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LA HISTORIA EN PÍLDORAS. IGNACIO LATORRE ZACARÉS

El agua siempre ha sido un bien preciado, más en una comarca de secano como la nuestra donde a veces la sequía llega a ser muy severa. En los últimos años, además, se ha convertido en uno de los temas nacionales principales, con esa famosa “guerra del agua” entre comunidades autónomas del interior (donde nacen y crecen los ríos) y del litoral (donde se va el agua y muchas más cosas). Se llegó a decir en plena disputa del agua que la única división en España que quedaba era entre la húmeda y la seca y que los trasvases iban a revertir esta ancestral situación.

En la Meseta, desde antiguo, se ha aprovechado cualquier hilo de agua que surgía en nuestro agro. Hasta parcos veneros ya exhaustos como el del Tollo de la Perrilla en Casas del Rey daban lugar a sistemas de riegos con su sistema de acequias, turnos de aguas y la figura del “alcalde de aguas”. Junto a estos sistemas de irrigación pequeños (muchos en la comarca) aparecen otros de mayor extensión y que superan los límites municipales como los del Magro cuya red de acequias van de Caudete hasta Campo Arcís.

Las primeras actas requenenses del s. XVI ya reflejan la complejidad de acequias que discurrían por la ciudad y el agro: acequia de la Vega, río grande, acequia de Campo Arcís, acequia de los molinos de Rozaleme, etc. La huerta ha sido una fuente de supervivencia fundamental para los requenenses desde hace siglos. Es más, las primerizas discordias y concordias entre Requena y Utiel del siglo XIV nos describen los complicados pactos, muchas veces no cumplidos, para que las aguas del Magro fueran aprovechadas por las poblaciones que surgían a su paso (todo ello bien recogido por el utielano José Luis Martínez en varias publicaciones).

El anhelo del agua ha hecho, históricamente y en la actualidad, aguzar el ingenio para aprovechar el oro líquido. Cuál fue mi sorpresa cuando escrutando en el Archivo Municipal de Cuenca sus actas, leo en una de junio de 1464 que el Obispo de Cuenca concedía 2.000 maravedíes al requenense Antonio Giménez para emplearlo en el ensayo de un artificio destinado a subir el agua del Júcar hasta la Puerta de San Juan de Cuenca. No sabemos cuál era el “ingenio” que propuso el creativo requenense al mitrado conquense, pero la abrupta disposición de Cuenca obligaría a una maquinaria digna de mención.

Otras veces, se intentaba trasvasar el agua de unos ríos a otros. En 1850 los regantes valencianos, ávidos de agua, proyectaron encauzar las aguas del río serrano Ojos de Moya al Turia, en vez de su destino natural, el Cabriel. El proyecto no llegó a cumplirse. En realidad, desde el s. XIV ya estuvo Valencia y su huerta intentando llevar agua al Turia desde el Júcar.

Tampoco estaba contenta en 1878 la Junta de Gobierno de la Acequia Real del Júcar que constataba cómo las aguas llegaban con una notable disminución a los pueblos valencianos ribereños. Esta disminución hídrica mermaba los posibles excedentes agrícolas de los regantes del Júcar, aguas abajo de Cofrentes (¿les suena señores?). Así pues, decidieron nombrar una comisión con el objetivo de que inspeccionara los presuntos aprovechamientos de agua irregulares que se estaban produciendo en los ríos Júcar y Cabriel por la felona gente del interior (nosotros ¡claro!). Así pues, el 21 de septiembre de 1878 partió hacia Cofrentes, Cabriel arriba, el ingeniero Martorell con el propio presidente y algunos miembros de la Junta de Gobierno del Júcar y una pareja de esforzados guardias civiles. Remontaron el bello y traicionero Cabriel hasta Cañete y después bajaron el Júcar apuntando toda la numerosa infraestructura hidráulica que les salía al paso. Sólo en el Cabriel encontraron 45 presas y azudes, 18 molinos harineros con 53 piedras o muelas, 5 batanes, 1 martinete laminador de hierro y cobre en Contreras y 15 norias y ruedas hidráulicas. Las estimaciones de hanegadas de huerta regadas ascendían a más de 9.500. Lo curioso es que el ingeniero Martorell describió el río con la frialdad típica de su profesión, pero, amigos, cuando llega al final del Cabriel, le da rienda a la subjetividad (¿u objetividad?) y escribe: “Llevando una gratísima impresión del pintoresco cuanto accidentado valle del Cabriel, lleno por todas partes de bellezas naturales, de incomparable efecto, ya de imponentes murallones verticales de colosal elevación, ya de frondosísimos bosques, en donde reposan los pasados siglos, ó bien de vistosísimos saltos con sus rosarios de cascadas y sus irisados cambiantes”. Ahí queda o quedó.

En 1950, los regantes valencianos, siguen en su empeño de “llevarse las aguas a su molino”, y con la apertura del expediente de construcción del pantano de Contreras, solicitaron un trasvase del Cabriel al Turia canalizando agua desde el embalse de Contreras al de Benagéber, aprovechando la diferencia de altitud de 52 metros y la corta distancia de 32 km. entre ambos pantanos.

En ese mismo año de 1950, el decano Feliciano Yeves, nos narró como todos los alcaldes de la comarca, incluida Mira y excluida Villargordo, presentaron una alegación al anteproyecto de embalse de Contreras. El anteproyecto citado, además de Contreras, diseñaba otro embalse Cabriel arriba, concretamente entre Pajaroncillo y Boniches. La comarca, casi todos a una, reivindicaron la posibilidad de que parte del agua del futurible pantano de Pajaroncillo fuera canalizada a la gran llanada comarcana desde Mira a El Rebollar para que permitiera un riego de invierno y otro de secano a 24.000 hectáreas de cereal y viña, sin querer competir con la huerta de Valencia. Esta propuesta volvió a ser reivindicada en 1972 desde el Consejo Económico-Social y Sindical de la comarca. Pero, finalmente, el embalse de Pajaroncillo, no se llegó a construir. Quedó sobre el papel, igual que la propuesta de los alcaldes comarcanos. El interior seguiría viendo pasar el agua, sin poder aprovechar parte de ella.

El agua siempre en el centro de la polémica, como la ha habido en La Mancha y La Manchuela con la extracción de aguas del acuífero para el riego agrícola que ha producido la desecación de numerosos manantiales (bien recogido este aspecto por Gregorio López http://www.ventadelmoro.org/historia/ecologia/Fuentes_28.htm). En la comarca, el riego de las viñas implantado desde pocos años atrás también ha producido tensiones internas entre los agricultores, especialmente cooperativistas, llegándose a casos de hasta división casi prácticas de aldeas como la que nos narró nuestro compañero de columna, Juan Carlos Pérez, en el número 21 de la revista “Oleana” sobre agua y ruptura social en Los Ruices (http://contenidos.requena.es/archivo/oleanas/Oleana21-2006.pdf).

El problema de siempre: llevarse las aguas al molino de cada cual.

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