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CUADERNO DE CAMPO. LA NATURALEZA EN LA MESETA DE REQUENA-UTIEL
Javier Armero Iranzo. Martes 23 de febrero de 2016 
Este artículo es el último de la trilogía que he dedicado para contarles distintos aspectos que expuse en la charla divulgativa que sobre los mamíferos de la Meseta de Requena-Utiel tuve la oportunidad de impartir con motivo de la pasada Semana Medioambiental que organizó con gran acierto el Ayuntamiento de Requena y que, por cierto, gozó de una buena acogida por parte del público.

Este tipo de actividades propuestas por nuestras administraciones locales y abiertas a la participación de los habitantes de los municipios son muy necesarias y bienvenidas por sus ciudadanos. Cumplen una doble función. Por un lado fomentan la cultura medioambiental y potencian unos valores conservacionistas. Y por otro lado sirven de sensibilización y de cohesión social, aspectos que incrementan el grado de madurez de nuestra sociedad. Por mi parte no puedo dejar de sentirme agradecido a sus organizadores por permitirme aportar un granito de arena más en lo que respecta a la promoción del conocimiento y la defensa del patrimonio natural, en este caso el que constituyen los mamíferos que pueblan nuestro entorno.

El título que lleva hoy este Cuaderno de Campo hace referencia a la problemática que amenaza la continuidad de este valioso grupo de animales en la comarca, y que como hemos visto ya, se compone de un total de 49 especies adscritas a seis grupos taxonómicos diferentes: insectívoros, quirópteros, carnívoros, ungulados, roedores y lagomorfos.

Diversos factores inciden negativamente en este tipo de animales. Quizás la afección directa más importante sea el impacto de la persecución directa mediante la práctica de la caza. No en balde, este hecho ha sido el causante de la extinción en tiempos relativamente recientes de especies tan emblemáticas y tan bien conocidas por todos como el lobo y el lince. Ambos

desaparecieron de la Meseta de Requena-Utiel a lo largo del siglo XX por el acoso desmesurado a que fueron sometidos por todo tipo de artimañas: uso de cebos envenenados, cepos, lazos, disparos, captura y eliminación de sus camadas, etc. El ser humano se empeñó en acabar en nuestros montes con estos magníficos animales por considerarlos contrarios a sus intereses y a fe mía que lo consiguió. Un capítulo triste de nuestra historia más vergonzosa, sin lugar a dudas.

Muchos otros animales carnívoros también se persiguieron con saña, pero afortunadamente no siguieron el mismo destino. Me refiero a gatos monteses, nutrias, tejones, ginetas y otros pequeños depredadores. Hoy día, las cosas en relación a la caza han cambiado mucho y todos estos animales están protegidos por la ley. O por lo menos en teoría, ya que de vez en cuando nos llegan noticias de la muerte de algunos ejemplares por la insensatez de algún escopetero (no quiero utilizar el nombre de cazador por no

implicar al colectivo cinegético, que cumple con las normas y respeta el medio natural). Muertes por disparo (tanto efectuado con toda la intención de hacer mal, como por negligencia en el uso de su arma por confusión de objetivos al disparar, que igual de malo es). También mueren muchos carnívoros por el mal uso de las cajas trampas dispuestas para la captura de predadores en los cotos de caza, o por la colocación de lazos, que preceden a una agonía horrorosa al infeliz animal que ha tenido la mala suerte de toparse con él. Dramático fin en cualquier caso. Lejos de la cordura y la sensatez de una sociedad instalada ya en el siglo XXI.

El otro problema fundamental al que se enfrentan los mamíferos salvajes es la destrucción y la alteración del hábitat en donde viven. El desarrollo humano, tecnológico y social que se ha ido dando a lo largo de la historia, y especialmente en los últimos tiempos ha producido un cambio radical en la estructura de los paisajes naturales de la comarca y por tanto también en su biodiversidad. Desgraciadamente no ha habido la suficiente sostenibilidad deseable en el aprovechamiento de los recursos naturales. La convivencia entre el hombre y el medio ambiente no ha sido todo lo respetuosa que hubiese querido yo para conservar aquellos procesos ecológicos que, o bien se han perdido para siempre o bien se han mermado en exceso, poniendo en serio jaque a la continuidad, en este caso, de su fauna mastozoológica.

Ciñéndonos a las últimas décadas, y más concretamente a la mismísima actualidad citaré algunos ejemplos en que las alteraciones en el medio natural han podido afectar a la comunidad comarcal de mamíferos silvestres. En primer lugar las afecciones en el monte. Se podrían poner muchos casos. Por cuestiones lógicas de espacio para este tipo de ensayos divulgativos únicamente citaré dos bien conocidos por todos en la demarcación que nos ocupa: los incendios forestales y las grandes fincas valladas dedicadas a la caza mayor.

Los pavorosos incendios forestales que se dieron en las últimas décadas del siglo pasado supusieron una catástrofe inmediata para los bosques que desaparecieron en cuestión de horas bajo las llamas aniquilando de cuajo toda la biodiversidad existente y que luego cuesta tanto que retorne a su situación inicial.

