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LOS COMBATIVOS REQUENENSES. / Víctor Manuel Galán Tendero.

El gran Tucídides ya nos advirtió que los nervios de la guerra son los dineros. El Cánovas que exclamó que enviaría hasta el último hombre y hasta la última peseta a Ultramar no dijo nada nuevo.

Los requenenses a lo largo de su dilatada Historia han pagado más allá del último maravedí, ducado, real, escudo, duro o peseta para un sinfín de guerras. En la delicada contabilidad municipal el rojo de los impagos y de las deudas incobrables teñía de preocupación la vida vecinal, pues reyes en guerra con los enemigos de la fe y liberales a brazo partido contra la reacción han exigido los impuestos de mantenimiento de su causa a través del concejo, que ahora llamamos ayuntamiento.

Las obligaciones militares municipales han ido desde poner en pie una fuerza propia a pagar el ejército de turno con todo lo que fuera posible. En la Requena de ganados y dehesas en las que el carnero era un lujo para muchos campesinos que con dificultad a diario comían pan, el maná de los pobres del que hablara Braudel, se cobraron impuestos sobre la compra-venta de carne, las sisas.

El mecanismo tenía su perversa gracia. La autoridad del reino asignaba o repartía una cantidad de dinero a Requena, como a otras localidades, en concepto de un determinado tributo, cuyo cobro muchas veces se arrendaba a expertas compañías de recaudadores, que acrecentaban su coste por sus desvelos.

Para afrontar tal pago, que acreditaba la adhesión y fidelidad debidas a la superioridad, se repartía entre todos los vecinos contribuyentes o se imponía un suplemento por cada libra de carne. Al final los más modestos terminaban por pagar más de lo que les hubiera correspondido con equidad.

En 1591 los requenenses, como el resto de los sufridos castellanos, todavía se encontraban pagando en teoría los dispendios de la Armada Invencible, en 1588 fracasada, a través del impuesto de los millones, que llegó para quedarse entre nosotros hasta el siglo XIX. Lo provisional es lo más permanente en España, dijo un avezado alcalde del mundo rural. De los 616.403 maravedíes que se le asignaron a Requena en aquel año, correspondieron 102.492 a la sisa de la carne y del tocino.

Una parte importante de la carne se despachaba a través de las tablas de las carnicerías municipales, como la del carnero, lo que auspiciaba un control mayor que sobre otros productos. Sus abastecedores, usuarios de las dehesas carniceras, se obligaban a respetar los compromisos fiscales.

El siglo XVII trajo un sinfín de guerras interminables a la enredada Monarquía española de punta a punta del globo y los arbitrios o exigencias fiscales para cubrir urgencias y descubiertos menudearon. Solo en 1686 las carnicerías aprontaron 11.000 reales de sisas y cientos de los 14.659 para pagar las deudas al rey.

Los Borbones, con fama de reformistas todavía entre algunos, no alteraron el sistema de tributación castellano y a los requenenses también les costó caro sufragar el nuevo ejército real. El paso por aquí de escuadrones de caballería en 1726 se pagó con los arbitrios del ejercicio anterior, en el que las sisas de las carnes alcanzaron los 13.100 de los 19.400 reales del total.

Tampoco los liberales se mostraron muy transgresores con nuestras venerables figuras fiscales, historia candentemente viva. Los arbitrios de las sisas se transmutaron en los consumos que hicieron bueno el aserto de los mismos perros con distintos collares de nuestro refranero. En 1875, a punto de finiquitar la III Guerra Carlista, el ramo de las carnes todavía contribuyó con más del 13% a los gastos municipales, agobiados con súplicas y peticiones militares. Los bolsillos de los modestos hicieron los honores a la par que los más acomodados buscaban mejores condiciones fiscales en Madrid y en Valencia, como el ínclito don Enrique Herrero y Moral.

En nuestros venturosos tiempos de moderada presión fiscal, trasparencia de gestión y fiestas de quintos con mozos sin mili el único enemigo que nos parece quedar a abatir es el pérfido colesterol cada vez que compramos algo de carne.

Fuentes.

ARCHIVO GENERAL DE SIMANCAS.

Patronato real, legajo 82, documento 403.

ARCHIVO HISTÓRICO MUNICIPAL DE REQUENA.

Libro de actas municipales de 1724-30 (nº. 3264) y de 1875-76 (nº. 2771).

Libro de cuentas de los propios y arbitrios de 1648 a 1724, nº. 2904.

Libro de los padrones de las peonadas de viñas de 1651 a 1726, nº. 2858.

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