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LOS COMBATIVOS REQUENENSES.           

Víctor Manuel Galán Tendero.

Las guerras se han librado por motivos más anodinos que la belleza de Helena de Troya, lo que no ha impedido precisamente su ferocidad. El dominio de las tierras ha tentado a toda clase de personas, desde reyes a campesinos.

Los municipios que fueron surgiendo de la Repoblación tuvieron como una de sus más preciados bienes sus términos, otorgados por el monarca u otro magnate. Sus vecinos tenían el derecho de labrarlos, de servirse de sus pastos para apacentar sus ganados o de utilizar sus recursos forestales, lo que comportaba el deber de defenderlos más allá de los tribunales de justicia.

Todos los vecinos varones capaces de manejar las armas componían la hueste municipal más allá de los caballeros de condición varia y debían de atender a la llamada de defensa a toque de campana o de añafil, el apellido recogido en la Segunda Partida (Título XXVI, Ley XXIV) de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio.

Entre las obligaciones militares de los vecinos no sólo estuvieron las de carácter defensivo, sino las claramente ofensivas como el fonsado. Se trataba de una expedición militar en la que concurrían peones y jinetes para asolar el territorio de un rival, cavándose en ocasiones fosos de protección, lo que ha dado pie a que algunos autores consideren que aquí se encuentra el origen de la palabra.

El fonsado no sólo se emprendía en tiempos de guerra con un monarca vecino, sino también en períodos de tregua o de paz por razones particulares de un municipio. Requena sostuvo litigios de límites de términos con varias localidades del reino de Valencia en el siglo XIV.

Corría el año 1350 y los reyes de Aragón y Castilla permanecían en paz. Pedro IV de Aragón terminaba de aplastar el levantamiento unionista en Valencia y en Aragón antes de emprender la guerra contra Génova, y el joven Pedro I de Castilla acababa de acceder al trono en marzo, padeciendo en agosto una intensa enfermedad que a punto estuvo de arrancarlo de este mundo. A partir de 1356 se enfrentarían con furia, que por el momento sólo demostraban algunas gentes fronterizas como los requenenses.

En los comienzos del verano de 1350 las fuerzas de Requena invadieron el término de Siete Aguas, dominio señorial del conde de Urgel el infante don Pedro. Su acción no estuvo determinada por el servicio al rey, sino por intereses municipales claros. Los guerreros requenenses alteraron mojones y talaron los cultivos.

En la carta puebla de Siete Aguas, otorgada en 1260 por los señores de Buñol a Miguel Pérez de Portaguerra y treinta pobladores de su elección más allá de su familia, se concedían para labrar y panificar los términos hasta la rambla de Buñol, el término de Chiva, el de Sot y todo el de la parte de Requena. Por este lado hubo serias discrepancias.

La destrucción de las mieses del vecino era consustancial a toda alteración de límites entre términos vecinos y suponía un auténtico acto de guerra susceptible de encender la conflictividad entre castellanos y aragoneses a lo largo de la frontera. El 22 de julio de 1350, desde Barcelona, Pedro IV el Ceremonioso actuó con cautela.

Ordenó calma a su procurador en el reino de Valencia García de Loriz, a la ciudad de Valencia (esencial en todo despliegue militar del territorio) y a Joan López de Boyl, alcaide de Chiva y Buñol y procurador del infante don Pedro. Se iniciarían pesquisas para dilucidar la situación, pero en caso de un nuevo ataque deberían de repelerlo con energía.

De momento la situación no pasó a mayores, pero el incidente de 1350 nos muestra una frontera poblada por varones enérgicos prestos a sustanciar sus diferencias con las armas en la mano. Sus combates y andanzas en honor del rey y de su concejo fortalecieron sus sentimientos de pertenencia a Castilla y a Requena.

Fuentes.

                ARCHIVO DE LA CORONA DE ARAGÓN. Real Cancillería, Registro 1064, ff. 118v-119r.

Huestes de la época según una ilustración de las Cantigas.

               

 

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