Otro aspecto desagradable y habitual en los tiempos que corren en nuestros municipios es la proliferación de cercados de caza que, entre otros impactos negativos, imposibilitan el libre

tránsito de animales salvajes de un punto a otro e impiden su normal expansión biogeográfica. Para colmo, estas enormes fincas de ganado cinegético están repletas, en muchos casos, de animales impropios de estas latitudes y que alteran el delicado equilibrio ecológico de estos lugares por impactos relacionados con la erosión del suelo y la competencia por los recursos tróficos con las especies autóctonas. Gamos, muflones y arruís sobrecargan de esta manera el cupo de fitófagos que pueden soportar esos montes. Un absurdo de nuestra fauna comarcal que clama al cielo.

En el llano las cosas no pintan mejor. La excesiva homogenización del paisaje agrario comarcal repercute muy negativamente en el mantenimiento de una fauna salvaje que ha llegado a nuestros días, testigo de un pasado en que el hombre y la naturaleza convivían de un modo algo más cordial. Hoy los campos se están convirtiendo en unas asépticas producciones agrícolas carentes de toda vida. Y me da pena decirlo así, pero es lo que estoy viendo. Ya voy teniendo memoria histórica y compruebo numerosos cambios en el medio agrícola. La creciente intensificación agraria, especialmente llamativa en el caso del viñedo, buscando una mayor producción ha mermado drásticamente su biodiversidad ligada al hombre tras miles de años de relación.

Los mosaicos agroforestales cuajado de setos vivos, los abundantes ribazos vegetados con ciertos arbustos e incluso árboles han ido desapareciendo, aprovechando así más metros de superficie cultivable. Comadrejas y tejones buscaban estos medios donde sabían que era fácil capturar topillos, ratones, musarañas y toda esa legión de micromamíferos que aprovecha los recursos de un entorno variado y rico en alimento. Hoy el paisaje ya no es así. El paisaje es mucho más monótono; más pobre.

Las cepas cuentan con modernos sistemas de riego por goteo, con el consiguiente aprovechamiento de las aguas subterráneas y que ha  hecho secar ostensiblemente manantiales, fuentes, e incluso amenaza con dejar sin agua al río Magro, verdadero reservorio de vida silvestre de la meseta agrícola comarcal. La estructura emparrada de los viñedos ofrece muy poco atractivo a la fauna, tanto invertebrada como vertebrada. Para colmo, el uso de productos químicos que se distribuye por el sistema de riego por goteo perjudica notablemente a los animales que acuden allí a beber. Son muchos los paisanos que aseguran que desde luego ahora no se ven tantos pájaros, ni animales en general, en los cultivos por estas razones argumentadas. El campo está dejando de ser atractivo para los animales. Estamos simplificando demasiado la naturaleza.

De los ríos hablo también con pena. Especialmente de mi querido Magro. La contaminación de sus aguas, que llegó a ser realmente vergonzosa hacia finales del siglo XX, y la destrucción de sus riberas después de tantos siglos de ocupación humana, lo ha dejado en unas condiciones lamentables. Si a esto le añadimos su cada vez más escaso caudal, tengo razones de peso para pensar que este todavía valioso ecosistema acuático necesita la ayuda de todos para recuperarlo. Las ratas de agua, interesantísimo endemismos ibéricos; los rarísimos topillos de Cabrera que todavía viven en algún rodal de juncales y praderitas próximas al cauce, o las nutrias, de reciente colonización fruto de su creciente expansión territorial que las está retornando a parajes como éste donde desapareció hace ya muchos años, necesitan de una protección de sus dominios vitales.

Los ríos Reatillo y Regajo, afluentes del Turia, y las ramblas de Hórtola y Albosa, afluentes del Cabriel, y por supuesto este mismo río también tienen sus propias problemáticas de conservación que afectan a sus comunidades de mamíferos allí instaladas. La mejor manera de conservarlas es, sin lugar a dudas identificar sus amenazas y ponerles  remedio. Conservando el hábitat conservaremos su biocenosis. Sencillo pero difícil a la vez en cuanto son muchas situaciones que revertir.

Hay mucho trabajo que hacer para evitar que ciertos mamíferos acaben en la larga lista de animales en peligro. Problemas hay muchos y variados. He aquí

algunos ejemplos más: el atropello en carreteras; el ahogamiento en balsas de riego o de extinción de incendios, que carecen de rampas de salida de animales; la presencia en el medio natural de especies invasoras que, como el visón americano o el mapache, ponen en peligro la continuidad de otras autóctonas; la destrucción de refugios de cría o de invernada de murciélagos, tanto en cavidades naturales como en construcciones humanas; etc.

Podemos y debemos proteger la naturaleza, pero contando con las personas, porque éstas también forman parte de ella. Hemos de ser capaces de armonizar el necesario desarrollo humano con la conservación de nuestro patrimonio natural.

La solución, o mejor dicho las soluciones a toda esa lista de amenazas descritas están en nuestras manos. Y la mejor manera de aplicarlas es informar y sensibilizar a la sociedad de que estos problemas existen. Actividades como la celebración de la Semana Ambiental de Requena permiten hacerlos visibles. La divulgación y la educación ambiental son las mejores armas (nunca mejor dicho) para desarrollar el amor por el medio natural y el compromiso con su defensa. Por supuesto, esa también es la razón de ser del Cuaderno de Campo.

Por los mamíferos silvestres de Requena-Utiel. Disfrútalos, quiérelos, cuídalos.

JAVIER ARMERO IRANZO

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