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LA BITÁCORA //JCPG

He llegado a la frutería. Busco manzanas, manzanas cuyo sabor sea de manzana. Perdón, quería decir de manzana madurada en el árbol. Desgraciadamente, compruebo que esto parece imposible, pero no sólo porque no es tiempo natural de manzanas. No se venden ya. Tendré que plantar algún manzano. Desistir, desistir de buscar la autenticidad. Pero es un hecho que nuestra mirada cambia con la edad. Nada nos parece igual a los 10 años que a los 50. Nos gusta lo que conocemos y la familiaridad nos la aporta casi siempre la infancia y la adolescencia. Entonces las manzanas echaban gusto a manzanas, incluso las guardadas durante meses en el terra(d)o. El tiempo es como calderilla: se pierde del bolsillo sin apenas darnos cuenta.

Son hermosas. Y tiene un olor embriagador ahí arremolinada en el árbol.

Como era nuestro, cualquier tiempo pasado siempre fue mejor. Fácil es quejarnos de los males que aquejan a nuestra juventud, de sus insuficiencias, de su mala educación, de que pasan demasiado tiempo delante de las pantallas. ¿Éramos nosotros mejor? Realmente, no sabíamos nada. Ahora que ha muerto uno de los grandes podemos recordar esto. 103, con este número de años acaba de morir Kirk Douglas, una estrella del cine dorado de Norteamérica. En aquellos años para nosotros era Espartaco, el líder de una revuelta de esclavos, un episodio donde la violencia, la justicia que se anhela y el esplendor de la Roma recreada cinematográficamente eran aspectos decisivos que nos llenaban. No sabíamos nada de Senderos de Gloria, una enorme película, con una profundidad inmensa, pero que no habíamos visto o simplemente no comprendíamos. Hoy valoro esta película y me emocionan muchos momentos de ella; en mis clases la comento y la destripo en abundancia ante unos chicos que encuentran repelente y absurdo el cine en blanco y negro que últimamente no hablan sino de la dichosa isla.

La he visto una docena de veces. Volveré a verla. Hace unos años se filmó una estupenda cinta sobre el guionista, relegado por el ferviente anticomunismo de la guerra fría (el Comité de Actividades Antiamericanas). Se trata de Trumbo, una peli absolutamente recomendable.

Íbamos a jugar a los tiros a la rambla. Habíamos construido nuestras armas con ramas. Las enterrábamos en un rincón del terrero para tenerlas dispuestas al día siguiente o cuando volviéramos de nuevo. El huerto del tío Tono daba para mucho. Jugábamos a rememorar las películas de guerra, a los vaqueros. Una caña entre las piernas y un vencejo hacían las veces del caballo. Nos montábamos a cada momento en la bici. Pasábamos el día en la calle, en los alrededores de la aldea, solos, sin compañía de adultos. Pero todos estaban al tanto: nadie se perdió, siempre sabían que hacíamos y dónde andábamos. La aldea entera era nuestra escuela. Una comunidad repleta de afinidades y también de recelos, pero una comunidad que arropaba a sus hijos. Sí, conocíamos a Kirk, a Errol Flynn y sus pelis de piratas, a Wayne e incluso a Peter Sellers en aquellas memorables películas de humor británicas.

Por la noche la segunda cadena se empeñaba en educarnos en el cine clásico. No sabíamos nada del cine clásico pero lo veíamos. Nunca pude con el Bergman dichoso. Algo más mayor, llevado seguramente por los comentarios de algún elemento cercano me propuse purgar mis males y entender el cine de Bergman. El ambiente o yo que sé qué me habían llevado a pensar que el cine que me gustaba era mal cine. Me empeñé en ver pelis del sueco; quería redimir así mis pecados: mi adoración del cine clásico de Hollywood. Pero pronto llegué a ciertas conclusiones. La primera era que no entendía nada. Estaba rodeado de sesudos estudiantes, todos imbuidos hasta la médula de marxismo (seguramente mal digerido), que parecían comprenderlo todo a las mil maravillas. Aquellas películas no me iban. Lo mío eran, y siguen siendo, las pelis del Oeste, la comedia, las de piratas, las de ciencia ficción. Hace poco he visto El séptimo sello. Menudo pelmazo, aunque he de reconocer que Sidow está de maravilla. Vuelvo al cine de John Wayne y del irrepetible Ford, a Orson Welles y a los clásicos. Son un refugio, una especie de aldea, una comunidad protectora.

La generación de la aldea, mi generación, está marcada por un catálogo de olvidos, de añoranzas y nostalgias. También por otro de redescubrimientos, de nuevos elementos que se ponen en liza. Por eso aunque las manzanas ya no echen gusto a manzanas, existen muchos sabores que catar.

Idealismo, nostalgia, realismo, y esperanza.

En Los Ruices, a 20 de febrero de 2020.

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