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LA BITÁCORA // JCPG

Desplegaba una mirada misericordiosa, y, al mismo tiempo, dispuesta a la batalla. Es lo que les sucede a quienes llevan en su alma tanto pasado aprehendido como conciencia del presente. En la seguridad de que aquellas tierras, estaba la tierra misma, poblada de carrascas y pinos, sembrada de tanto en tanto por barrancos, tajos sinuosos en la tierra que hacían las delicias de conejos, zorros y otros animales, como los palomos, dados ellos a perforar los terreros para cobijarse y elaborar sus delicados nidos. Se estaba poniendo el sol, lo que en verano alcanza unos  rasgos de espectacularidad que las urbanas gentes difícilmente advierten. El recortarse de la luz del sol en la Ceja estaba convirtiendo la corteza del horizonte en un cuadro que se perfilaba con líneas muy especiales.

No era mal sitio para cobijarse de un sol enérgico, capaz de quemar la ropa. Estaba bajo la sombra de una vieja higuera. Era vieja cuando, de niño, hacía aquellas constantes salidas de la aldea en bici, acompañado de los amigos. Era vieja cuando subía por sus ramas a coger los higos. Era vieja ya cuando a Fernando se le hincharon los huevos de tanto ir y venir por aquellas inmensas ramas. Ahora, anciana, daba buena sombra y, además, podía considerarse con suerte, porque, dadas las circunstancias, había sobrevivido a la revolución que había transformado por completo aquel espacio. Tal como decía F.Braudel, una revolución es una transformación profunda, un aliento enérgico que cambia la vida y relega un modo de vida arcaico. Jorge Manuel reconocía que los cambios habían sido verdaderamente revolucionarios. Grandes tractores; mecanización extrema; varios coches. ¿Algún agricultor cuarenta años atrás podía imaginar algo así? Los veía diariamente desplegar aquel imponente armamento agrícola, dispuestos a comerse el mundo. Esta tierra tiene su dinámica propia, tiene una música privativa, pero no deja de estar atenta a la historia global.

Habían tenido lugar cambios profundos y hasta drásticos. Era otros tiempos aquellos en los que el abuelo subía con las ovejas a lo alto del cerro, y él lo acompañaba detrás corriendo. El perro hacía de las suyas con las ovejas y ellos recorrían la cumbre mientras vislumbraban un conglomerado de viñas y monte. Aún quedaba monte, pinos, carrascas. “Cuando tu padre compró el tractor, muchos me dijeron, y yo mismo lo pensé, que aquello iba a destrozar las viñas”, me decía. No fue así, pero lo que era contemplado como sacrilegio: quitar las hilas pegadas a los ribazos y las hormas, se realizó sin problemas, porque la nueva máquina exigía mayor espacio que las caballerías. La juventud suele ser la más atenta a la novedad; es una cuestión absolutamente natural.

Tal vez andaba bien encaminado Joseph Conrad cuando escribió aquello de que la juventud carece de momentos, pues todo es ilusión y promesa. “Cierra uno tras sí la puertecita de la infancia, y penetra en un jardín encantado. Hasta sus mismas sombras tienen un resplandor de promesa. Cada recodo del sendero posee su seducción” (página 23). Es así, en la realidad. ¿Qué ocurre cuando se penetra en la región crepuscular de la madurez? Todo se transforma. Se percibe lo efímero de las cosas y de las personas. Se cae en la cuenta de las fragilidades que le aquejan. Siempre el hombre ha sido frágil, ante la Naturaleza, ante la enfermedad.

Efectivamente, en las palabras de su abuelo, aunque muchas conversaciones ni siquiera podía recordarlas ya, en las palabras de su padre, más cercanas, más recientes, percibía el pasar del tiempo, lo aprendido con la experiencia. Siempre apreció aquellos comentarios. Ya no se hace caso de los viejos, le dijo un día su abuelo, palabras más o menos; y remataba subrayando que si nos (se refería a los viejos) escucharan, no harían lo que hacen.

La jornada siguiente fue dura, muy dura. Cuando abrió la puerta, el mundo entero se le vino encima. Allí, al fondo, estaba el tractor, los arados, los getafes abandonados hacía tiempo, el atomizador. Veía nítidamente a su padre conduciéndolo, labrando en la viña, con el remolque de uva hasta los topes, orgulloso y seguro de sí mismo. Cada arandela, cada reja de arado, cada herramienta, le conducía, de modo irremediable, a lo mismo. Espíritu golpeado por los recuerdos y por las sombras del pasado.

Durante el verano, en esta tierra, cada tarde mientras no se entretenga en otras cosas, se mueve el viento solano. El aire de arriba, tórridamente mortal, se detiene a media tarde, derrotado por el fresco y húmedo solano, dispuesto a aliviar los calores. Hay tardes de calor ardiente, en las que uno se pasa las horas anhelando la llegada del viento solano. El clima y el tiempo climático son actores violentos en esta tierra, y la generación de tormentas con piedra no deja de preocupar al agricultor. El verano es el vestíbulo de la recogida de la cosecha anual, de la vendimia. He aquí la raíz de tales preocupaciones. Así que, una vez más es la geografía la que esboza los rasgos de la tierra; mas no nos engañemos, es la historia, el pasado, la que ha esculpido particularismo que le dan a la realidad del hoy esos tonos deleitosos.

