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LA BITÁCORA DE BRAUDEL/JCPG

Hierven las tertulias  radiofónicas, pero superficialmente plantean el problema. No es sólo un problema de recortes, sino un maremágnum de factores en contra que se han ido juntando en las últimas décadas. El proceso de destrucción no es repentino; o no lo es casi nunca. Por el contrario, tiene lugar de manera progresiva, quizás con parones, pero también con grandes acelerones.

Cuando era un chaval, nada más concluir el ya lejano 5º curso de la Educación General Básica, abandoné mi pueblo. Las autoridades nos reunían a los chavales que íbamos a estudiar 6º en la Escuela Hogar de Requena. Era una decisión arbitraria, sin posible réplica. Las familias ni rechistaron. Corría 1976 o 1977; tiempos recios: el franquismo había modelado conciencias y probado resistencias; a nadie se le pasó por la cabeza entonces que sus chicos no tenían por qué ser concentrados en la capital de la comarca. No se pensó en protestas. Los de Casas de Eufemia comían en el Lucio y volvían por la tarde a la aldea; una deferencia cuya raíz desconozco. Los de Los Ruices, una vez más maltratados, a hacer semana a las literas de la Escuela Hogar. Sin más. Nadie pidió explicaciones. Así era.

La genética de la labor destructora de la vida aldeana es vieja en nuestra tierra. Nunca ha sido fácil habitar en las aldeas. ¿Dónde buscar la génesis de la destrucción actual? Probablemente habría que irse hasta el mundo caciquil y conservador de la segunda mitad del siglo XIX, con aquellos manejantes que mantenían a los campesinos en un puño sumidos en su miseria.  Mas no es posible negar que el siglo XX ha protagonizado los ataques más sonados. La industrialización y el ascenso turístico, unido a la mecanización agraria, han minado la cimentación de la vida de las aldeas. Los últimos en tener teléfonos automáticos serían los primeros en ver desaparecer sus grupos escolares. No hablaremos de las condiciones deplorables, tercermundistas, en las que en algunas aldeas se desarrollaban las clases. El avance de los transportes supuso un recorte de distancias evidente, y el imperio consiguiente del coche.

Los recortes actuales no son igual para todos. En otro tiempo los consumos y las quintas; hoy el recorte del presupuesto en atención social. Ya están pasándolo mal asociaciones cuyas necesidades económicas son importantes; me refiero a la de enfermos mentales, donde el personal que la atiende pone tesón cotidiano, horas, muchas horas, y un amor difícil de compensar. Desconozco lo que sucede en otras organizaciones, pero ésta necesita un apoyo muy especial. Los recortes no son igual para todos. Se recorta sin más y luego paga “poca ropa”, siempre quienes menos capacidad de resistencia tienen.

Ahora ha tocado el recorte de los comedores escolares. Un nuevo ataque a las aldeas. Si ya están muchas de ellas reducidas a la mínima expresión en cuanto a número de pobladores; ahora la Generalidad viene a dar un nuevo hachazo y castigar a los chavales que viven en aldeas. Y el golpe es contundente. ¿Se podía esperar otra actitud de nuestros próceres? Hoy hay posibilidades de protesta, pero de poco servirán porque los afectados son pocos y la atmósfera imperante, de pesadumbre y depresiva, irá ahogando las posibles quejas.

Es una historia que está pasando su página. Una tierra que vio nacer sus aldeas en tiempos  remotísimos: todas las aldeas, o casi, cuentan con algún asentamiento romano o prerromano; una tierra plagada de aldeas desde 1500, potenciadas con la revalorización del campo desde 1800. Pero una tierra empeñada en dar la espalda a sus raíces aldeanas. ¿Acaso Utiel o Requena serían otra cosa que unos poblachos si los habitantes de las aldeas no hubieran decidido invertir en ellas sus ahorros?

Las aldeas ya no tienen un rey, como lo tenía Patones en tiempos pasados. Hasta el Patones guadalajareño ha sido reducido a la nada. La cultura actual es de impronta urbana y las mentalidades también netamente urbanas. Algo de esa mentalidad se expresa en el recorte de los comedores.

No es la primera vez que escribo sobre la aldea. Ni será la última. Sin embargo, me temo que las capitales comarcales son insensibles al problema. Han extraído sus energías y ahora le dan la espalda. Sus antiguos habitantes se ocupan de adecentar viviendas. Pero ¿hasta cuándo si no hay una política de protección?

En Los Ruices, a 26 de noviembre de 2014.

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