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LA BITÁCORA DE BRAUDEL /JCPG

Apurando las últimas horas de este de viaje de estudio por tierras gaélicas, que, por cierto, no resultan tan extrañas para un visitante español, he tenido la oportunidad de acceder a ciertos trabajos de historiadores irlandeses e ingleses que se muestran especialmente preocupados por el papel legitimador de un grupo de historiadores británicos que parecen apuntalar desde los presupuestos de la historia el creciente escepticismo británico ante lo que significa la Unión Europea.

Se trata del grupo “Historians for Britain”. Es curioso que uno de los representantes más conspicuos de este grupo sea el profesor David Abulafia, quien, como saben mis colegas, es experto en temas del Mediterráneo histórico. Sorprende porque si algo ha venido subrayando su obra es la tremenda, intensa interconexión de las sociedades que viven y han vivido mirando al mar Mediterráneo, desde la Antigüedad.

Efectivamente, los pilares del grupo, para ser sumario y no resultar en exceso pesado, son los siguientes:

  1. Gran Bretaña constituye una especificidad histórica en sí misma. Vamos, que vienen a subrayar la ya vieja cantinela de la evolución independiente del mundo británico con respecto al continente europeo. La idea es bastante vieja y procede de la historiografía wigh decimonónica. Quizás arranca del rechazo de Burke a la revolución de Francia. Como Gran Bretaña no habría conocido terremotos históricos similares a los continentales (ciclo revolucionario que se inicia hacia 1760 y concluye en 1871), el país –siempre según este argumento- pudo consolidar un sistema político capaz de evolucionar pacífica y paulatinamente hacia la democracia. No entraré en pormenores, porque cuando se desciende al matiz, el cuadro de las cosas y las ideas esquemáticas se transforma en otro escenario.
  2. Por el contrario, la evolución europea, que no conocía el vigor del parlamentarismo británico, construyó un modelo político, el absolutismo que condujo a esas grandes convulsiones que llevaron a la Primera Guerra Mundial.

Bien. Todo esto es debatible. Pero lo significativo es que lo europeo pierde fuelle. La situación del euro, la crisis griega, la emergencia del problema alemán, el empeño en el control de la inflación, producen un escepticismo que hace a algunos historiadores volver sobre las esencias patrias.

Nada tengo contra esta vuelta. No puede ser de otro modo cuando uno acaba inmerso en la investigación de su tierra. Pero, ¿nos podemos permitir este ombliguismo? Para mí la respuesta es claramente que no. La historia es interacción, entre personas, entre ideas, entre culturas, entre regiones, entre países. ¿Puede entenderse la historia de nuestra Meseta sin el acompañamiento de sus vecinos? Una perspectiva restrictiva, como la de Historians for Britain, conduce directamente a la locura y la paranoia.

Voy a rehacer una frase de Maassimo D´Azeglio: “Hemos hecho Europa; ahora tenemos que hacer europeos”. Hay que hacer conscientes a los europeos de sus intensísimas relaciones. E incluso superar este principio, porque en España sabemos bien que nuestras interconexiones con la otra orilla mediterránea son tan relevantes como nuestros puentes con Europa.

En fin, cosas de los viajes.
                En Dublín, a 5 de agosto de 2015.

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