El verano había sido fresco hasta ahora. Eran esas violentas tormentas, con pedrisco abundante en algunos casos, las que preocupaban a todos. Jorge Manuel, o simplemente Manuel, como le gustaba que le llamaran, reconocía la realidad científica del cambio climático, pero no dejaba de pensar que el propio Platón, en la antigua Grecia, ya advertía de las oscilaciones del clima, con un lenguaje muy parecido, salvando distancias y conocimientos científicos, al que utilizan los especialistas actuales.

Como en los viejos tiempos, el vecino, Crispín, un hombre alto, enjuto, seco como los palos secos del monte, se presentó por allí. En verano, las labores campesinas se reducen a mínimos, y es el tiempo del trato con vecinos y amigos. Es el tiempo de las tertulias, los corrillos; a eso venía Crispín. Pasar el rato de casquera. ”No sales de la gazapera, como los conejos; menuda calor; el sol se ha aplicado bien esta tarde, por la calle no se oía ni una mosca”, le soltó, a modo de saludo, el bueno de Crispín. Demasiado calor, desde luego.

Crispín estaba tuerto, y esto contribuía a darle un aspecto poco atrayente, lo que se unía a su hablar dificultoso, como gangoso.  Al parecer lo del ojo provenía de ciertos problemas que se buscó en la juventud, y de los que no deseaba hablar demasiado. Desdentado, la mandíbula inferior tendía a juntarse con la parte superior de la cara. Hablaba fuerte, a voz en grito, como es costumbre por estos lares, sobre todo si se está un poco sordo. “Me parece que esta tarde habrá ruido”, soltó Crispín. No pudo sacar más que un “no lo sé”. Eso quiere decir, le dijo Crispín, que no conoces los rudimentos campesinos de los que era un as tu padre. Él habría vaticinado el tiempo de esta tarde con pocas dudas.

Crispín era un tipo peculiar. Era un mozo viejo, un término muy elocuente para designar a los hombres que no encuentran du hembra. Vivía con cuatro hermanos más, también mozas y mozos viejos. ¿Cómo se generan estas situaciones familiares? Curioso que esta gavilla familiar permanezca en soltería. Me parece que han de existir poderosos factores internos en estos grupos familiares para explicar este tipo de situaciones. Quizás Crispín jamás se detuvo en estos detalles de tipo antropológico. “Quiero que esta noche vengas a mi casa, tengo que enseñarte algo”, le espetó casi a bocajarro.

Presentarse en aquella casa era toda una aventura. La casa era objeto de todo tipo de rumores. Los hermanos eran especiales. La mitad de la familia les era hostil, o ellos eran los provocadores de esta hostilidad. No tenían buena fama. Sólo algunos en la aldea les eran amistosos. Su padre siempre los apreció, aunque le reconociera en determinados momentos ciertos aspectos que le incomodaban. Pero siempre antepuso la buena vecindad y la buena relación de los abuelos. Etiquetas tenía diferentes aquella familia; pero, para ser sinceros, sólo los tontos se conforman como las etiquetas; Jorge Manuel no era un tonto, le gustaba conocer qué existía detrás de estas etiquetas. Las auténticas explicaciones sobre la sociedad no están en modelos matemáticos, en trabajos de ordenador o en estadísticas; estaba convencido que era el conocimiento directo de las personas el que proporcionaba certezas sobre fenómenos como el de la soltería de este grupo familiar.

Cuando llegó, estaban esperándolo.  Ellas, las hermanas, sentadas en un viejo sofá, roto por las esquinas, con patas metálicas ya oxidadas. Ellos, sentados en sillas. Todos en el sofá cabían tres personas con dificultad. No había sillones. Sólo sillas de enea, las antiguas sillas que él mismo tenía en su casa como reliquia de un pasado existente en el añorante recuerdo. Se levantaron, y lo agasajaron.

Cena recia. Ausencia del color verde. Le llamó la atención, pero enseguida recordó qué poco verde se comía también en su infancia. Tajás, chuletas de cordero; era el menú. De postre, fruta del tiempo. No le ofrecieron café, pero tampoco lo pidió: una actitud que forma parte de las más elementales fórmulas de la educación. Eso sí: un chato de aguardiente sí le sacaron, e incluso las hermanas lo vaciaron con celeridad.

Comer de recio. Manjares, auténticos manjares. Eran gente de edad, pero quién sabe si alguna vez se habían realizado un análisis de sangre. De todas formas, a estas edades era poco probable que sus costumbres pudieran cambiar.

