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EL OBSERVATORIO DEL TEJO /Julián Sánchez

Tal y como preveíamos la pasada semana, comienzan los problemas en Grecia en su periplo desafiante ante la Troika comunitaria, organismo  al que manifiestan no reconocer a la hora de plantear la tabla de negociación de su nueva situación política económica.

Pero ¿Qué significa la palabra Troika? Pues dicha institución es un órgano integrado mediante la composición de tres organismos multilaterales, como vienen a ser el Banco Central Europeo (BCE), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Comisión Europea (CE). Dichos organismos están constituidos por varios países, y sus funciones específicas consisten en efectuar de forma conjunta el estudio de la situación económica de los países en dificultad de financiación, con el objetivo de señalarles qué medidas y reformas económicas deben llevar a cabo si pretenden sanear sus cuentas y crecer. Si el país en cuestión se aviene a admitir y llevar a cabo las indicaciones establecidas por la Troika, podrá acceder a la financiación del FMI o del BCE. Si, por el contrario, el país no obedece a la Troika, el resultado que habrá de experimentar será la negativa a acceder a la financiación solicitada.

El anuncio efectuado por el nuevo Gobierno griego  de Alexis Tsipras ha afirmado que rechaza a la Troika, o lo que viene a ser lo mismo, al FMI, Comisión Europea y Banco Central Europeo como interlocutores, bajo la manifestación de Yanis Varoukafis el nuevo superministro de finanzas griego: “No estamos dispuestos a trabajar con una delegación tripartita antieuropea que no tiene razón de ser”, ha llenado de estupor a los medios económicos de la UE y, en consecuencia, sus resultados no se han hecho esperar.

Desde Fráncfort se anunció en la noche del pasado día 4 que el BCE cortará el grifo de liquidez de la banca griega a partir del siguiente miércoles ante las serias dificultades para cerrar con éxito el rescate actual y de acordar una extensión o un nuevo programa de ayuda. A los efectos de no estrangular definitivamente su economía, la UE permitirá a la banca griega una última válvula de escape, la denominada línea de financiación de emergencia con el objeto de evitar el desastre, o lo que conocemos bajo la denominación impopular de “corralito”. Pero esas líneas denominadas oficialmente como ELA, son muchísimo más restrictivas y más caras que la ventanilla del BCE.

En consecuencia, la medida encarece de un plumazo los costes de financiación de las entidades helenas, y con ellas las del Estado griego. Ni siquiera es descartable que intensifique la huida de capitales, según los analistas. En una jugada política de primera magnitud, Draghi obliga así al Gobierno de Alexis Tsipras a negociar a contrarreloj, ante la previsible presión del mercado y sus consecuencias inmediatas. La devaluación inmediata del euro y su correspondencia en el continente americano fueron sus primeros indicadores; Wall Street pasó de las ganancias a las pérdidas, pero lo más peligroso para Grecia vino a ser que la agencia de calificación de riesgos Standar & Poor´s (S&P), dejó el rating de Grecia en B- con perspectiva negativa, es decir, podría seguir bajándolo y, recordemos, ya estaba en calificación de bono basura.

Con el cierre del grifo los problemas de Grecia se multiplican, especialmente se elimina su propuesta de financiarse emitiendo deuda a corto plazo que habitualmente deben comprar sus bancos y colocar en el BCE, en consecuencia y bajo la nueva perspectiva, deberán colocarlas en el banco central griego, en consiguientemente, si el BCE obliga al banco central griego a restringir la deuda que acepta por ese flanco, las posibilidades de Grecia se sobrevivir sin un rescate o al menos una extensión serán inexistentes. Todo ello hace imprescindible la idea de que Grecia y los socios alcancen un acuerdo puente para evitar un problema grave en las próximas semanas, o de lo contrario sus consecuencias pueden llegar a situaciones realmente indescriptibles.

Y es que más allá de las consecuencias económicas de esta jugada de Mario Draghi, está la política. Lo que de verdad plantea el BCE es que cualquier decisión encaminada a desactivar a la Troika o renegociar los ajustes en Grecia no se puede dar por hecho como positiva. Es decir, que Frankfurt se ha blindado ante posibles tensiones en las negociaciones, y ha dejado el balón en el tejado de la política. Por consiguiente, una cosa vienen a ser las bravuconadas que se suelen emplear en los mítines electorales para atraer a una enfervorecida, pero poco informada, clientela, y otra cosa es su planteamiento ante los reales escenarios de actuación. En consecuencia y visto lo visto, cualquier vuelta de la banca griega a los círculos normales del BCE tendrá que pasar, necesariamente, porque el supervisor bancario acepte el futuro marco acordado.

En medio de todo esto lo que persiste es la idea de que a ambas partes no les interesa, ni de lejos, la salida de Grecia de la zona euro y menos que a nadie a la propia Grecia, en consecuencia, el interés por evitar una salida griega de la zona euro subyace en el ambiente, pero realmente será inevitable si no se alcanza un acuerdo rápido a la enconada situación, siempre teniendo en cuenta que la misma debería hacerse efectiva bajo el requerimiento inapelable de que Grecia vaya al Eurogrupo como una parte negociadora razonable y sin imposiciones unilaterales.

Tanto en Grecia, como en el futuro todos los países periféricos (entre ellos España) deberemos de entender, la idea de que aunque desde la propia Europa se venga propiciando la conveniencia de conseguir la definitiva unión monetaria, política y fiscal de todos sus miembros, esta no va a conseguirse echando pulsos a las instituciones debidamente constituidas tratando de  imponer criterios unilaterales, sencillamente porque debe ser entendible que los electores y contribuyentes europeos en general y alemanes en particular, no estén dispuestos a pagar con sus impuestos o sus ahorros, los desequilibrios generados y provocados por otros países donde el despilfarro, la corrupción y la mala administración han sido utilizados como moneda de cambio habitual y luego saquen pecho tratando de demostrar a sus electores la apariencia de un poderío negociador el cual están muy lejos de ostentar de forma efectiva.

Se puede estar de acuerdo que en las negociaciones con la UE, los periféricos aduzcan razones de solidaridad y asunción del común de los problemas, pero deben también ser conscientes de que a cambio les vayan a proponer la aceptación de otros criterios basados en motivaciones de responsabilidad y seguimiento de las reglas de oro presupuestarias, simplemente porque el seguimiento de estos parámetros han venido siendo los pilares del desarrollo efectivo de la propia comunidad desde sus inicios.

Tomemos nota en este país nuestro de esta prevista evidencia y no nos dejemos llevar por cantos de sirena populista los cuales bajo una promesa de nuevo paraíso no llegue a llevarnos más que hacia un más que previsible “corralito” donde la miseria, el paro y la pérdida de libertades sea la consecuencia de un espejismo al que muchos, bien por desconocimiento o por un revanchismo unilateralmente entendido, se están dejando llevar.

Julián Sánchez

 

 

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