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DIEGO FORTEA.

Sin preámbulos. Hoy no me quiero extender demasiado. ¿Que por qué esta devoción por el cine? Porque nuestra realidad, de forma incuestionable, necesita de la ficción para resultar un lugar más confortable. Esa es la maravilla del séptimo arte, o como lo queráis llamar. A través de él podemos superar nuestras pulsiones e instintos más obscenos. El cine sirve como recurso para sublimar y trascender lo que se oculta en nuestro cerebro, para convertir una erupción sangrante en una licencia poética, en comedia, en algo positivo para la sociedad. Es así. En el momento en el que lo analizas es cuando empiezas a comprenderlo todo: la vida está basada en una fábula de dudosa credibilidad. Así de absurdo y brutal. La verdad es un producto figurado por la inventiva humana. Nuestra existencia se construye a raíz de esa habilidad para crear y creer historias. Y no hay disciplina que elabore una idea más próxima a esa verdad que el cine.

Una película que se precie no se trata de un medio de entretenimiento sin más. Si ahora mismo estoy escribiendo sobre esto es porque me gustaría acercaros la importancia del cine de una manera evidente. Las películas son un reflejo, una representación de la sociedad actual. Nos muestran lo que se valora y lo que no, lo que somos y lo que podemos llegar a ser. En definitiva, el cine enseña a determinar en qué punto está situada la cultura a día de hoy. Cuando os hablo de esto, insisto en que procuro hacerlo desde la más absoluta humildad. Porque hablar sobre cine, música, o cocina no se trata de establecer criterios o valores dominantes, sino de aportar distintas formas de enfocar un conocimiento creativo. Si llegamos a supurar tanta pasión por el cine es debido a que se trata de algo aparentemente insignificante, pero mucho más cercano a nuestros pensamientos de lo que podremos imaginar jamás. En verdad, nos encantaría adquirir la pasión con la que se desarrollan las películas y aplicarla a nuestras vidas para poder ser muchísimo más felices. Podríamos estar satisfechos. Nos iría infinitamente mejor, porque, a pesar de todo, seguiríamos manteniendo esa pasión, un motivo por el que seguir. Los que amamos el cine nos podemos llegar a entusiasmar o a enfurecer por una película, pero siempre de forma apasionada. E incluso nos introducimos en ellas con el fin de experimentar las sensaciones que la hacen funcionar con tal de juzgarnos a nosotros mismos, de saber qué haríamos en las circunstancias de un personaje. Al menos, el cine nos da la opción de ver las cosas desde otra perspectiva. También diré que hemos de entender por buen cine aquel que se toma a sus espectadores en serio, aquel que comparte información muy valiosa con el público y que espera del mismo una respuesta igual de intensa, aunque no llegue a estar de acuerdo con lo que le estén contando, pero sin dejar lugar a dudas de que estamos hablando de algo cercano y reconocible.

El cine mola. Para muchos de nosotros es una liberación absoluta de cualquier compromiso, como dijo no sé quién en un periódico. Los del cine -los artistas, en general- intentan plasmar lo que todos habríamos deseado hacer alguna vez: abofetear al opresor, morrear a la persona que nos gusta, o hacer una escapada a las islas Caimán, por ejemplo… Y todo ello con total impunidad, sin darle la menor importancia a lo que puedan pensar los demás, sin castigo alguno. El efecto siempre es el mismo, como si apretaras un botón. Sí… hay algo de amoral y siniestro en todo esto, pero… ¿acaso no son así todos los placeres de la vida?

Diego Fortea
Actor, productor, y guionista. Director y Presentador de ‘Por Amor al Arte’ en Radio Requena

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