Eran las hermanas las que hacían todo. Habían colocado la mesa, se levantaban para traer los diferentes platos. Todo ello a pesar de su edad avanzada y de que, por lo menos una, andaban con dificultad y lentamente. Nuestra civilización, que ha planteado en toda su magnitud la violencia contra las mujeres, ve con repugnancia esta supremacía masculina, incluso en la mesa. No hay que engañarse, no se trata de ovejitas dulces y obedientes.

En algunos comentarios pudo percibir cierta superioridad de, por lo menos, una de ellas. “Mañana, Heliodoro, tienes que ir a la Cope y decirles que se han equivocado en ese recibo; no lo dejes pasar, que ya sabes que Luis no nos quiere, y no va a desaprovechar esta ocasión para jodernos. Si no vas tú, tendré que encargarme yo”. Heliodoro no hizo sino asentir, y sin duda al día siguiente se fue a hacer la gestión. El ejercicio del mando es así.

Si una metáfora puede expresar el sentido profundo de aquel grupo familiar, es el de una casa en ruinas. Todos los hermanos convertidos por el tiempo y los azares de la vida en mozos viejos. Una finca de apreciable cantidad de tierra casi perdida o, en el mejor de los casos, mal trabajada. Una extinción biológica cercana, dada la edad avanzada de todos los miembros de la familia. Sin embargo, como sucede tantas veces, pese a los defectos, los modos de vida peculiares, las habladurías más o menos fundadas, una familia que era digna de un cierto aprecio, tal vez sólo por la exhibición de autenticidad que prodigaban.

Todo no había terminado. Crispín le invitó a subir al terrao. “Otra vez. No tienes remedio, Crispín. No ves que es un hombre de ciudad y…”; la frase se quedó ahí, lo que añadió algo de enigmático y, para qué negarlo, algo de temor a lo de subir. Manuel no era individuo que fácilmente se amedrentase y aceptó la invitación con más solicitud si cabe, después de los comentarios, tras los comentarios de Gauden. Éste era el hermano más viejo, pero el más hábil, a juzgar por el hecho de que era el único de los varones que era capaz de conducir un tractor. El tractor lo acababan de adquirir; y realmente lo trataban casi como si fuera un mulo.

Así vestían, de negro, de cabeza a pies. ¿No había existido la moda para aquellas hermanas? Parecía como si la televisión no hubiera tenido incidencia sobre ellas. Todo una regreso al pasado. La foto es de 1970, en Colmenar de Montemayor. Autor: Luis Cortés Vázquez.

Una vieja puerta de madera, pintada de azul, daba entrada a las escaleras del terrao. Escaleras realizadas en yeso, y todo perfectamente encalado. No se les olvidaba enjalbegar, porque la fachada era convenientemente encalada cada año. Subió cada peldaño embargado por la curiosidad. Crispín le iba contando que le encantaban los gatos; llevaba en su mano un palo gordo, que había cogido justo detrás de la puerta antes de ascender el primer peldaño de la escalera. Manuel sabía de esa afición gatuna. Los vecinos se quejaban con frecuencia de la sobrepoblación felina del pueblo, y lo achacaban inmediatamente a la actitud de los hermanos. Por la noche, se oían los maullidos de grupos de gatos en el corral; estaban peleando. Crispín le aseguraba mientras subían que los maullidos le evocaban las almas de los muertos. Pero lo que iba a contemplar en el terrao era algo bastante terrenal.

Nada más llegar, siete u ocho gatos se acercaron a Crispín, a oscuras, casi sin ver absolutamente nada. No había encendido la luz, pero habían subido la escalera con lo que entraba desde el piso inferior de la casa. En cuanto los tuvo delante, como si se congregasen ante su mesías, armado con el báculo, alargó el brazo hacia la pared y encendió la luz. Comenzó la revolución. En los cañizos, sobre las vigas, había decenas de ratas; los gatos subieron a ellas con una velocidad increíble y comenzaron a perseguir a las ratas, que trataban de zafarse de sus perseguidores. Durante varios minutos aquello fue una orgía de aullidos, carreras, zarpazos y sangre. Resultado: varias ratas muertas, devoradas allí mismo por los gatos de Crispín. “Están esperando durante días este convite. Son los mejores animales del mundo.” Aquello fue una experiencia terrible. ¿A qué venía aquella demostración? ¿Acaso quería demostrar Crispín que los rumores sobre su debilidad, sobre su docilidad con respecto al resto de los hermanos eran asuntos más aparentes que de fondo? Era como si Crispín hubiera esculpido su imagen aquella noche, ante sus ojos, para que quedara constancia de su energía y fortaleza.

Durante la noche, ya en la cama, la imagen de la carnicería le persiguió constantemente, mientras oía los enigmáticos maullidos de los gatos.

En Los Ruices, a 23 de julio de 2020.

La cita de Conrad procede de Joseph Conrad, La línea de sombra. Una confesión. Editorial Laertes, Barcelona, 1977.

 

 

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