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LA HISTORIA EN PÍLDORAS / Ignacio Latorre Zacarés
Sin duda, entre los oficiales burocráticos antiguos con peor prensa se encontraban los escribanos. Una copla popular recogida en Requena por el inquieto Fermín Pardo plasma la escribanofobia (atención al palabro) con gracejo:

“En el cielo hay una uva

que es para los escribanos

como no sube ninguno

no le falta ningún grano” .

Todo ello viene a propósito de una charla que tuve con las también inquietas maestras jubiladas valencianas que igual se interesan por el Cabriel, como por los vinos, como por la Paleografía. Íbamos en esta ocasión de Paleografía en una clase dedicada a constatar la tremenda evolución de la escritura a lo largo del tiempo. Una evolución muy ligada a los movimientos culturales de cada época (escolasticismo, humanismo…), pero también a las necesidades y negocios del momento. A medida que hay más material escriptoria (papel), más contactos comerciales, aumenta el poder real y su burocracia, crece la burguesía, aparecen universidades o se litiga más aumenta la producción escrita a la par que la grafía va degenerando.

Entre los cambios importantes que han ocurrido en la paleografía se encuentra la aparición de la letra minúscula; el corte que se da en la punta del cálamo que de ser horizontal pasa a tener un corte oblicuo a la izquierda generando la típica letra quebrada gótica y cuando los escribanos dejaron de levantar la pluma cada vez que escribían una letra y pasaban a escribir las letras juntas, sin levantar la mano.

Otro fenómeno es la cursivización de la escritura. Cada vez se escribía más a la carrera y peor. De la equilibrada  y redondeada escritura carolina se pasará a la angulosa y vistosa letra gótica hasta que en s. XV, a la par del fortalecimiento monárquico, aparezca la estética y caprichosa letra cortesana con sus formas envolventes, espirales, lazos, bucles, nexos y curvas.

Pero ya en la mitad del siglo XV hará aparición y se quedará hasta el siglo XVII la letra que se convertirá en una verdadera pesadilla para nuestros ancestros, pero también para los investigadores y archiveros actuales: la letra procesal y su secuela, la procesal encadenada (el horror puro). Esta letra procesal se caracteriza por su ejecución rapidísima, donde el escribano no levanta la pluma del pliego encadenando palabras cada vez con una letra de tamaño más grande de forma que casi una palabra ocupaba todo un renglón, a más beneficio del escribano que le pagaban por pliego.

A tal degeneración llegó la letra que en ocasiones observamos como los escribanos requenenses no sabían leer las actas de sus propios compañeros de oficio. Es decir, en una sociedad de elevadísimo analfabetismo, el escribano no sólo poseía el monopolio de la escritura, sino también de la lectura, pues prácticamente sólo el mismo ejecutante la podía leer en ocasiones. Antes de entrar al Archivo, ya fui advertido por un distinguido catedrático de historia medieval de la horrorosa grafía de ciertos escribanos requenenses. En 1544, cuando el Concejo de Requena nombró como escribano a Juan Pasamante de Comas le ordenó y advirtió que escribiera con “buena letra” en un libro en blanco los privilegios de la villa a cambio de 10 ducados.

La procesal o letra del diablo y sus oficiantes, los escribanos, ya fueron vilipendiados, entre otros, por el propio Cervantes. Cuando D. Quijote le da una carta a Sancho para entregársela a la analfabeta e idealizada Dulcinea, le mandó que fuera copiada por un maestro de escuela o por un sacristán, pero nunca por un escribano “que hacen letra procesada, que no la entenderá Satanás”.

Los Reyes Católicos promulgaron varias disposiciones contra la letra procesal frente a su preferida y protegida, la cortesana. Llegaron a ordenar que: “se pague á diez maravedís cada hoja de pliego entero escrito fielmente de buena letra cortesana y apretada e no procesada, de manera que las planas sean llenas no dejando grandes márgenes, e que en cada plana haya á lo menos treinta e cinco renglones e quinze partes en cada renglón…”. Luchaban contra la degeneración de la escritura, pero también contra la costumbre de meter en cada renglón sólo dos o tres palabras y escribir así más páginas y cobrar más. Estos escribanos sí que eran “casta”.

En Requena, según las épocas, nos encontramos como oficiaban cuatro, seis y hasta siete escribanos. A estos escribanos hay que añadir el escribano o escribanos del puerto y aduana. Muchos nombres se repiten con los años y se crean hasta dinastías familiares de escribanos. En la primera mitad del siglo XVI constatamos la larga vida profesional de escribanos como los Juan Picazo (el “Viejo” y el “Mozo”), Antonio Picazo, Juan Conejero, Pasamante de Comas, Rodrigo de Cuenca, Juan de Adobes, Miguel Montero, Juan Solano, Jerónimo de Cuevas, Alonso de Montoya, Alonso Polo, Luis Pérez, Martín Pérez Antequera, Lope Ruiz de Zapata y otros.

Anualmente se arrendaban las escribanías y el que remataba la postura debía procurar los escribanos que iban a trabajar ese año. El Concejo de Requena pedía que fueran “suficientes” y “hábiles” y en algún caso los rechazaba como le pasó a Juan García “el Mozo” en 1537. Debían jurar su cargo ante el Concejo que les otorgaba “poder cumplido”. En 1543 hasta 45.000 maravedíes se pagaron por el remate de la escribanía. Estos escribanos trabajaban para el concejo, pero también para los particulares en su función de notarios, donde extraían sustanciosos beneficios. En 1537, cuando se independizó Mira de Requena, se les devolvió a cada escribano requenense 1.000 maravedíes porque perdían la escribanía de la población recién segregada. Al año siguiente, el procurador síndico requenense denunció a Alonso de Montoya por ejercer a la vez como escribano y como letrado.

El escribano del Concejo también tenía la obligación de guardar las escrituras en un arca donde se debían reunir tres llaves para abrirla. En 1541 se le recordó al escribano que el libro lo dejara en el Ayuntamiento, pues era costumbre de los escribanos llevárselos a casa lo que ha producido pérdidas de documentación.

La mala fama de los escribanos alcanzaba a las aldeas requenenses. Cuando Villargordo entabló el expediente para su segregación (1747) se quejaba de los gastos que suponía cada vez que un escribano requenense iba por el pueblo a los negocios públicos o privados. Así lo advirtió el Corregidor de Iniesta en 1744: “a los derechos que interesan los escribanos en los inventarios que asiste assí en dicho lugar de Villalgordo como en las demás aldeas es evidentemente notorio que a sus pobres moradores les son gravossos en gran manera; porque además de los gastos que se siguen de la manutención de los escribanos interesan rigurosos salarios de que estoi informado por varios ejemplares”. Los venturreños de 1819 también se quejaron que desde que el escribano de Requena se trasladaba para realizar el reparto de las dehesas, los gastos se habían desorbitado y ya nadie quería arrendarlas. Si ya lo había advertido D. Quijote…

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