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EL OBSERVATORIO DEL TEJO/ JULIAN SÁNCHEZ

El pasado jueves se vivió en Requena un estallido democrático surgido de la espontaneidad de un pueblo que vio peligrar su idiosincrasia y su patrimonio cultural, merced a la imposición de quienes no han alcanzado en momento alguno a indagar, y mucho menos participar siquiera en la personalidad, cultura y creencias de la propia ciudadanía a quien de forma bastante subjetiva y poco demostrada declaran defender.

La moción presentada por Izquierda Unida bajo el eufemismo del maltrato animal con el que pretendían ocultar su verdadera intención, la cual no venía a consistir en otra cosa sino en instar a la prohibición de todo festejo taurino en el municipio, circunstancia que llevaría consigo al tiempo un fuerte varapalo, no únicamente hacia la celebración de las corridas de toros, sino contra la sufrida economía de la propia Fiesta de la Vendimia.

Nada parecía importar a la subjetividad extremista de un partido político reducido a la mínima expresión en el Ayuntamiento por voluntad ciudadana. Su empecinamiento por nadar siempre contracorriente le llevó hasta el extremo de pretender imponer su propia teoría a la voluntad de la inmensa mayoría de sus conciudadanos. En consecuencia, la evidencia del resultado final al periplo vino a reflejarse en  un solo y pírrico brazo levantado contra la totalidad del resto del estamento corporativo, dejando constancia al afecto de la genuina realidad de la situación. El axioma volvía a ponerse de manifiesto y, consecuentemente, cuando un vehículo circula en sentido contrario a todos los demás, el que va en dirección prohibida siempre es el mismo.

La tarde del jueves, en las inmediaciones del Ayuntamiento, poco antes de la celebración del Pleno corporativo, el portavoz de Izquierda Unida fue recibido por gran parte de los ciudadanos/as presentes en la plaza, de idéntica forma como se despide a un mal torero tras una mala faena; abroncado y silbado, pero siempre respetado, aunque, a mi juicio, tanto el, como sus escasos acompañantes cometieron un error de cálculo, puesto que en lugar de seguir su mutis por el foro, tal y como hubiese sido lo más inteligente, decidieron plantarse desafiantes ante la multitud, sin que consiguiesen otra cosa con dicha actitud que incrementar la intensidad de la bronca y su persistencia. Afortunadamente la cosa no fue a mayores por el buen talante de los manifestantes.

Cuando los políticos se empeñan en encerrarse en su propio gueto elucubrando, no de coincidir con las necesidades y reivindicaciones de la generalidad de su ciudadanía, sino en la persistencia en imponer sus propias convicciones y criterio, la democracia se transforma en una imposición y las consecuencias, en muchos casos, pueden resultar imprevisibles.

El populismo y el extremismo conviven en un ambiente irreal y la irrealidad solamente puede conducir a la ficción y a la frustración, cuando no al ridículo, aunque esto sería lo de menos. En Grecia Tsipras por mediación de su partido Syriza, intentó convencer al pueblo griego para que le autorizasen a imponer una política irreal con promesas irrealizables, y el resultado fue la ruina total y la sumisión todavía en condiciones más extremas a la dura realidad.

En Cataluña, el empecinamiento de unos cuantos llevan un camino similar y esta deriva desconocemos hasta donde pueda llegar, pero nos imaginamos que a ningún lugar positivo. Pero también tengamos en cuenta que escasos meses después, tenemos ante nosotros la gran incógnita que viene a deparar las elecciones generales. En consecuencia: ¿Hacia dónde vamos a ir a parar? Pues por lo que vamos viendo, ni nosotros mismos, previos los antecedentes, podemos siquiera imaginarlo.

Retomando el tema de la moción, la lección que nuestros representantes deben obtener de todo esto, si lo tienen a bien y su personal ego se les permite, es que antes de ejecutar, en democracia siempre se debe consultar, sencillamente por una obviedad, sino observamos las señales de tráfico, lo más normal vaya a ser que tomemos la dirección equivocada y marchemos en sentido prohibido, con la posibilidad de estrellarnos contra cualquiera de los numerosos vehículos que circulen frente a nosotros y, encima la culpa será nuestra.

Abrigo la posibilidad de que cualquiera de los abolicionistas alcance a pensar que la fiesta taurina pueda considerarse un maltrato animal. Pero no escucho al efecto que se diga nada por parte de esta gente, en contra del hacinamiento de animales en muchas granjas avícolas o porcinas, pongamos por ejemplo. Ni de los transportes en masiva aglomeración de animales. De las exhibiciones vejatorias de burros y ponys en ferias y parques girando interminablemente como norias en circuito o llevando turistas sobre sus sufridos lomos a contemplar el paisaje de la sierra, así como otras circunstancias que ellos mismos denominan como vejatorias en el mundo taurino. Pero, en cambio, sí que suelen comer sus huevos y su carne y llevan a sus hijos a las áreas de diversión mentadas.

