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Requena (22/02/18).LA BITÁCORA. JCPG

Erasmo proclamó un buen día que los pueblos están dotados de una suficiente dosis de amor propio como para que se solacen en la celebración de las propias virtudes, aunque también de cierta capacidad de admiración por lo ajeno. En un día tan soleado como hoy (día 18 de febrero), pienso en esta frase tan sopesada y equilibrada como la propia figura y el pensamiento del de Rotterdam. Una maravillosa naturaleza me rodea. El sol produce un relucir majestuoso de los marrones de la tierra. Le falta, eso sí, agua, mucha agua. Pero el fulgor de los colores marrones mezclándose con los verdosos de los cerros y los barrancos es un espectáculo notable que nuestra tierra posee sin apenas darnos cuenta. Ya se dice que valoramos poco lo que poseemos mientras ambicionamos poseer lo que no tenemos.

Hay una evidencia que en las tierras de vino se percibe con absoluta claridad. En el vino reside la civilización; es la civilización. Que se lo pregunten si no a los romanos, que se pasaron los siglos de su imperio transportándolo en ánforas para colocarlo aquí y allá, incluso en los límites más nórdicos de la civilización. Los viejos agricultores apenas sabían de las raíces civilizatorias de las cepas que cuidaban. Se pasaron su existencia podando, sarmentando a mano, cavando, sin siquiera conocer que su tarea había sido la realizada por los hacedores de la civilización latina. No lo sabían cuando el macho volcaba las garrafas del aceite de oliva o cuando transportaban en los viejos carros la uva de la que producirían el vino.

Y ahora en medio de estos emparrados que lo han invadido todo, siento el diálogo mismo de las generaciones de agricultores con la naturaleza. Porque el paisaje no es algo exclusivamente físico o sólo un fenómeno humano. Es el resultado glorioso de un diálogo de los seres humanos con la naturaleza. No enseñamos el gozo que se puede derivar de caminar entre las cepas. Nuestros chavales siguen encerrados en las aulas, mientras sus profesores creen vanamente que allí crían la inteligencia. Poco se hace si no enseñamos también el extraordinario legado del paisaje.

Me pregunto qué letras van con el emparrado. El viejo cultivo en vaso cuadraba bien con Atahualpa Yupanqui, al que escucho de cuando en cuando, porque también recuerdo lejanamente aquel programa del gran Soler Serrano, A fondo, un programa de los ya abducidos por la fiebre del corazón y las mandangas que pueblan las teles. Lo recupero en la red, donde resuena con fuerza aquella música que hoy suena antediluviana, en contraste con un entrevistador de los que ya no hay: un tío preparadisimo que realizaba unas entrevistas modélicas. El viejo Atahualpa y sus entoldados. Me gusta esta palabra entoldar, que emplea el cantor argentino para referirse a la noche, entoldada de estrellas. El vaso tiene en Atahualpa una música y una letra que le va. El emparrado no tiene quién le cante. Los agricultores siguen esforzándose en cuidarlos, pero se me hace muy cuesta arriba pensar en una música para el nuevo método de cultivo. ¿Tecno? ¿Reguetón? No, desde luego, Atahualpa.

En Los Ruices, a 21 de febrero de 2018.

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