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LOS COMBATIVOS REQUENENSES // Víctor Manuel Galán Tendero.

Los espías no han gozado del mismo aprecio que otros combatientes, mancillados como traidores, pero su aportación ha sido fundamental para vencer, mucho más allá de la Guerra Fría. España tuvo desde antiguo sus 007 y sus embajadores desplegaron con maestría redes de espionaje complejas por una buena parte de Europa desde el siglo XVI.

Durante la Guerra de la Independencia, toda la información era esencial para conocer los movimientos e intenciones del adversario. Las guerrillas interceptaron correos napoleónicos, a veces ciertamente comprometedores, pero en aquella España en guerra los confidentes proliferaron por diversos motivos.

De inicios de enero a fines de diciembre de 1811 situó en Requena su centro de información y espionaje Antonio Capetillo. Respondió ante el secretario Eusebio de Bardají y Azara, el diplomático que se convirtió en el secretario de la Guerra y Hacienda con las Cortes de Cádiz, necesitado de noticias sobre lo que sucedía más allá de la Tacita de Plata. Capetillo actuó como sus ojos, empleando emisarios y confidentes tan osados como el padre guardián de Valverde, que desafió las inclemencias de un tiempo infernal para dar cumplida noticia de lo que acontecía en Castilla la Nueva.

Algunos de sus correos eran detenidos por las mismas fuerzas españolas, que creían descubrir agentes napoleónicos infiltrados. El pasaporte expedido por el comandante militar de Requena no los libraba de la amenaza, bien cierta, de morir fusilados.

Capetillo tuvo que abandonar Requena ante el avance de las fuerzas napoleónicas en la Península, que parecían a punto de cantar victoria en la guerra regular. Aquél no dudó en señalar los defectos de los jefes militares españoles, en ocasiones desunidos. Sus confidencias pasaron de lo militar a lo político cuando apuntó a las mismas juntas como responsables del desorden. El jefe de espías apreciaba el mando unificado.

El pesimismo que destilan muchas de sus cartas no le impidió, en absoluto, fijarse con atención en la marcha por Irún de no pocos soldados napoleónicos. Interpretó con perspicacia tales movimientos como el prolegómeno de las hostilidades de Napoleón con el zar de Rusia. Desde Requena analizó con finura toda aquella información que le llegaba de cualquier rincón peninsular y no dejó de remitirla a la asediada Cádiz, avanzando bastantes meses el problema que terminaría derrumbando el imperio napoleónico, ya fatigado por la carga militar.

Ya es célebre recordar que la CIA no se enteró del derrumbe soviético hasta que le saltaron encima los cascotes del Muro de Berlín. El jefe de espionaje Capetillo, sin embargo, supo ver desde Requena que los españoles contrarios a Napoleón se enfrentaban con un coloso con los pies de barro.

ARCHIVO HISTÓRICO NACIONAL.

Secretaría de Estado y del Despacho, 3010 (expediente 1).

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