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LA BITÁCORA DE BRAUDEL/JCPG

Corría un aire fresco y seco. En el fondo parecido al que refresca los veranos en las noches veraniegas de nuestra tierra. El paisaje es algo más seco. La emoción es intensa: nada menos que la milenaria Jerusalén, la ciudad santa de las tres religiones monoteístas. Edificios cubiertos de su famosa piedra, nos esperan, lo que da un tono grisáceo a los colores de este conjunto de colinas que compone la ciudad. “Jerusalén está fundada sobre piedra bien compacta,…”

No todo es tan bonito. Como se sabe Jerusalén es la capital del Estado de Israel. Leí el libro de Montefiore es casi al completo antes de salir para Jerusalén. Me sorprendieron algunas cosas que vale la pena comentar aquí. «Durante mil años, Jerusalén fue sólo judía; durante alrededor de cuatrocientos fue cristiana, y durante mil trescientos musulmana, pero ni una sola de las tres religiones logró jamás ganar la ciudad por otro medio que no fuera la espada, el mangonel o la artillería pesada». Y esta es la sensación que sigue imperando hoy. Los judíos hicieron sus templos. Llegaron los musulmanes y construyeron la mezquita de la Roca sobre un lugar sagrado hebreo. Saladino tapió una de las dos puertas del santo Sepulcro porque después de la escabechina de la conquista de la ciudad iban a quedar bien pocos cristianos. Los judíos de hoy han convertido Jerusalén en su capital. Una escalada peligrosa de venganza que no puede traer nada bueno.

Jerusalén es, según el historiador británico Simon Sebag Montefiore, una gran contradicción en sí misma: es la ciudad más sagrada y, al mismo tiempo, la menos santa; la más bella y la más fea del mundo; la más poderosa y la más débil. Todo en un mismo lugar, un pequeño rincón del planeta en el que ya se había asentado un núcleo de población hace siete mil años y que ha protagonizado algunos de los episodios más sangrientos de la historia de la humanidad.

Hoy la ciudad es de dominio israelí. Pero ahí están los musulmanes. También los armenios. Y los cristianos, que cada día son menos. Es un símbolo del odio entre civilizaciones, entre religiones que pretenden monopolizar la verdad. El rigor de los religiosos, judíos y musulmanes, es evidente y se palpa a cada paso. Es como si los extremismos estuvieran aquí reunidos. Los musulmanes parecen saber que el poder no les pertenece y se mantienen a la espera, en calma tensa. Mientras, los israelíes hacen gala de su poder, con sus armas por la calle. No ya porque el servicio militar, que es tanto masculino como femenino, sea de tres años, sino porque hay mucha gente que anda armada por estas tierras; tienen autorización para ello. No sólo llevan revólveres, sino subfusiles. Una mezcla curiosa: el chaleco interior del sabbath, el sobrero negro y el subfusil colgado en un hombro.

Sin duda, el nervio judío, religioso que expresa la capitalidad del Estado de Israel en la ciudad de Jerusalén acaba contaminándolo todo. Fue el resultado de la guerra de los seis días, en 1967. La conquista, la venganza, el nacionalismo, se ven con claridad en los túneles del Muro de las Lamentaciones. Pero también en las ruinas de Masada, en pleno mar Muerto. El nacionalismo hebreo lo impregna todo. El Estado Islamico estaá demasiado cerca. Vivir sobre un polvorín y además encender constantemente la lumbre cerca del almacén de la pólvora.

En Los Ruices, a 22 de julio de 2015.

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