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LA BITÁCORA // JCPG

Requena (23/05/19)

Paseo por la acera. Un banco, de los que guardan perras, cuartos, euros. Esos que lo han invadido todo en los últimos años y ahora están cerrando sus establecimientos; los llaman sucursales. La mecanización no perdona. El capitalismo devorado por sí mismo, supongo que se alimenta de sus entrañas; del bancario en ventanilla al cajero superautomatic¡zado. De los empleados bancarios de Atraco a las tres, con un sublime López Vázquez, entregado a la rubia como un siervo, un esclavo, a los cajeros impersonales. Decía que paseo y veo el cartel. Está pegado junto a las dependencias de La Requenense, donde llegan los autobuses. Los cañones de Navarone, la peli de Lee Thompson, con Peck, Quinn, Niven y la extraordinaria Irene Papas. Donde estuvo el cartel, hoy está una tienda de pollos y un banco. Así es el tiempo, lo transforma todo.

Una imagen de los 80. Tiempos de instituto. El cartel era del Cine Avenida. Otros tiempos; entonces había cine para elegir, incluso los miércoles, los viernes y, por supuesto, el fin de semana. Un mundo finiquitado. Una época en que el pueblo, Requena, era algo, existía, porque tenía una personalidad definida. Pasaba entonces un par de mujeres mayores, probablemente abuelas, se detenían ante el cartel, suspiraban ante el perfil de Gregory Peck. Habían visto la peli años antes, en el estreno, y ahora añoraban aquella sesión de cine en un tiempo en que la juventud les conducía por otras aceras.

He repasado este episodio que tengo fijado en la mente, porque anoche pusieron Los cañones en La 2. Hace poco he visto a Irene Papas en Zorba el griego. Esa belleza rotunda, de perfiles contundentes, me ha atraído especialmente, a pesar de la tragedia que se vive en ella. Una belleza propiamente mediterránea, en la línea de las korai griegas del tiempo antiguo. La morena belleza griega de la actriz es tan atrayente que eclipsa a los protagonistas masculinos. En una película optimista y alegre, la tragedia que rodea a la viuda que interpreta Papas logra enraizar en la atmósfera de la tragedia griega clásica.

Hay carteles para todos los gustos. Ya no están en las paredes anunciando películas. Están por las redes. Y son, en principio, atrayentes por lo que tienen de morboso. Ya se sabe que el morbo es una de las debilidades de los seres humanos, si no, ¿cómo entender el resonante éxito de determinados programas televisivos? Y anuncian cosas que parecen de juzgado de guardia: En defensa de Stalin; ahí queda eso. Se quedan tan anchos. Primero, ¿sorprendente?, tuvieron la Facultad de Historia; alguien con el cerebro en funcionamiento les impidió celebrar la charla allí. Después la sede iba a ser Ca Revolta, pero les sucedió lo mismo. Finalmente el local de los marxistas-leninistas. Los tumbos de la charla son comprensibles. De traca es que la Facultad fuera proclive a una proclama política, intoxicadora y manipuladora. Hay cosas que son poco admisibles. Celbrarla en Historia habría sido una indudable fuente de desprestigio, una mancha difícilmente lavable.

Lo de la cartelería ya deja mucho que desear. El heroísmo de los protagonistas de la peli de Navarone tiene poco que ver con el cartel de Stalin. El tirano soviético sometido al rojo color del cartel. Hay que joderse: si la difusión de los ideales del comunismo pasa por defender a este asesino en masa del siglo XX poco o nada habrá de progresar en nuestra sociedad. Ciertamente, es mejor así. En la sala no somos ni treinta y cinco personas. Yo soy de los cinco más viejos. Estoy rodeado de jóvenes de 20 años, pimpollos tiernos, chavales de tierna mente, fácilmente maleables por un discurso caótico, anodino y sin nigún tipo de rectitud histórica. El rigor no es que no lo conozca, es que lo olvida deliberadamente para ofrecer su discurso político. Pena enorme produce que se asiente sobre millones de muertos.

¿Se puede defender el crimen colectivo? ¿Se puede defender al autor de millones de muertos? El ponente, un mozalbete pelado, dicen que bien formado, comete montones de errores históricos en unos minutos. Era puramente una charla ideológica, desprovista del más mínimo rigor. ¿Qué pasaría si el protagonista de la charla fuera un Hitler, en lugar de tratarse de Stalin? En un momento, el ponente alude al ejercicio de la violencia, pero le añade un apellido: revolucionaria. Glosa entonces las bondades de la violencia revolucionaria. La palabra violencia es de esas que, en los tiempos que corren, necesitan apellidos. Dice, que nos han convencido –el autor de este magno engaño parece ser la burguesía, el gran demonio de esta gente- de que la violencia es algo que hay que proscribir, tirar a la basura, porque es dolorosa y no sirve para resolver los conflictos. Es una apología de la violencia, pero, a juzgar por la multitud de la treintena de personas presentes, al fin y al cabo una apología inofensiva o poco peligrosa. La maldita burgues’ia siempre jodiendo la marrana al pueblo aut’entico, que son ellos.

En la entrada, una mesa reúne algunos de los libros más significativos de esta logia sectaria. Una historia de las revoluciones españolas que se nutre exclusivamente de las actas del Partido Comunista; hay que decir que llegan a Tuñón de Lara. A partir de aquí para de contar. Una secta se nutre de un catecismo con el que hay que comulgar; una formación con la que hay que cumplir; es mejor así para que los fieles sigan siendo fieles y no les pongan los cuernos con otros. La infidelidad se paga cara en un universo que conoce las purga –todos son susceptibles de ser purgados, por la preservación de la pureza del partido, por el bien del comunismo. La literatura de la secta se ha apuntado en los últimos tiempos al tema de moda: el feminismo. Hay que convertir al credo marxista leninista al universo femenino, así que mejor un libro sobre el marxismo y la mujer. Este aspecto de lo femenino, se conoce que lo tenían olvidado, sometido al discurso machista, patriarcal, del comunismo decimonónico.

Me pregunto por qué he intentado ir más allá de los carteles. Me habría gustado estár en las montañas de Grecia y compartir algún rincón con Irene Papas, charlas con Peck y con Quinn. Pero me he metido en el antro de los estalinistas. Habría querido estar con la Papas y ha tenido que ser con esta cuadrilla de zagales que aplauden con fruición al lider de la secta después de su rollo sobre Stalin. Menos mal que tenía prisa, porque mi culo estaba machado por estas sillas tan espartanamente acolchadas. Esparta y la Unión Soviética de Stalin unidas por una silla. El hombre nuevo, depurado, puramente ideologizado. Como el nazi, un hombre nuevo, ario en este caso, pero nuevo después de todo. Esparta, la Unión Soviética estaliniana y la Alemania nazi. Demasiadas proximidades, demasiados parecido. Hannah Arendt inmortalizó las similitudes; nosotros las vemos; si entramos en detalles, percibimos diferencias; los muertos en las purgas, el gulag, los campos, … hablan por sí mismos; susurran, como dice Orlando Figes.

Mejor me quedo con esta imagen de la Papas trágica, bella, electrizante y atractiva del Zorba.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En Los Ruices , a 22 de mayo de 2019.

 

 

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