente. Quizás algunos lo utilizaran para sacar la producción de vino. Pero en algún momento el Cabriel de los Cabrieles, el río de las límpidas aguas, supuso un bocado demasiado grande para las compañías que buscaban beneficios, y para un Estado ensimismado en las luchas políticas madrileñas.

Finalmente, el régimen autoritario y antiliberal de Franco acabó por capitalizar el proyecto. Finalizó la línea, incluso con presos políticos. Quizás fue la disposición de mano de obra gratuita la que facilitó salvar todo el área del Cabriel.

Corren tiempos de olvido para las zonas rurales. Soy pesimista. Nuestros políticos fingen y fingen, sobre todo cuando llegan elecciones. No se acuerdan ni en Madrid y, mucho menos en Valencia. Es, por tanto, imprescindible, cuestión vital, anudar relaciones con nuestros hermanos culturales, económicos e históricos, es decir, Cuenca, La Manchuela. Por encima de las estructuras de Comunidad Autónoma, que han devenido en un nuevo centralismo. El tren es un estandarte de protesta enorme, necesario. Es escandaloso en estos tiempos.

No nos refugiemos en la utopía como nuestros ancestros del siglo XVI. Doña María Pacheco, la viuda toledana, se exilió en Portugal. Los hijos de la España vaciada viven su exilio en las grandes ciudades. Es hora de reivindicar. Es hora de evitar el próximo gran golpe: el definitivo entierro de la España vaciada, en el momento en que el Estado se vuelque con Cataluña, cosa inminente, y con el corredor mediterráneo.

 

En Los Ruices, a 14 de junio de 2019.

 

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