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LA BITÁCORA DE BRAUDEL / JCPG

Lo hemos pensado alguna vez. No creo que nadie haya dejado pasar la oportunidad de pensar en ello. ¿Tener un doble? ¿Por qué no? Sobre todo, si podemos manejarlo como un robot para hacer, oír, espiar lo que queramos. Se imaginan poder estar en dos sitios al mismo tiempo, tener conocimiento de varias realidades en un tiempo real igual. Todo esto nos proporcionaría poder o, simplemente, ilusión de poder. Pero las ilusiones son muchas veces tan importantes o más que las mismas realidades.

Hace tiempo ya que se emplean términos diversos, plagados de complejidad, para referirse a lo doble y la doblez. Podemos encontrar conceptos como los de “simulacros”, para referirse a casi cualquier acto o intención. Por ejemplo, hay analistas –por llamarlos de algún modo- que creen que lo de la Forcadell y “Junts pel Sí” no es otra cosa que un simulacro. Y se nos dice que los autores de esta “desconexión”, término similar al del acto que hacemos al apagar la radio o la tele, saben que están ante un simulacro, ante algo irreal. ¿Vivimos dentro de una realidad o en una ficción absoluta? Los escritores emplean con gran profusión términos que a veces resultan demasiado ambiguos: “imperio de los efímero”, “supermercado de las ilusiones”, “lo sólido acaba por desvanecerse en el aire”, “el sujeto” y “su máscara o máscaras”, la “liquidez”. En fin, una panoplia muy variada y nada sencilla de términos que parecen abundar en la ambigüedad y la falta de concreción.

En un reciente viaje a Londres, visité un museo de cera que no recomiendo. No había estado en ninguno en toda mi vida. Reyes, políticos de hoy y de ayer y el mismísimo John Wayne estaban allí. No pude aguantarme y me hicieron una foto ante la estatua de cera de mi admirado Ethan de Centauros del Desierto. La casi realidad allí representada: aquí tiene usted la copia; no hay necesidad del original.

Claro; en esta sociedad hay muchas cosas primitivas. Pensemos en la momia omnipresente de Lenin, o la del embalsamado Kim Jong-Il, en Corea del Norte. Es como si la gente se resistiera a perder estos líderes. A Gadafi lo destrozaron después de muerto en pleno desierto. El ataque al cuerpo, aun muerto, es algo ancestral y primitivo. En las viejas sublevaciones medievales y modernas el cuerpo del recaudador, del corregidor o de cualquier miembro de una autoridad odiada era convenientemente violado y maltratado aunque no exhalara ya nada de aliento.

Primitivo todo. Reproducir la realidad, crear nuestros propios «dobles» para ejercer sobre ellos nuestros poderes, obedece a una necesidad primigenia: la ilusión de que el «doble» sea lo que queremos que sea.
En Los Ruices, a 4 de noviembre de 2015.

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