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EL OBSERVATORIO DEL TEJO / JULIÁN SÁNCHEZ

La valentía de Arturo Pérez Reverte, únicamente puede ofrecer parangón a su genuina lucidez de ideas, a éstos efectos no hay más que dedicar mínima atención a las diferentes comparecencias que nuestro flamante periodista, escritor y académico ha efectuado recientemente ante diversos medios de comunicación españoles, para obtener de primerísima mano una confirmación al panorama político y social  que últimamente venimos presenciando en nuestro país, el cual está ofreciéndose todavía más en evidencia, como consecuencia de las próximas convocatorias electivas a las que estamos legal o reglamentariamente abocados.

Pérez Reverte comienza por aseverar la idea, a mi juicio irrefutable, de que “el peor daño de la humanidad son el fanatismo y la estupidez, y cuando están aliados ya son devastadores. Frente a eso, la cultura es el único antídoto, un pueblo culto no se deja manipular por los fanáticos ni por los estúpidos» (Sic).

Continúa sentenciando con otra perla nada rebatible: “En el siglo XVIII, la gente no tenía capacidad intelectual para enfrentarse, no tenía medios para acceder a ella. Hacían falta hombres buenos que tiraran de los demás. Ahora es distinto: existe televisión, Internet, prensa, la educación es obligatoria, así que quien es analfabeto hoy es porque quiere, quien ve ‘Sálvame‘ en vez de ‘Salvados‘ es porque quiere, nadie le obliga, ahora es voluntario. Entonces uno esperaba que la gente cambiara y ahora vemos que la gente es deliberadamente analfabeta. Pero incluso ahora hay gente buena con ese sentido intelectual heroico de la vida que intenta abrir las ventanas aunque sepa que es imposible o muy difícil” (Sic).

Otra de las perlas nada desdeñables de nuestro ilustre académico es el cariz que observa en nuestra democracia como consecuencia de sus razonamientos anteriores: «Si tenemos a un pueblo analfabeto, y tenemos democracias con pueblos analfabetos que son de baja calidad, un pueblo analfabeto es más manipulable y más prisionero de determinados discursos. Incluso con urnas, nunca hay democracia sin votantes cultos y lúcidos. Y que los pueblos analfabetos nunca son libres, pues su ignorancia y su abulia política los convierten en borregos propicios a cualquier esquilador astuto, a cualquier manipulador malvado. A cualquier periodismo deshonestamente mercenario” (Sic).

                Y en referencia a nuestros políticos tampoco tiene empacho en sentenciar: «Los políticos son cómplices, se necesitan mutuamente. Tras pelearse en el Parlamento, fuera les falta besarse en la boca casi con lengua» (Sic).

Que la evidencia propia de que la incultura popular siempre ha venido caminando detrás del “salvador” de turno mediante la intención de que pueda ofertarles sensaciones de seguridad y protección, se ha constituido como una constante en países de pronunciada carencia de conocimientos, bien por nimia necesidad o por simple apatía o dejadez. En nuestro contexto y área de influencia sociocultural, la aparición del  “salvapatrias” fue siempre una circunstancia difícil de erradicar. En nuestra historia más reciente se vino a hacer patente en su momento con Franco y lo ha venido siendo del mismo modo en diversos países hispanoamericanos, en primer lugar con salvadores de extrema derecha, a los que posteriormente fueron siguiendo en alternancia los de extrema izquierda. Siempre los extremos andan conexos en su punto máximo.

Todos los “salvapatrias” suelen actuar en nombre y representación del pueblo y se arrogan su redención del enemigo cardinal y terrible que les asola y saquea. Para el dictador Franco y los autócratas militaristas de la derecha el enemigo era el  temible comunismo originario de toda fuente del mal, mientras que para los sátrapas de izquierda el terrible enemigo a erradicar no viene a ser otro que el mercado financiero, terrible opresor y esquilmador de recursos púbicos. Ambas situaciones caldo de cultivo para azuzar la indignación popular atrayendo el agua hacia el movimiento de las aspas del molino propio, la falta de discernimiento público haría el resto.

Nicolás Maduro justifica el actual estado de represión en su país en sus bestias negras a las que ya recurría el desaparecido Hugo Chávez; el capitalismo opresor norteamericano y la interacción de la extrema derecha española encabezada por la “fiera” Rajoy. Siempre la dictadura legitima su acción sobre la base de algo etéreo, pero definido, muy grotescamente, pero directamente definido.

No viene a resultar por ello nada extraño que en el Parlamento Europeo los grupos de extrema izquierda encabezados por Podemos, no se mostrasen propicios a condenar la resolución planteada en la Cámara por los diversos grupos parlamentarios referente a la condena de la represión en Venezuela, y no hicieron simplemente porque nadie vota nunca en contra de sus propios intereses y compromisos.

Y ¿cuáles son los intereses y compromisos de Podemos? Nos lo dicen muy claramente notables personalidades venezolanas cuyas declaraciones acopia la edición digital de Vozpopuli del 2 de febrero pasado. Un artículo que recoge la declaraciones del presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Diosdado Cabello, en el que ha equiparado la formación griega Syriza y a Podemos con el chavismo, donde textualmente el número dos del gobierno venezolano manifiesta: “Ahí está lo que pasó en Grecia, ahí está lo que va a pasar en España más temprano que tarde. Eso es el chavismo, que anda dando la vuelta al mundo entero. Ahí están y preparan una nueva salida” (Sic).

Idéntico pronunciamiento empleó el embajador venezolano en España, Mario Isea en un informe entregado en noviembre pasado a los diputados del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y que también recoge dicha publicación: «De concretarse el acceso de la izquierda en España, sería posible que España sirva de plataforma de difusión para toda Europa de los logros del modelo de integración impulsado en Latinoamérica; se debilite la presencia de la Alianza del Pacífico y se fortalezca la presencia de ALBA y Mercosur; se debilite el consenso belicista de la OTAN; España se constituya como un fuerte aliado de Venezuela en la Unión Europea» (Sic). Por mucho que nieguen y escondan intenciones, las evidencias ya no pueden quedar más tiempo ocultas.

El populismo nunca ha sido el cauce para el avance y la libertad de los pueblos, más bien todo lo contrario. El populismo no es otra cosa sino la utilización de la incultura popular para llevar a los pueblos hacia el corral de la recua. Para ello nada más que ofrecer a la masa en cuestión aquello que desea escuchar a los efectos de, una vez conseguido por la vía democrática el punto de poder requerido, proceder a consolidarlo mediante la socavación de las libertades y derechos públicos comenzando por la de expresión y todas las adyacentes al estado democrático y de derecho.

La diferencia entre un político corrupto y un dictador viene a radicar en la ley. El corrupto asume que conculca la ley y que por ello, si es descubierto, acabará con sus huesos en la cárcel. Sin embargo el déspota transgrede la ley, la destruye y perturba su articulado hacia la realidad de su propia conveniencia, transmutando la coexistencia pública en un redil, un auténtico chiquero en donde se hace imposible la convivencia si uno no se somete al determinamiento y la aquiescencia “generosa” del dictador.

Esa viene a ser la cuestión, menos “Salvames” y más “Salvados” pues, en el fondo, como bien insinúa Pérez Reverte, todo radica en un problema de incultura y ya va siendo tiempo de subsanarlo para consolidarnos definitivamente en una sociedad moderna y libre, capaz de hacer desistir a las embaucadoras fauces, tanto del séptico como del déspota de turno porque, a estos efectos, tanto monta, monta tanto.

Julián Sánchez

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