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Requena (19/10/18) La Bitácora //JCPG

Por las tardes me gusta andar. Tomo diferentes rutas, pero esta tarde me he decidido por una de las que suelo pisar con menos frecuencia. Se trata del Parque de Cabecera de Valencia, una tierra ganada no hace muchos años al río Turia. El Turia es el río fantasma. A quien visite la ciudad y desconozca la naturaleza de estos pequeños ríos mediterráneos, no le puedes decir que el Turia es un río; porque jamás ve una gota de agua. Asegurarle que hace unas décadas arrasó la ciudad, es temerario, pero fue muy cierto.

La gente pasea tranquila o va en bicicleta. Algunas personas mayores departen apoyando sus reales en un banco. Los que van corriendo llevan el alma desprendiéndoseles a cachos, pues tal es su esfuerzo. Algunos ciclistas se te arriman tanto como para que creas que te van a llevar atrapado entre las garras de sus bicis, cual si fueran gigantescos buitres a la caza de carroña; es verdad, a veces resulta algo peligroso pasear por estos lares.

Comienza a llover. Me refugio en un bar cercano, tiene una cristalera no muy grande, pero suficiente desde la que contemplar el paisaje lluvioso. No sé por qué lo pienso, pero me parece una gran noticia que empiece a llover. Me siento como mis padres, como mis vecinos, todos ellos agricultores, amantes de la tierra: veo la lluvia caer y siento que es el mayor espectáculo del mundo. El mismísimo dios está trabajando entonces por los agricultores. No puede hacer nada en la viña porque la tierra está empapada; la cosecha de tardana, posiblemente, se echará a perder. Sólo piensa ya en lo bien que se calarán sus viñas. Lo que va delante, va delante. No será un invierno duro y seco. La tierra bien calada, eso es lo que cuenta. Es

importante que las viñas tengan agua, una reserva para los meses próximos. Les dará energías para lo que vendrá en primavera.

Es un buen día. No entiendo a la gente que se dedica a quejarse cuando llueve. No es una tragedia, es una enorme suerte. Necesitamos el agua de la lluvia. Pero es cierto que la vida en las ciudades nos ha vuelto insensibles; despegados de la naturaleza, ajena a sus ciclos y a sus necesidades. Trabajo al polígono, a la oficina o doquiera que laboremos y vuelta; fin de semana de pubs y restaurantes; así, ni un solo contacto con la naturaleza. Por no conocer no conocemos ni salida ni puesta de sol. Un mundo absurdo que se desconoce a sí mismo. Tan artificial que crea autómatas, más que seres humanos.

No olvido que estoy en el Parque de Cabecera. Llueve. Es un día feliz. Aunque toda esta tierra que piso en el parque es inundable, aunque toda esta tierra no nos pertenece y hay muchas posibilidades de que el Turia, convertido hoy en un río insignificante, nos la arrebate de nuevo. Sentémonos con un buen café, disfrutemos de un buen día de lluvia, simplemente porque estos días poseen una belleza intrínseca. Porque la naturaleza o el mismo dios trabajan por nosotros.

En Los Ruices, a 18 de octubre de 2018.

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