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LA BITÁCORA DE BRAUDEL. JUAN CARLOS PÉREZ GARCÍA.

Si tal como se supone la misión de los historiadores  es el análisis de la realidad para conocer los entresijos de la misma, el estado de neutralidad ideológica constituye la situación ideal; al menos la ideal para que tenga lugar un proceso analítico verdadero. Sabemos que esto no es precisamente fácil y muchas veces el proceso está marcadamente distorsionado por ideas preconcebidas y supuestos ideológicos que introducen enormes dosis de subjetividad.

La Ley Wert posee muchos elementos discutibles, puntos calientes por los que es susceptible de surgir una explosión volcánica. De hecho se teme que esos aspectos acaben por dinamitar el sistema público de educación. Nuestro sistema está haciendo aguas desde hace décadas; la LOGSE, que tuvo también elementos positivos, introdujo peligrosas cuñas de destrucción de la calidad. No cabe duda que la degradación que tales cuñas han perpetrado en el conjunto del sistema han acabado por extender la gangrena al todo.

Pero mi interés de hoy no es el conjunto global de la nueva ley educativa. Porque está claro que si un sistema no funciona hay que intentar sustituirlo o cuando menos introducir los ingredientes suficientes para que la maquinaria continúe funcionando con un mínimo de eficiencia. Y que conste que utilizo estos términos tan, digamos, empresariales, para aludir a un ámbito, el de la educación, que –a pesar de lo que muchos sostienen- debe estar desprovisto de esos componentes economicistas. Funcionar funciona algo mal, para qué negarlo. No es la solución privatizar, camino corto y rápido a la exclusión de muchos.

La faceta clericalista de la nueva ley no debe pasar desapercibida. En lugar de iniciar un proceso dialogado de laicización, el gobierno Rajoy parece intentar forzar el carro hacia una mayor dosis de catolicismo. La prensa de izquierdas. O la que al menos así se proclama, como El País, llevan tiempo denunciando el problema, como empeñados en mover las tripas del añejo anticlericalismo que anida en el corazón de muchos españoles. Parece decir, cuidado con los del PP que van a meter a los curas en los colegios e institutos y pronto querrán que empiecen las clases con un Padre Nuestro. Es una exageración, pero a poco que se lean algunos titulares y entradillas casi se podrá deducir una filosofía similar. Lo que yo quería subrayar hoy es que debemos ir dejando la religión a un lado. Nos interesan otros temas de nuestra educación. Tenemos que formar a nuestros chavales con una educación de alta calidad, pública e igual para todos. Debemos darles una base igualitaria de partida, para afrontar las incertidumbres de este mundo veloz, cambiante e inestable.

Pero es preciso orillar la religión. No puede ser el centro del debate si la religión está en las aulas o no. Parece como si la izquierda careciera de argumentos y de opciones diferentes a las del gobierno y entonces sólo fuera capaz de echar mano del tema religioso. Pobreza argumental, así lo llaman. Con un agravante: no sólo son argumentos, sino proyectos de futuro.

Esta mañana un alumno de Bachiller me decía que le habían llamado esquirol por acudir a clase. La verdad es que el aula sólo tenía hoy dos alumnos: Javier, un chico responsable, aparentemente adormecido casi todos los días, pero con notas que superan el 9; y su compañera, Rosa, que ha venido a clase en día de huelga únicamente a realizar une xamen que no pudo hacer en su momento por problemas de salud. Sólo dos alumnos de 32. Rosa ha hecho el examen y Javier ha investigado con diferente material sobre la revolución que derrocó el sistema de Isabel II en 1868. Mientras, Javier ha comentado: “Todos estos (refiriéndose a sus compañeros que habían secundado la huelga) seguro que no se han levantado todavía de la cama”. ¿No es preciso informar más y mejor? ¿No es necesario conocer mejor la ley Wert? ¿Existe una pantalla mediática destinada a esconder los entresijos de una ley, como tantas, plasta y farragosa? ¿No será el tema de la religión una nueva pantalla? ¿No se ha perdido la gran oportunidad de asentar un sistema educativo duradero, basado en el consenso de los grandes partidos? ¿No era mejor consultar a los profesores antes de hacer una ley sectaria, de unos pocos? Por preguntar que no quede, pero me temo que nadie contestará tales interrogantes.

Otro día más.

En Los Ruices, a 20 de noviembre de 2013. Juan Carlos Pérez García.

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