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La Bitácora – JCPG

Estos primeros días del otoño resultan maravillosos. Sabemos que el inicio del otoño es sinónimo de vendimia y pámpanas en el suelo. Cuando pongo los pies en el corral y aspiro con profundidad el fresco e intenso aire de la mañana, me doy cuenta de la suerte que tengo de estar algunos días entre viñas y fuera del irrespirable aire de la urbe. Puede ser una tontería, o quizás un absurdo más de un hombre que cada vez echa más de menos sus orígenes, pero sólo este instante inicial del día ya vale la pena. Después viene el desayuno, claro.

Un gato hace equilibrios en la barda del corral, mientras un gorriote se posa en la punta de una teja. Van escaseando los gorriotes, y no es porque ahora los cacen con los rifles de perdigones; aquello ya pasó, o por lo menos eso creo. Me gustaría que el dichoso pájaro me hablara. Las historias de los animales que hablan son bien abundantes. No sé si ese chimpancé que un juez, sin duda preclaro, acaba de declarar persona no humana, conoce el habla; pero sabemos bien el don de lenguas de los loros. El de Ángel era todo un caso. Hablaba sin rubor con cada transeúnte que pasaba por la calle; los saludaba y recibía los saludos, pero, a veces, a su vecina de enfrente, la tía Agripina, le soltaba algún insulto: cosas livianas, como que era una guarra y en esta línea. Según cuenta Claudio Eliano (ver La Historia de los animales), a Ptolomeo II le regalaron una cría de elefante que aprendió a hablar en griego; parece ser que la gente se quedó admirada por el caso, ya que los expertos de la época creían que los elefantes sólo hablaban la lengua de la India. El caso es que Plinio (ver su Historia Natural) se dedica a cantar ciertas virtudes de los elefantes que no siempre están presentes entre los seres humanos: la honradez, la prudencia, la ecuanimidad, el culto a los astros, tanto como al Sol y a la Luna. Es evidente que no podemos creerle cuando afirma que un elefante había escrito con su propia trompa una frase en griego.

Las veo últimamente incluso en Valencia, así que parece que se adaptan bien en diferentes ecosistemas. Engreídas y presuntuosas, en este terreno parecen tener cualidades de tipo humano.

Yo tenía una urraca, a la que llamábamos burraca. Le cogí cariño, porque era pizpireta y divertida. Su presunción y su provocación la llevaron un día a la zarpa del perro del tío Eleuterio. Saltaba mucho, me hacía gracia, pero jamás me dijo una palabra. El dichoso pájaro debería haber sido menos provocador y menos chulo. Ahora sabemos que los cerdos pueden usar herramientas para cavar y construir sus refugios. No sé qué pasará cuando descubramos que somos tan necios como ellos.

Lo de los cerdos y las herramientas ha de traer mucho ruido. Precisamente algunos, entre los que me cuento, somos menos hábiles que el gorrino en lo del uso de herramental.

Echo la mirada hacia la calle donde todo esto acaeció en algún momento de la historia. Está vacía. Un tractor enorme llega con un remolque tan enorme como él. Es tiempo de vendimia y anda bien cargado. Un retorno a otro tiempo; eso es lo que me sucede. La casa de los Alcaldes, en los pies de la Placetilla, repleta de vendimiadoras. Sí, generalmente eran vendimiadoras. Durante muchos años de Aliaguilla. Hacían furor entre los mozos del pueblo; de hecho, algunos salieron tirados por la ventana. No era un recuerdo de esa vieja tradición de Praga, como la que dio lugar a la guerra de los Treinta Años en 1618 o inició el famoso golpe de Praga. Simplemente, las chicas querían descansar para vendimiar al día siguiente y no estar aguantando al mozo pesado del momento.

En cada casa, había vendimiadores. En las que menos, uno o dos. Eran los hogares más modestos. El vendimiador vivía con la familia, comía y dormía en su casa. Procedían de Casas de Ves, de Aliaguilla, de Narboneta, de lugares de los que era necesario marchar para ganar el sustento. Lugares que siempre han tenido nexos humanos y culturales privilegiados con nuestra comarca. Ellos son nosotros y nosotros somos ellos.

El trabajo era entonces más duro. Se vendimiaba de sol a sol. Lo de las ocho horas vendría algo más tarde. Cuévanos, espuertas, cubos. El pan de cada día en una vendimia. Aquellos pimientos fritos al mediodía, servidos en merenderas, con las posaderas sobre el ribazo, se convertían en manjares que ni el mismo Berasategui igualaría. Lo que hacía el hambre después de horas de vendimia. Después de comer, tumbarse y descansar, hasta el comienzo de la labor de la tarde.

Me arrepiento de no poseer fotografía de la vieja centralita. Tenía también su locutorio, además de algunos otros apósitos colocados con el tiempo.

Era ponerse el sol y vuelta al pueblo. Los remolques a hacer colas interminables para conseguir descargar. Los vendimiadores a descansar. Muchos acudían a la central telefónica a llamar a su casa. Era una época sin móviles. La cola se hacía también interminable y la familia que teníamos el teléfono atendíamos hasta muy tarde. Es increíble pensar en que aquello pudiera tener lugar. Era una aldea repleta de gente, con las calles bulliciosas y el bar lleno hasta reventar.

Como el tiempo pasaba, y por alguna extraña causa, imagino que de orden técnico, la zona (entre Los Ruices y Los Isidros) no se automatizaba, la Compañía (así la llamábamos en casa) decidió colocar un teléfono fijo que únicamente servía para realizar llamadas a Requena. El precio, 6 pesetas, sin importar el tiempo empleado.

Ahora no veo un alma. Los tiempos han cambiado. Y mucho. ¿Es éste el destino aldeano? ¿Es preciso resignarse a que esto tenga lugar? Ojalá dispusiéramos de una plataforma adecuada para concurrir a elecciones, sobre todo con un mensaje claro y no mediatizado por los principios ideológicos vigentes, siempre escorados al mundo urbano. Además, es forzoso reconocer que el Estado tiene demasiados cachorros que atender, y algunos de ellos especialmente llorones. Así que, a menos que medien otros factores, parece que los políticos, pletóricos del oportunismo vacío e hipócrita que les define, poco harán por nosotros. Nos atenderán y animarán mientras necesiten votos; pero después…

El tiempo de las vendimias, en plural, como siempre decíamos, era el del bullicio. Cuando la mano obra nacional, de las áreas limítrofes a la comarca escaseó, llegó el mundo magrebí. Eran marroquíes y argelinos principalmente. Gente que necesitaba comer y estaban dispuestos al duro trabajo de la vendimia. Parar al almuerzo y rezar. Se ponían a rezar entre rucas y cardos, a la sombra de las cepas. Esos momentos no desaparecerán de mi memoria. Era un auténtico golpe emocional y especialmente cultural. ¿Es una anécdota simple? No estoy tan seguro. Comprendí que aquellos jornaleros, con su lenguaje incomprensible, poseían una perspectiva del mundo muy diferente a la nuestra.

Aunque, finalmente, tengo la sospecha de que todos reservamos una parte de la realidad, para mantenerla lejos del influjo de la lógica. Lo que ocurre es que si está lejos de la lógica, también está lejos de nosotros. Sólo resultará visible a nuestros hijos o nuestros nietos, que se reirán de nuestras cosas como nosotros nos reímos de las de nuestros abuelos.

En Los Ruices, a 10 de octubre de 2019.

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