Tampoco dicen nada contra las agresiones en los deportes, como en el fútbol, por ejemplo, donde se tienen sus más y sus menos tanto en el campo como en los graderíos, se agreden árbitros y se apedrean vehículos y, ya no digamos cuando conciertan peleas entre bandas de hinchas furibundos golpeándose hasta morir alguno. No, no estamos hablando en estos momentos de animales, aunque a veces lo parezca, sino de personas. Estos espectáculos también están subvencionados en su mayoría con dinero público, por lo menos en las ciudades y pueblos más pequeños.

Si queremos elevar todavía más el listón de las prohibiciones, además de la tauromaquia, la caza y el deporte prohibamos también los vehículos, los camiones, los aviones, los trenes, los barcos y cualquier medio de transporte, porque producen accidentes y mueren muchas personas.

Prohibamos también la pesca, por cuanto los anzuelos de acero producen tortura en la boca, aletas y agallas de los peces y las redes de arrastre les destrozan el cuerpo de los vertebrados acuáticos y sus zonas de cría debido a sus mallas extremadamente tupidas.

Y puestos a prohibir prohibamos también el trabajo, sencillamente porque  por su práctica produce accidentes y algunos de ellos con desgraciada mortalidad. En resumen volvamos a las cavernas y aun así tendríamos que afrontar los riesgos de una convivencia que necesitaría asumirlos necesariamente para sobrevivir en su rudimentario status de vida. Quedaría todo prohibido menos una cosa, el denostado Toro de la Vega, el cual en lugar de converger en su cadencia anual circunscrita a la histórica ciudad de Tordesillas, se extendería en frecuencia diaria a todos los animales de posibilidad comestible, incluido el propio toro, a cualquier lugar del mundo, donde habrían de ser atacados con flechas y lanzas, simplemente porque el autóctono de la época de algo va a tener que comer. En consecuencia vuelta a los mismos principios y similares circunstancias evolutivas.

Habría que preguntarle al propio toro si verdaderamente desea existir en su situación actual o dejar de constar como especie, tal y como prácticamente sucedió con las mulas y los burros tras la aparición de la maquinaria agrícola, circunstancia que les ha llevado a su práctica extinción, quedando reducidos a su utilización para el turismo y, en algunos casos como mascotas de capricho.

El toro bravo únicamente tiene, hoy por hoy, sentido de vida en su actual status. Si al final triunfase la pretensión de la abolición de la tauromaquia, la única alternativa que habría de quedar con objeto de mantener el linaje taurófilo habría de ser la alimentación humana o su exhibición en circuito cerrado en una dehesa, eso sí, con dinero público, porque la iniciativa privada nunca podría asumir los enormes costes de crianza y mantenimiento de unas variedades tan costosas de sustentar. Es esta una ecuación que todavía no han llegado a resolver los beligerantes abolicionistas.

Nadie tan amante de los animales como el mundo taurófilo donde al animal de toda especie, se le otorga siempre la deferencia y el trato que en muy pocos espacios se concede a estas variedades tan próximas al ser humano. La cultura del toreo se adquiere en su momento o no se alcanza a adquirir nunca, por lo tanto deviene lega para el no iniciado, y de allí el brutal choque de conceptos entre dos partes irreconciliablemente enfrentadas en dirección a un punto hacia el que por diferencias instructivas no consiguen converger, pero supuestamente articulados sobre una idéntica finalidad; el unánime y comúnmente declarado amor a los animales.

No va a ser fácil armonizar ambas voluntades, pero si no existe el respeto, las posiciones pueden alcanzar situaciones inimaginables. Haciendo públicos en las redes sociales vídeos manipulados sobre supuestos maltratos en las plazas de toros, como alguien viene haciendo actualmente tratando de justificar su impericia, no es el mejor de los caminos para el entendimiento. Seamos justos en las atribuciones y objetivos en las pretensiones, algo muy difícil de asumir, pero evidentemente necesario de concordar, si no queremos propiciar con ello una fractura tan grave como indeseada de nuestra sociedad, precisamente en unos momentos donde lo que más daño pueda hacernos vaya a ser la división social. O las sociedades se cohesionan, o el futuro podría ser muy traumático.

Julián Sánchez

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